Punto de inflexión

Por Driveth Razo

Hace unos años conocí a una persona que intentó suicidarse; dos veces, para ser exactos. No lo logró. Ella sentía que estaba atrapada en un lugar muy oscuro, cautiva en un laberinto sin salida. Sentía que todo se derrumbaba poco a poco, se sentía más sola que nunca a pesar de que cada vez tenía más compañía. Sentía que sólo era un estorbo y que tal vez, sólo tal vez, sus seres queridos serían más felices sin ella. Empezó a dejar de hacer lo que más le gustaba, se empezó a aislar de sus amigas y personas queridas, empezó a llegar a la escuela con ojeras prominentes pero nadie le dio demasiada importancia porque había mejorado sus calificaciones, y muchos pensaron que era porque se desvelaba estudiando, cuando la verdad era que no lograba conciliar el sueño. Ella sentía como si su cuerpo estuviera invadido por alguien más, como si se estuviera ahogando en el aire cuando todos a su alrededor podían respirar. Ella se sentía perdida, sin saber a dónde ir o qué hacer. Cada vez que quería darse un momento, no podía, pues mil pensamientos cruzaban su mente, ninguno bueno he de decir.

Toda esta carga de sensaciones y pensamientos duró la mayor parte de su tercer año de secundaria. Dos días después de su graduación, lo intentó por primera vez, estaba en su cuarto. De pronto, volvió a revivir los momentos que la hicieron más feliz en la secundaria: cuando conoció a su primer amiga, que tiempo después se convertiría en su alma gemela y cómo ese pequeño grupo de dos personas aumentó a cinco; cuando ganó el concurso de poesía y cómo conoció a sus mejores amigos quienes también se convirtieron en hermanos; y cómo al finalizar consiguió la mención honorífica por promedio. Luego comenzó a ver lo malo, cómo sus “hermanos” se fueron alejando poco a poco de ella, algunos porque malinterpretaron un amor no correspondido y otros porque empezaron a tener nuevos amigos o novias.

Después, la llegada de una nueva chica a la escuela, lo que provocó que su mejor amiga también se alejara. Además, recordó cuando se enteró que su padre había hecho otra familia poco después que falleciera su mamá. Todo se empezó a volver borroso para ella, no sabía cómo canalizar todas esas emociones, no sabía cómo dejar de temblar. Lo único que se le ocurrió fue hablar a la línea de prevención del suicidio, pues tenía miedo de que sus abuelos se enteraran y se decepcionaran de ella. Sonó una, dos veces, nadie contestaba, lo intentó cinco veces más hasta que ya no ingresaron las llamadas, pues según esto su saldo se había agotado, aun cuando estaba llamando del teléfono de su casa. Ya nada le importaba, ni se acordó que una amiga iba a llegar a hacer un scrapbook y que era por eso que tenía un cutter a la vista. No lo pensó dos veces. Tomó el cutter y en el momento en que iba a atravesar su brazo de forma vertical -pues es más difícil ser salvada así- se abrió la puerta, no se acuerda si tocaron o no, sólo se acuerda que su amiga le arrebató el cutter y la abrazó fuertemente como si le quisiera transmitir todo el cariño que ella sentía que le faltaba. No se acuerda si lloró o no lo hizo, solo se acuerda que esa noche su amiga se quedó a dormir y que sus abuelos no se enteraron de nada, pues su amiga supo manejar la situación.

