¿Por qué demonios escribo?

Por Hugo Sánchez

 

Escribir es atarse una soga al cuello. Conforme
las palabras van adquiriendo mayor precisión y se
ajustan a nuestra realidad corpórea, el dolor de la
liberación se agudiza para abrirnos paso a otra
dimensión más sutil. El escritor, por definición, es un
homicida: el perpetrador de sí mismo y de su época.

La escritura –como acto esencialmente creativo, propio de literatos y no de meros mecanógrafos–, junto con su hermana siamesa la lectura, continúa siendo, a pesar de los años, una de las exiguas actividades humanas cuyo virtuosismo se justifica por sí mismo al margen de cualquier posición ideológica. Tanto los escritores como los no escritores –incluso quienes jamás leen o escriben– comparten este punto de vista: escribir es un acto “cuasidivino” reservado a sólo unos pocos, a los elegidos, a los escritores que forman parte de una categoría distinta a la del común de las personas.

Los más pesimistas dirán que la unanimidad en torno a la escritura proviene de su naturaleza utilitarista: ciertamente se trata de una herramienta al servicio de cuantos fines se proyecte el hombre. Sin embargo, como lo sabe todo respetable escritor, el arte de escribir va más allá de ser un simple instrumento: es un modo de vida y, en un caso más logrado, una vida paralela y completamente distinta. No existe una sola definición de escritura, pues ésta depende de las bondades que el escritor encuentre en ella, las cuales a su vez se inscriben como fundamento de su motivación por escribir. De manera que al definir su sagrada ocupación, los escritores llevan a cabo una suerte de confesión autobiográfica: es apropósito de su más preciada gracia que éstos dejan entrever un poco de su historia, muchas veces sin darse cuenta.

Así, impedido para expresar –si quiera en abstracto– el sentir de los escritores por cuanto hace a la escritura, no me resta más que entintar la más emotiva de todas las concepciones que conozco al respecto, la mía.

Todo comenzó cinco minutos después de haber nacido, tiempo que resultó suficiente para darme cuenta de que esta realidad perceptible, tan insípida y revuelta desde esos ayeres, se alejaba con creces de lo que mis desordenados impulsos genéticos apetecían. Mientras el llanto me invadía como nunca, no a consecuencia del incipiente funcionamiento de mis pulmones, sino a causa de la agobiante tragicomedia que me esperaba –un profundo instinto me indicaba que todo sería así–, me vi obligado, por mera supervivencia, a pensar en alguna estratagema que me permitiera, cuando no cambiar las circunstancias imperantes, sí trasladarme algunas veces y por tiempo indefinido a otras dimensiones menos asfixiantes, pues no quería, como ahora, volverme loco tan rápidamente. Fue entonces cuando, quizá inducido por los doctores que a mi alrededor no paraban de realizar anotaciones clínicas, de pronto reparé en la escritura: maravilloso alivio que ante mis ojos se asomaba como un oasis en el desierto, como un arma entre la guerra, como un abrazo en medio de la penumbra.

Sólo fue cuestión de esperar algunos años –que por fortuna no fueron más de seis– para escribir y alejarme de la inmediatez. Comencé escribiendo insultos dirigidos a personas que no podía ofender de viva voz, ya que eran adultos y estaban socialmente protegidos por los convencionalismos, factores altamente peligrosos para alguien que todavía mordía con “dientes de leche”. Era sorprendente presenciar cómo los insultos escritos, no obstante de su apariencia estática e inerte, surtían los mismos efectos que aquellos expresados en forma verbal, aunque claro, tenían muchos más beneficios: además de generar una profunda satisfacción y calma personal –pues no se propiciaba conflicto alguno–, mis primeros escritos injuriosos me situaban por encima de sus destinatarios, quienes, al no enterarse de mi irrespetuoso proceder, terminaban incluso premiándome con calificativos tales como prudente, maduro y hasta justo.

Una vez que la técnica por fin desplazó al instinto, la escritura se tornó más poderosa y apasionante: ya no solamente era un medio de expresión personal, sino que se había convertido, para sorpresa de mi constantemente frustrada dedicación como escritor, en la mejor y más civilizada forma de cobrar venganza frente a esta realidad malsana con la que siempre he tenido conflicto. Desde ese momento, si la realidad o parte de ella no me agrada, de inmediato me dispongo a cambiarla –esto es, adecuarla a mi manera– mediante el acto creativo de la escritura. Bien a través de un ensayo, de un poema o de un cuento corto, siempre procuro que mis ideas adquieran una existencia material cuando menos en la mente y en la voluntad de mis lectores cautivos. Gracias a la escritura soy Dios del pequeño universo que reside en mi mente, me transformo en el perpetrador de mi vida y de mi época, me erijo como crítico incansable, y en pocas palabras, me convierto en escritor.

¿Qué es la escritura? La rebeldía expresada en creación y crítica cuyo inherente antagonismo siempre toma como referente el sentido de la realidad vigente, o sea, el objeto a modificarse dialécticamente. Por extensión, la escritura es liberación, conflicto, sufrimiento, alimento, perfeccionamiento y consagración. Es medio –influencia– pero también fin en sí misma –transformación–. De ahí que el ser humano, además de caminar en dos pies y erguido, debe escribir para justificar su monárquica posición natural: sin escritura el hombre retrocede, se convierte en un ente inanimado, en una roca (bastante estorbosa, cabe decir). La escritura es al hombre lo que el agua al pez: una necesidad vital pero también el medio donde podrá perfeccionarse en la medida de sus aspiraciones.

¿Por qué demonios escribo? Por los demonios que, desde aquél primer parpadeo, me revelaron la vida tal cual es: vacía de significación y apta para ser moldeada por las ideas contenidas en mis letras.


Imagen: http://www.rsxxi.es/contenido/sobre-la-escritura-y-la-enfermedad

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