¿Por qué deberíamos votar?

Por Brandon Ramírez 

 

Este fin de semana se llevarán a cabo elecciones en diversos estados del país. El descontento con nuestra democracia, la corrupción, los problemas sociales que año tras año se mantienen irresueltos; hacen que cada vez más personas se cuestionen la utilidad de este tipo de procesos. Sin embargo, no debemos olvidar todo el tiempo y exigencias que, todo el siglo pasado, se llevaron a cabo para que pudiéramos tener elecciones organizadas por una institución autónoma, involucrando a las ciudadanas en el desarrollo de las mismas. Tampoco deberíamos olvidar algunas de las ideas que subyacen a la democracia representativa, y que motivaron la búsqueda de esta en nuestro país.

La democracia como forma de gobierno se ha legitimado en oposición a los regímenes con tintes más autoritarios que antes dominaban a la mayoría de países occidentales. La democracia actual, en abstracto, requiere de la participación de la sociedad en torno de la discusión de los problemas y asuntos públicos. De la mano de la idea de democracia contemporánea, entonces, está implícita la de la participación, y la más importante, es la ciudadana. Escribió Rousseau: “Desde que al tratarse de los negocios del Estado, hay quien diga: ¿qué me importa? el Estado está perdido(Rousseau, 1762), y esta idea encaja aún en las democracias actuales.

Normativamente, un ciudadano es una persona dentro de la sociedad con derechos políticos plenos, una vez cumplidos ciertos requisitos, como un número de años cumplidos. Un derecho esencial dentro de este grupo es el de la participación. Es cierto que la idea original de democracia que los griegos clásicos inventaron ha cambiado significativamente en nuestros días. Para ellos, democracia era el ejercicio de deliberación directa: todos los ciudadanos podían discutir los asuntos públicos, hay que poner un doble énfasis en la palabra “podían”: por un lado, como un derecho propio de cada ciudadano, y por otro, el que, al ser ciudades relativamente pequeñas, y aún menor el número de ciudadanos, era materialmente posible que todos participaran en las deliberaciones públicas.

Hoy día, una democracia de esta índole donde todos los ciudadanos deliberen sobre lo público buscando un consenso, es inverosímil: en primer lugar, por la sectorización, individualismo y el carácter heterogéneo de los intereses; en segundo lugar, por el tamaño en términos poblacionales de los Estados.

Entonces, el modelo de representación ha sido usado a lo largo y ancho del mundo para resolver el problema de deliberación política: las discusiones se dan en el espacio público, las decisiones se toman en el Congreso, Parlamente o Cortes donde los representantes de toda la sociedad votan.

¿Cuál es entonces el papel del ciudadano? Como se mencionó, el ciudadano debe, porque puede, formar parte de la deliberación de los temas de carácter público, la participación comienza en este sentido. Así mismo, debe hacer que la representación, que los congresistas suponen, sea de la sociedad en general (búsqueda del beneficio de la mayoría), y no grupos de poder o intereses privados (aunque como parte de la sociedad, tienen derecho a impulsar sus intereses, no deben estos priorizarse o contravenir la idea del bien común, como este sea entendido).

Ahora bien, en términos de gobierno, la idea de la participación no se agota deliberando sobre asuntos públicos y eligiendo representantes, así como garantizar su representación. Un ciudadano puede, y quizá sería deseable que se involucre en el proceso de gobierno, por ejemplo, a través de la cooperación en la formulación y aplicación de políticas públicas. Parte de la idea del modelo de gobernanza es esa: que los distintos sectores de la sociedad se conviertan en compañeros del gobierno para la implementación de las políticas públicas, entendiendo que, de esta forma, se pueden crear soluciones más integrales a los problemas, con conocimiento mayor de causa y particularidades de cada región.

Claro que es imposible pensar que todos los ciudadanos nos involucremos a ese grado  en los asuntos públicos. Con justa razón, muchos tendrán otras prioridades válidas. Aquella sentencia de Rousseau es aún válida, ya que todos deberíamos estar, al menos, un poco involucrados en los asuntos públicos, o por lo menos, tomar parte de uno de los procesos más básicos de las democracias representativas: votar.

Aquí otra vez, difícilmente alguien conocerá al pie de la letra las plataformas de todas las opciones políticas. Quizá sería deseable, pero inviable en la realidad. Cada persona tiene su propia motivación para emitir su voto: tradición familiar, compartir principios éticos y morales básicos con algún partido o candidato (reflejados en posiciones ante temas políticos que suelen causar polarización), ser familiar de uno de ellos, identidad partidista, o anular desde la premisa de que todos son iguales. Poco podríamos achacar a quienes basen su decisión electoral fundamentado en alguna de estas ideas. Eso que llamamos “compra de voto”, o bien, presionar a través de incentivos o coacciones materiales o inmateriales para hacer que las personas voten por una opción distinta a la que ellos preferirían. Sí que es un vicio y una práctica que deberíamos censurar y evitar.


Imagen: http://ntrzacatecas.com/2015/01/04/ine-abre-registro-ciudadano-para-promover-el-voto-en-2015/

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