La segunda vez fue durante su tercer semestre de preparatoria. A mediados de noviembre del primer año fue cuando de plano perdió a su mejor amiga pues después de diversas peleas y discusiones, donde la última de ellas iba a culminar en golpes, dejaron de hablarse. Ahí sólo le quedaba una de sus amigas, pues sus demás amigos habían continuado adelante olvidándose de ella por diversos motivos, excepto otra chica, que a pesar de no estar en la misma prepa la seguía frecuentando como antaño. Al ver a la que fue su mejor amiga como si nada y ver que sus amigos se olvidaron de ella, prefirió aislarse de todos pues no quería volver a perder a nadie más. Se la pasaba detrás de su tablet y nada de lo que hacía su amiga podía animarla o hacerla hablar. Sin saberlo, al inicio del segundo semestre, una antigua amiga, regresó a la escuela. Pues al parecer todos sospechaban que algo no iba bien, y estaban preocupados por ella. Poco a poco empezó a convivir más, se integró con las nuevas siete chicas que al parecer conformarían el grupo de la preparatoria gracias a sus dos amigas de secundaria. Todo parecía ir bien hasta que un día le intentó llamar a su padre. Su padre, quien nunca le contestaba las llamadas, por fin lo hizo, aunque la verdad hubiera sido mejor que no lo hubiera hecho. De esa llamada, lo único que recuerda es que su padre no colgó bien el teléfono y escuchó como hacía planes con su otra hija para salir, cuando a ella le había dicho que tenía mucho trabajo. Decidida a ignorar lo que empezaba a crecer dentro de ella entró a Facebook, mala idea he de decir, ya que luego luego apareció un post donde se etiquetaba a su antigua gemela en una publicación que hablaba de un próximo viaje al extranjero con su actual mejor amiga, un viaje el cual habían planeado juntas durante dos años para llevarlo a cabo al finalizar la secundaria, cosa que nunca sucedió. Muchos pueden pensar que se estaba ahogando en un vaso de agua y que no pensó en todas aquellas personas que podrían quererla y extrañarla si se iba, pero en ese momento sólo la desesperación la invadió. Esta vez tomó unas pastillas que inducían al sueño que una amiga le recomendó. Al tomarlas ella no sabía si éstas podrían acabar con su vida o no, lo único que quería era dormir por mucho, mucho tiempo. Cuando iba por la cuarta pastilla, se detuvo. A la mente le llegaron recuerdos de sus abuelos y bisabuela ¿qué harían ellos sin ella?, luego recuerdos de sus actuales amigos y para finalizar, recordó que la iglesia católica dice que aquellos que cometan suicidio se irán al infierno. Decidió cerrar el frasco, concentrarse en momentos que la hicieron muy feliz y llorar como nunca lo había hecho. Lloró de tristeza por la familia que nunca tuvo, pero también lloró de felicidad por la familia que le tocó tener-aquella donde a pesar de estar medio rota, estaba llena de amor-, lloró por los amigos que nunca tuvo y por aquellos que se fueron, y también por los que podrían venir, lloró por las oportunidades perdidas y por las posibles puertas que se iban a abrir en un futuro, lloró por todo y por nada, lloró por todo lo malo que se le venía a la mente, pero a cada cosa mala pudo encontrarle lo bueno y también lloró por eso. Lloró tanto, pero no le importó, pues al fin se sentía en calma. Esa fue la última vez que volvió a pensar en suicidio.

Muchas personas no logran llegar a ese momento donde todo comienza a esclarecerse. Muchas personas se topan con otros que en vez de tratar de comprenderlos y ayudarlos a salir de ese tormento se burlan de ellos, los dejan a su suerte, les dicen que dejen de buscar atención, en fin. En la actualidad se habla mucho de temas relacionados a la sexualidad, legalización de las drogas o abortos, pero lamentablemente la palabra suicidio sigue siendo algo que preferimos evitar mencionar. Hablar del suicidio conlleva una carga y un estigma aún mayor que hablar de enfermedades mentales. Para una persona que nunca ha contemplado al suicidio como una opción, puede resultarle difícil entender por qué un individuo desea quitarse la vida. Por lo cual es importante crear conciencia sobre el suicidio educando a otros y eliminando los conceptos erróneos actuales. Para empezar debemos comprender que el suicidio es una conducta de resolución de problemas, las personas que lo contemplan, sólo quieren que el dolor se detenga. Y aunque en teoría deseen morir, muy en el fondo desean encontrar otra solución.

