¿Por qué nuestra sociedad está repleta de contenidos sexuales?

Por Dante Noguez

El análisis sociológico que Desmond Morris elaboró desde la zoología es, sin duda, interesantísimo. Pero, dentro del amplio abanico de temas que trata, hoy nos atañe revisar el sexual.

Cabe mencionar que la argumentación morrisiana tiene como base la comparación del comportamiento humano con la de otras especies animales, ya que, según dice, el querer analizar al humano como un no-animal sólo denota una arraigada necedad y ceguera selectiva cuando, en cambio, analizarlo como lo que es (un animal) dará una infinidad de respuestas que vanamente se han buscado en otras partes o en otras formas.

Considero oportuno hacer una breve teorización a priori. Todo parte de las parejas sexuales que se formaban en la era paleolítica. Se sabe ya que en ese entonces, los hombres solían salir a cazar mientras las mujeres se quedaban a cuidar de las crías. Lo que sucedió ahí fue lo siguiente: debido a que la colaboración y cooperación entre esos cazadores era indispensable, y debido también a que a los mismos cazadores les preocupada dejar a sus mujeres solas, pues eso podría tener como consecuencia que otros hombres se aprovecharan de ellas en su ausencia, aquellas parejas tuvieron que adaptarse al medio, es decir, crear algo que evitara esta difícil situación que podía tener como consecuencia, en el peor de los casos, la disolución de la manada y, por lo tanto, más de un par de batallas a muerte entre los cazadores mismos y, consecuentemente, la extinción de la especie porque, en efecto, aquellos difícilmente sobrevivirían aislados de los demás.

Entonces, debido a que aquel estado de colaboración era esencial, se crearon conductas que encaminaran a ello. La primera de ellas fue la creación de lazos sentimentales. Se tuvo que crear entre las parejas un compromiso y ligamento tal, que las mantuviera unidas y fieles para que los machos pudieran salir a cazar sin preocupaciones y no existieran rivalidades entre los mismos.

Luego, resulta evidente que, con un significativo aumento en el número de personas que componían las comunidades, se tendrían que añadir también otras conductas que ayudaran a esta dificultosa tarea. Y es verdaderamente dificultosa por la tan acentuada sexualidad que caracteriza al humano. Esta serie de normas antisexuales tuvo como producto: la vestidura, la cual, antes de cumplir con la tarea de mantenernos a cierta temperatura, tuvo como finalidad la de cubrir los órganos sexuales; la erradicación de posturas «sexuales», como por ejemplo, el cruce de piernas en las mujeres o el cubrimiento de la boca cuando esta adopta cierta postura sexual; y la desodorización de algunas partes del cuerpo, las cuales poseen un fuerte estímulo olfativo.

Aún y a pesar de éstas y otras distintas normas sociales encaminadas a la desexualización, el humano sigue resistiéndose contra este tratamiento, teniendo como resultado la elaboración de artificios que contradicen dicha represión de lo sexual. El más claro ejemplo contradictorio de este tipo son los sostenes y pantalones que dan forma a los pechos y glúteos. También se usan tacones, los cuales aumentan la oscilación de la región glútea, u hombreras en los trajes de los varones (los hombros son importantes en la sexualidad del hombre, pues éstos se ensanchan cuando éste empieza a desarrollarse sexualmente y, por lo tanto, indican capacidad sexual).

¿Por qué permitimos, entonces, estas cualidades absurdas? Si bien toda norma social desexualizadora tiene como respuesta un artificio sexualizador, ¿por qué no quedarnos solamente en el inicio cuando estábamos plenamente sexualizados? Esto se responde desde dos vertientes. La primera es que el sexo, y concretamente el sexo como manifestación o exhibición pública de la sexualidad, no sólo se emplea para fines sexuales en los animales, sino también como maniobra para evitar antagonismos. Entre las monas, es muy común que, al encontrarse con un gorila molesto, hagan exhibiciones sexuales para sosegarlo: mediante la activación de su impulso sexual, disminuyen su ira y evitan ser atacadas. Entonces resulta normal que seres que constantemente socializan tiendan a sexualizar su imagen con el fin de apaciguar relaciones y evitar confrontaciones. Y, por otra parte, el artificio sexual sirve como un constante desahogo de nuestra sexualidad, pues ésta no se reprime del todo, sino que continuamente se disminuye en pequeñas porciones. A este respecto, el voyeurismo es sumamente útil. El voyeurismo sublima y satisface, en cierto nivel, las exigencias de la curiosidad sexual del humano. Todos consumen estas exhibiciones, y es normal que hoy día hayan aumentado significativamente, así como también lo ha hecho dramáticamente la población. Podríamos deducir, atrevida pero no incoherentemente, que el auge de ciertos comportamientos actuales como el llamado twerk, o la propensión a llevar prendas pequeñas, o las cada vez más comunes escenas sexuales en películas y programas de televisión, tengan su razón en este principio voyeurista. Las cifras poblacionales aumentan estrepitosamente y, consecuentemente, también el voyeurismo y todas aquellas prácticas que tengan como fin (sea inconsciente o conscientemente) dar cierta calma a la curiosidad sexual humana. A contrario sensu de lo que comúnmente se piensa, el humano no se está convirtiendo en un pervertido desenfrenado, sino que solamente está buscando distintas maneras de apaciguar todo ese ímpetu sexual que le domina continuamente.


Imagen: Tomada de la película Rear Window de Hitchcock

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