Que comience el juego: exámenes

Por Paula Ireri Pech

 

Uno de mis grandes terrores en este mundo son los exámenes. Son mi pesadilla y mi sufrimiento a lo largo de mi trayectoria como estudiante. No sólo la calificación de uno depende de ellos, sino que uno mismo tiende a ver reflejado su esfuerzo en dicho resultado. Es un gran sentimiento de felicidad ver una buena nota en el examen.

Con mis compañeros siempre bromeamos sobre que, en el examen, lo peor que puede pasar es leer la primera pregunta y no saber la respuesta y lo doblemente peor: tampoco saber la que sigue. En ese momento la desesperación cae sobre uno.

Dígase que sea de opción múltiple, preguntas abiertas, preguntas de análisis, ejercicios matemáticos, de cálculo, de dibujo, casos clínicos, columnas, etc., un examen siempre supondrá un reto. El problema no es que haya que estudiar para aprobar, sino que el miedo viene de lo que mencioné con anterioridad: el saber que de tus exámenes depende tu calificación. Hay profesores que toman en cuenta tareas, trabajos, participación, asistencia y todos los rubros que conocemos como estudiantes, pero hay otros que no. Bien sabemos que los exámenes representan un gran porcentaje de la calificación final. No es de extrañarse que durante esa semana los estudiantes estén al borde del colapso. Y no, no hablamos de los que estudian una noche antes: me refiero a los que estudiamos días antes, y aun así, el examen es una pesadilla. Creo que muchos se identificarán con ese sentimiento de enojo cuando nada de lo que estudiaste viene en el examen. En ese caso si se reprueba, ¿es porque no estudiamos? No. ¿Es porque somos malos alumnos? No. ¿Culpa del maestro? No. ¿Entonces? ¿Habría alguna mejor manera de evaluar el desempeño académico que no sean con los exámenes?

Muchos profesores estarán en desacuerdo, ya que las instituciones educativas exigen tener una herramienta (el examen) para conocer el grado de conocimientos del alumno. Si no existiera el examen, seamos honestos, muchos no estudiarían. En cierta manera es algo que obliga al estudiante a sentarse a leer y analizar lo visto en el curso. El punto es que ahí se recurre a la memorización, y dentro de una semana o menos, toda esa información es eliminada… Pero es la única manera de aprobar el examen. Si no se memoriza, simplemente no se aprueba. Cabe aclarar que esto no aplica en todos los casos, pero muchas veces he visto que esto es cierto.

Volviendo al punto de una mejor forma de evaluar, alguien me hizo una sugerencia: que la evaluación debe ser día a día. No con tareas y proyectos, sino con prácticas, preguntas orales, y, si los quieren llamar de esa manera, “exámenes sorpresa”. El alumno debería estar preparado todos los días. Se supone que se estudia en casa lo visto en clase, y que las dudas se deben aclarar en las mismas. Un profesor podría ver claramente cuándo el alumno está estudiando y cuándo no. Evitaría el estrés de un único examen final en el que tratamos de memorizar todo lo visto, a ser evaluados diariamente con distintas actividades.

Mientras esperamos este anhelo de que los exámenes como tal sean eliminados, sigamos estudiando para estas pruebas de conocimiento. ¡Mucha suerte a todos!


Imagen: http://www.queestudiar.net/preparacion-de-examenes-entiende-tu-estres/

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