Posada para dos (tres)

Por Guillermo Alvarado

 

Ella, viajando sola, cargando con la noticia, la buena nueva, aunque ni tan buena, ni tan nueva, ya se lo esperaba, se lo temía desde el momento en que no le bajó el periodo la primera semana en que debió sucederle. Ahora viaja en el metro atiborrado de gente, es muy de mañana, va camino a la casa de los García, allí hace la limpieza y plancha la ropa, su jornada cubre perfectamente siete horas, menos los tiempos de desayuno y comida, le pagan $100, de los cuales gasta $24 en transportes, el resto irá a parar a los pagos pendientes que nunca menguan. Al menos aún tiene la semana llena, a su comadre ya le cortaron dos días.

Él, se alquila como ayudante de carpintería en cualquier obra que necesite de sus servicios, su padre era carpintero y antes de que lo mataran afuera de su negocio, le enseñó como armar estructuras y arreglar muebles, no continuó aprendiendo más, porque su papá estaba en el momento equivocado, andaban tras alguien más y terminaron baleando a Don Pepe, dejo viuda y a un jovencito de 15 años, pero esas ocurrencias son normales en esta ciudad sin dios. Como hijo único de esa familia rota, tuvo que buscar donde colocarse, ya habían perdido el taller de carpintería por pagos atrasados y aumentos injustificados por parte del arrendador; finalmente con la primaria y secundaria a duras penas cursadas y algunos conocimientos de carpintería se metió de chalansito  en algunas construcciones ayudando en todo lo que pudiera, lamentablemente no muchas aceptan a jóvenes inexpertos, además los nuevos condominios no destacan por tener mayor uso de la madera, así que se limitan a construir castillos y asegurarlos, daba cimientos al porvenir ajeno, por que el propio estaba bien jodido. De eso han pasado unos años y ya no le va tan mal, incluso sale para el chupe con la banda todas las noches religiosamente.

Ella, sólo piensa y vuelve a pensar, absorta del trajinear en el metro, hace los transbordes mecánicamente, hay muchos más como ella, con la cara enjuta con la mirada perdida, como almas en purgatorio con ojeras y audífonos en las orejas, los túneles transportan el murmullo de millones de pisadas, no hay vagones a esa hora de la mañana, no hay gente, sólo hay carne embutida en vagones.

Él, llega temprano a la construcción, pero algo no anda bien, hay otros pero no están trabajando, están gritando, no los dejan entrar, dicen que no pueden pagarles, no ahora ni nunca, le han clausurado la obra a la constructora, seguro fue por su buen manejo, José apenas pudo cobrar cinco días, otros quieren irrumpir la obra y llevarse algo, de menos unas varas o unos ladrillos, algo que puedan aventarle a la impotencia, pero suenan las sirenas de la policía y todos se disipan. Unas manos jalan a José con ellos. Van a echar trago para distraer la pesadumbre.

Ella, llega con los García, son buena gente, pero no gente adinerada, todo marcha bien, le dan desayunar inmediatamente después empieza lavando trastes y limpiando la cocina, le sigue la sala y las recámaras, plancha la ropa y medio lava el baño, le pagan y le dicen que van a necesitar espaciar los días, la verán sólo dos días a la semana, no es tan malo, le redujeron un día nada más, al menos tiene algo seguro, por ahora. El día para ella pasa tan rápido que su cuerpo no lo siente, hasta el momento en que baja al metro y le duele todo desde el cuello hasta las pantorrillas. Se sube apretujada y resignada en el próximo tren, le esperan dos horas y media de camino.

Él, para José la tarde se le escurre en la cantina entre caguamas y música banda, finalmente los echan de allí por falta de dinero, se regresan para sus casas, la mayoría vive por el rumbo, van en camión allí José vomita sin darse cuenta que el microbusero lo ha visto, los hecha a palos del camión y se van caminando, la noche pinta todo de negro, en la colonia no hay muchos faroles, el alcohol se les baja cuando ven sombras por las calles, aprietan el paso esperando que las sombras no lleven armas. Unos gritan que se detengan y todos corren, las sombras se diseminan buscando al más lento.

Ella, bosteza, tiene miedo y cansancio, es complicado de expresar, es difícil de sentir, tiene miedo de llegar a casa de su suegra, donde la interrogán por todo, tiene miedo de decirle a José que algo alberga su vientre, tiene miedo de saber cómo reaccionará, tiene miedo de saber como ella está reaccionando, es un bebé no un monstruo, tiene miedo de que José lo quiera sacar, “cuanto antes mejor” él le dirá, tiene todo este miedo y todo este cansancio de estar lavando trastes, de estar tallando azulejos, de trapear y barrer y bajar la basura de los García, tiene cansancio de la vida misma, el cúmulo de platos sucios y ropa por planchar de hace ya cinco años que empezó a lavar a casa ajenas, cuando su mamá la sacó de  la casa por puta, por andar de novia con José.

El, corrió rápido, corrió y no se detuvo, casi no la cuenta esta vez, mañana sabrá a quién de sus amigos le dieron baje, ya casi está en casa, se tomará un café y se irá a acostar con su mujer, no cruzará palabra con su madre, sólo quiere estar tranquilo en su casa, sin que nadie le pregunte nada, sólo tener a su mujer a su lado y no escuchar reclamos, de nadie.

Ella, llega a casa, había escuchado unos balazos pero vio la chamarra de José en la mesa y se tranquilizó. De donde la deja el metro toma un micro, y luego camina unas cinco cuadras. Cuando venía caminando escuchó los balazos y apretó el paso, todos saben que agacharse o esconderse no sirve de nada, lo mejor es correo o caminar rápido, mientras le sudaba el cuerpo le rezaba a la virgen que José no fuera a quien le disparaban calles atrás. Al entrar a casa ver la ropa de José la tranquilizó, pero no pudo estar así mucho tiempo. Su suegra le preguntó lo mismo de todas las noches, -¿y el dinero?- a lo que ella sin decir nada le entrega los pocos billetes y monedas, la señora toma el dinero y lo guarda en un monedero raído que luego acomoda debajo de su ropa. Ella no desea estar mas tiempo allí y se mete a su cuarto, allí esta José, junto a la cama, desnudándose.

Ellos, se miran, se hablan poco, él le dice del vómito en su ropa, ella dice que subirá a lavarla, él le dice que no, que mejor mañana, ahora él la desea, quiere que se acuesten ya y que apaguen la luz, la oscuridad es el indicativo de que José quiere algo mas que descansar, ella no puede negarse, José obtiene de ella lo que quiere, para eso es su mujer, es lo que él dice. Se meten a la cama, los resortes suenan, ella se desprende de su realidad, José comienza la faena, es torpe, desprolijo en sus movimientos, sólo busca lo que es suyo por derecho, ella intenta no hacer ningún movimiento, así le gusta a él, ella intenta no sentir, aunque es mas fácil decirlo que hacerlo, le duele, él termina pronto, pero algo va mal.

Se levanta y prende la luz, hay un hilo de sangre corriendo por su pierna, José corre asustado al baño sólo maldice y mira con miedo y odio a su mujer, su pene está ensangrentado y en la cama hay un mancha que invade las sabanas abarcando más y más. María sabe lo que pasó, sin conocer mucho de ello, ya lo sabe, lo que pudo ser, se ha ido y para mejor, no es el momento ni la familia indicada para traer a un niño a la vida. Claro que igual y con el niño José se hubiera calmado en las borracheras y a su suegra le cambiaría el humor, María llora por la pérdida de un ser diminuto que regresa a cielo. Si era niño le habría puesto Jesús.

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