La mayoría de las veces, las personas etiquetan al suicidio como el acto más egoísta que alguien puede cometer, cuando esto en realidad no es así. La sociedad sugiere que nunca piensan en aquellos que eran importantes en sus vidas. Mentira. Para muchos, los seres queridos son la razón para querer seguir respirando e intentar, con su recuerdo, opacar el dolor o desesperación que sienten; otras veces creen que al morir, estarán dándoles una oportunidad de ser feliz. También los encasillan como cobardes por no poder enfrentar la vida o valientes por el hecho de hacerlo. Muchas personas reaccionan mal al escuchar de alguien que contempla el suicidio como una vía de escape. Le dicen loco, psicótico y al encasillarlos en categorías lo único que hacemos es alentar a aquellas personas que lo están pensando en no decir nada pues el miedo al rechazo, a la burla y al abandono puede más que la necesidad de ayuda; y cuando se comete el acto, dichas personas se excusan diciendo “podrían haber buscado ayuda” cuando son ellos mismos los que les cierran las puertas para buscarla.

En la actualidad, más de 800,000 personas se suicidan cada año, siendo el suicidio la segunda causa de muerte entre las personas de 15-29 años. En el caso de los hombres, la situación es más complicada. Estadísticas de la Fundación Estadounidense para la Prevención del Suicidio indican que los hombres mueren por suicidio 3.5 veces más que las mujeres debido principalmente al estigma asociado con que los hombres no pueden hablar de sus sentimientos y deben ser “machos”. ¿Quién dice que los hombres no pueden llorar? ¿Quién dice que los hombres que hablan de sus sentimientos son “mujercitas”? Desgraciadamente, esta forma de pensar que nos ha inculcado la sociedad desde pequeños hacen que muchos de ellos, pierdan la oportunidad de tener una segunda oportunidad, una segunda oportunidad para vivir.

Ahora bien, imagina a dos personas, Becareth y Cassiopeia. Ambas se presentan en el hospital quejándose de un dolor agudo en el pecho. A Cassiopeia le ofrecen un procedimiento cardíaco, mientras que Becareth es enviada a casa. ¿Cuál podría ser la diferencia en el tratamiento brindado? Becareth sufre de una enfermedad mental. La diferencia en la calidad de la atención médica que reciben las personas con enfermedades mentales es una de las razones por las que viven vidas más cortas que las personas sin enfermedad mental, esto es de vital importancia pues las enfermedades mentales son las que matan a las personas y no el suicidio. La Organización Mundial de la Salud estima que hay entre 400 y 500 millones de personas a nivel mundial afectadas por alguna enfermedad mental que van desde el autismo, hasta la depresión, la ansiedad y demencia.

Pero, ¿qué sabemos sobre el mantenimiento de nuestra salud psicológica? Bueno, nada. ¿Qué nos enseñan de pequeños sobre la higiene emocional? Nada, sólo se la pasan recordándonos por qué es importante lavarnos los dientes. ¿Por qué es que nuestra salud física es mucho más importante para nosotros que nuestra salud psicológica? Oh, ¿te sientes deprimido? Simplemente olvídalo, todo está en tu cabeza”. ¿Te imaginas diciéndole eso a alguien con un costilla rota?: “Oh, solo olvídalo, todo está en tu costilla”. ¿Qué harías si un miembro de tu familia, un amigo o alguien amado pensara en terminar con su vida? ¿Sabrías qué decir? Lo importante no es hablar solamente, sino que hay que escuchar. Escuchar para entender. No discutas, culpes, o le digas a la persona que sabes cómo se siente, porque probablemente no lo sepas. Simplemente estando allí, puedes ser el punto de inflexión que necesitan. Confortar a la persona, aunque no lo creas, una simple palabra o un simple abrazo puede salvarle la vida y puedes ser el punto de inflexión para ellos.

