Princesamanía

Por Arianna Carli.

 

Las princesas Disney son lo de hoy. Toda niña, y alguna que otra mujer, quiere ser una princesa.

Hace algunos años, realicé como estudiante una investigación basada en grupos foco, para conocer la influencia de las películas de princesas en niñas de entre 4 y 11 años. Los resultados no me sorprendieron: una niña decía que Cenicienta le parecía tonta por dejarse a la suerte o a las decisiones de los demás; de la madrastra, de las hermanastras, de la madrina, del príncipe; otra decía que no le parecía buena idea que una mujer estuviera dispuesta a perder su voz por un príncipe, como Ariel, de La Sirenita. Opiniones muy inteligentes, sin embargo, después de reconocer fácilmente patrones y estereotipos que les resultaban negativos, todas las participantes llegaban a la contradictoria conclusión de que sí les gustaría ser princesas.

Ésta es una muestra del fuerte impacto que tienen en nuestra sociedad los mensajes enviados por los conglomerados mediáticos, como Disney. La compañía, fundada en los años 20, siempre ha tenido gran influencia en las familias a nivel global, fomentando valores, preferencias y comportamientos de la familia estadounidense conservadora.

La primera princesa Disney que surgió fue Blancanieves, en el año 1937; el éxito de esta película dio paso a la creación de más de diez películas inspiradas en estas “heroínas”, que más adelante se convertirían en una franquicia creada por Andy Mooney, presidente de Disney Consumer Products al final de los años 90. Disney Princesses es actualmente la más grande y exitosa franquicia dirigida a niñas. Las ganancias que genera son millonarias: sólo la última película de princesas, “Frozen” (2013), generó 1.200 millones de dólares en la taquilla mundial. Además, los ingresos de Disney por merchandising subieron un 16% gracias a esta película.

Prácticamente, Disney ha monopolizado el mercado de los productos mediáticos dirigidos a los niños y a la familia. Jugar a ser princesa no es un problema, el problema son los miles de productos de princesas que dominan el mercado y que opacan cualquier otra opción de juego, y por consiguiente, de modelo a seguir.

Pero ¿qué es en realidad lo que Disney nos está vendiendo con tanto éxito? ¿Estamos conscientes acaso de lo que significa para una niña interiorizar como ejemplo de vida a una de estas princesas? Si analizamos la mayoría de estas películas, la historia siempre tiene la misma estructura: existe una doncella sumisa que se encuentra en peligro, es rescatada por un héroe, un enemigo (generalmente una bruja) dificultará el objetivo y después de todo: el final feliz. ¿Cuál es el objetivo? Casarse con el príncipe. No más.

Sin embargo, Disney ha ido soltando poco a poco los estereotipos y ha comenzado a apostar por princesas un poco más combativas (de manera muy tímida para ser sinceros). Con películas como “La princesa y el sapo” (2009), en la que por primera vez se muestra a una princesa de color; “Valiente” (2012), en la que la princesa se muestra con un carácter más fuerte y se opone a lo que su familia quiere para ella; o “Frozen” (2013), en la que se intenta exaltar el amor entre hermanas, más allá de la búsqueda de un hombre. Los esfuerzos se aprecian, pero hay que aceptar que estos pequeños pasos de tortuga no están en sintonía con la época en la que vivimos, estamos en el año 2015, no en 1960.

Otra de las apuestas de Disney, ha sido comprar Lucasfilm y Marvel, lo cual le está dando entrada a nuevos públicos, como los adolescentes. Probablemente una de las estrategias es pasar de las princesas para niñas a las súper heroínas de películas de acción.

Culpar a Disney por el hecho de que muchas mujeres adolescentes y adultas tengan como único objetivo encontrar un “príncipe” que las haga felices, puede resultar un poco exagerado. Sin embargo, hay que prestar atención al hecho de que los medios tienen mucha más influencia de la que creemos, y lo que nos puede parecer inofensivo, muchas veces no lo es. El concepto convencional de la femineidad vendido por Disney, podría ser perjudicial para el futuro de sus espectadores. Si ya logramos reconocer los patrones, es mejor buscar otras alternativas, productos mediáticos que fomenten otro tipo de valores y que se alejen de los estereotipos impuestos que nos impiden avanzar como sociedad.

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