Pro-natalismo vs. Anti-natalismo

Por Alexis Bautista

«A ver si piensas igual dentro de unos años», «qué egoísta tu forma de pensar», «tener hijos es lo más lindo en el mundo». Estas son algunas de las respuesta que solemos escuchar cuando alguien declara que prefiere no tener hijos. De un tiempo a la fecha este tema ha sido bastante controversial, pues incluso en redes sociales podemos encontrar páginas como ChildFree, Antinatalism, Prochoice a favor, obviamente, de esta postura a no tener hijos que parece va tomando cada vez mayor fuerza. Pero, de igual manera, podemos encontrar en esas mismas páginas a personas que en lo absoluto parecen compartir si quiera un ápice de esa opinión. Sin pretender llegar a conclusiones definitorias, tratemos un poco de entender, en unas cuantas líneas, cuál es la mera opinión detrás de estas posturas: el pro-natalismo y el anti-natalismo. Comencemos con la postura más común: la afirmativa.

Quienes están a favor de procrear, regularmente conciben la idea agustiniana de que nacer (existir) es algo bueno. Es por eso que, conforme a esa idea, quien entre sus planes de vida además de poseer un carro, una casa, una pareja, etc., concibe la idea de tener un hijo es considerado bueno porque está actuando correctamente y, sobre todo, conforme dicta la costumbre (pues en algún momento todos seguiremos, o —según esto— debiéramos seguir, esos patrones). Parece ser que es en este punto donde radican los comentarios poco tolerantes para quienes tienen una postura contraria. Más o menos la idea general es: si nacer es algo bueno, quien piensa lo contrario niega algo bueno y con ello tal idea se convierte en una decisión poco meditada y hasta egoísta. Tal egoísmo tendría entonces su génesis en negar la oportunidad a alguien de experimentar eso bueno; es decir, haber nacido.

Pero si nos detenemos a pensar un poco esta idea y la vemos de manera más objetiva (y hasta fría si se quiere), vemos que son pocas las veces en que las personas se cuestionan de forma sincera si realmente quisieran ser padres o no. En lugar de ello sucede que procrear, al ser una práctica tan común, ocurre no como una decisión meditada, sino como mera consecuencia de un acto sexual. Porque, seamos sinceros: cuántos nacimientos no hemos visto que son producto de un embarazo poco o nada planificado, con adjetivo de “accidente” (como mera consecuencia de un acto) y hasta abiertamente no deseados —valga tal reflexión para el nacimiento propio. Son bastantes quienes admiten sinceramente haber concebido de esta forma; aunque, por lo demás, siempre haya también quienes no quieran admitirlo por una especie de sentimiento de culpa por sus retoños. Pero el asunto va todavía más allá, pues esta misma práctica vista tan común (procrear) parece eliminar en la conciencia colectiva toda necesidad, no ya de decidir o no tener hijos, sino justificar siquiera por qué sí tenerlos: las personas solo se encargan de tenerlos; así, sin más.

Muy probablemente, teniendo una conciencia mucho más reflexiva acerca de la responsabilidad que es traer a un ser al mundo, los mismo que ahora son padres podrían considerar si bajo ciertas condiciones (siempre habrá quien piense que bajo ninguna condición se debería tener hijos) es posible seguir sosteniendo el argumento que identifica al nacimiento con la bondad. Siguiendo este ejercicio reflexivo, se pensaría detenidamente si según el contexto en que se vive, bajo las condiciones en que se está, se puede ofrecer a un nuevo ser humano, ya no lo necesario, sino al menos lo suficiente como para no padecer una vida poca favorable o más aún, indigna. Justo a este punto parecen conducir los argumentos de quienes declaran preferir no tener hijos, o sea los anti-natalistas.

Si bien, los grupos antes mencionados como ChildFree, Antinatalism y Prochoice comparten de cierta manera un mismo discurso, definitivamente no son lo mismo. Pero este no es un escrito en el que quepa discernir sobre este asunto; baste con centrarnos de manera general aquello que comparten: la convicción de no tener hijos. De entrada, esta idea, per ser, es ya disruptiva y por ello poco aceptada, pues si seguimos teniendo en cuenta los argumentos que refieren a la costumbre, esta no participa de ella; más bien, quien concibe esa idea corta súbitamente una práctica realizada por todos los miembros que conforman su ascendencia hasta ella o él. Nos podemos imaginar lo que ello significa para una familia con arraigo en las costumbres —y aun en las que no tanto.

De entre los distintos argumentos ofrecidos por el anti-natalista, decíamos que uno de ellos refiere a las condiciones poco favorables para satisfacer las necesidades del nuevo “inquilino del mundo”. Y aunque no pareciera tan difícil aceptar que, en un mundo con recursos finitos, donde requerimos ya de 1,5 planetas Tierra para satisfacer la vertiginosa vida que la sociedad moderna demanda, cabría la apremiante urgencia de detenernos y reflexionar si es bueno seguir trayendo personas a la vida. La sola idea de descontinuar la trascendencia individual por extensión, a través de nuestros descendientes, parece encontrarse en lid con esa realidad de la que nadie es ajeno. Este podría ser visto como el mayor argumento ofrecido por la mayoría de los anti-natalistas —que no el único— para tomar la muy respetable decisión de no procrear más. Y digo ‘respetable’, porque detenerse por un momento en el caótico ajetreo del día para reflexionar (cosa ya loable) acerca de una decisión que no debería tomarse a la ligera y declinar hacia una la elección menos compartida por la sociedad es algo digno de respeto.

Llevado a sus últimas consecuencias, el anti-natalismo pregona como conclusión la extinción del ser humano; pues si todos adoptáramos esta postura evidentemente aceptaríamos de forma voluntaria nuestra extinción. Pienso que en el fondo ese es el mayor miedo que se deja asomar (por más que tal cosa tomara años en ocurrir) cuando rotundamente y de forma poco tolerante se juzga con frases, como las de al inicio de este texto, a quien ha decido no tener hijos. Sin embargo, estas dos posturas antagónicas convergen —a mi parecer— en un mismo punto: la una y la otra, a su manera, nos conducen a la misma conclusión.


Imagen: https://mchscityzen.com/wp-content/uploads/2016/03/why-overpopulation-is-a-myth.gif

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