¿Cómo sé todo esto? Pues bien, yo fui esa chica. Gracias al amor que sentí por mi verdadera familia y mis amigos fue que pude salir de ese hoyo en el que estuve sumergida por bastante tiempo. Fui tratando de olvidar todos esos sentimientos que lo único que hacían era hacerme sentir menos y me empecé a concentrar en otras cosas. Me saturé de trabajos y tareas, me inscribí a varios grupos estudiantiles: teatro, pintura, idiomas, equipo de robótica. Creía que todo esto me ayudaría y lo hizo, pero después de tiempo comprendí que sobresaturarme no iba a arreglar nada. La única salida era encontrar un balance, hablar de todo aquello que me hacía daño y disfrutar de lo bueno que la vida tenía para ofrecerme y sobretodo empecé a ver la vida a escala de grises y no sólo blanco y negro.

No había tenido la oportunidad de hablar de esto, pues hasta hoy solamente dos personas lo sabían. Sólo dos personas sabían que lo que menos quería hacer era continuar, que había perdido a demasiadas personas cercanas como para querer perder más, que me sentía utilizada y después olvidada, que sentía que a cada rato iba a tener un breakdown y tenía miedo que sucediera enfrente de los demás. Quería que las voces se detuvieran, quería que mi voz se detuviera. Me sentía como si no perteneciera a ningún lado, ni siquiera a mi propia mente. Quería que el dolor se atenuará solo un momento para poder respirar lo suficiente y poder volver a soportarlo. No se trataba de ser egoísta, siempre pensé que mi familia y mis amigos estarían mejor sin mí. Hoy en día ya no temo hablar, pues ese dolor que sentía que me aislaba, que me hacía diferente, que me hacía menos, hoy me hace más fuerte. Antes lo ocultaba por el miedo al qué dirán, porque tenía miedo a que me consideran débil y que me pudieran volver a utilizar o a burlarse de mí tal como lo hacían cuando estaba en primaria, pero sobretodo tenía miedo a que las personas se alejaran de mí por el simple hecho de “hacer una tormenta en un vaso de agua”. Anteriormente tenía miedo de recordar aquella época de mi vida. Ahora tengo miedo de quedarme callada. El silencio y burla respecto a estos temas es lo que aumentó mi miedo a ser rechazada, a portar a cada rato una armadura para tratar de protegerme cuando lo único que hacía era ahogarme dentro de ella. El silencio, la burla y la indiferencia son las más armas más mortíferas de todas, son las que matan. Sé que mi silencio podría llegar a matar a otros o matarme a mí y ya no quiero morir. Quiero vivir para ayudar aquellos que se sienten perdidos, quiero vivir por mis abuelos y por los amigos que tengo, los que tuve y los que probablemente llegue a tener. Hablaré por aquellos que tengan miedo de alzar la voz, hablaré para que se den cuenta que no están solos, que nunca estamos solos por más solos que nos sintamos. Mi dolor, aunque para ti pueda ser una tormenta en un vaso de agua, no me hace diferente, no me hace menos. Por todo lo dicho anteriormente, junto a tres amigas estamos creando Cuxta, una iniciativa que busca romper con todos estos estigmas en Latinoamérica y busca brindarles una segunda oportunidad aquellos que crean que no la tienen o no la merecen.

Para terminar, he de decir que el suicidio no es hermoso ni valiente, pero mucho menos es cobarde. No es dramático ni glamoroso. Es feo, enfermizo y trágico. Es estar tan enfermo hasta que ya no puedes enfermarte más. Es sentir que tus órganos se van cerrando uno por uno en un proceso largo y doloroso. Es algo con lo que no se debería bromear, ni mucho menos dejar pasar.

Necesita ser abordado con empatía en lugar de insensibilidad. Recuerda, siempre se puede ayudar e incluso puede que sin saberlo estés salvando una vida al sonreírle a una persona que crea que no existe felicidad.


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