Por favor, detengan el exterminio de la introversión

Por Fernando López Armenta

En el último año han llegado hasta mi consulta algunos casos de niños y adolescentes que, debido a su “gravedad”, me han parecido sumamente curiosos. Los padres de estos chicos han expresado en más de una ocasión su preocupación relacionada al hecho de que sus hijos parecen no tener interés en relacionarse ni interactuar frecuentemente con sus compañeros de escuela o con otros niños en general. Algunos profesores incluso, se han tomado el atrevimiento de diagnosticarlos con Autismo, Trastorno por Déficit de Atención o cualquier otro síndrome extraño que han mirado por ahí en “un video de YouTube”. 

La idea de que un niño parezca desconectado del mundo exterior en principio suena preocupante y digno de llevarle con apremio hasta el consultorio del psicólogo infantil más cercano (en este caso, yo), sin embargo, en muchas ocasiones las quejas referidas por padres y profesores solo son evidencia de lo que parece ser un preocupante fenómeno que amenaza el mundo interior y el bienestar emocional de un sector importante de la población, y no me refiero únicamente a niños y a adolescentes.  

El título de este texto no tiene ninguna intención de ser alarmista (o bueno… un poco sí, solo para darle un toque de dramatismo al asunto), más bien, lo que me gustaría explicar a continuación es un argumento en favor de aquellos que parecen haber sido excluidos del paraíso de las redes sociales, las fiestas multitudinarias y cualquier situación social que implique estar en contacto directo con más de 5 desconocidos durante más de 17.6 minutos (cifra random que acabo de inventar). En esta ocasión escribo para reivindicar un derecho olvidado que le es negado a muchos: el derecho a ser introvertido y sentirse orgulloso de ello. 

Algunos niños de los que mencioné al inicio de este texto habían sido sometidos a situaciones que para una persona introvertida podrían representar una auténtica tortura. Campamentos de 2 meses de duración llenos de ruidosos niños desconocidos, prácticas de futbol forzadas y una larga lista de tormentosas situaciones sociales que para muchas personas introvertidas podrían parecer concebidas por los mismísimos descendientes de la Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición. Situaciones que para muchas personas son normales e incluso son necesarias, para un grupo de la población pueden representar un verdadero desafío que puede sobrellevarse adaptativamente… pero no más allá de lo estrictamente necesario. 

El fenómeno en cuestión me parece desconcertante porque pareciera que el contexto moderno que nos ha tocado vivir está siendo diseñado para abolir cualquier intento de deserción. Las redes sociales fomentan la “necesidad” de tener un millón de amigos y un millón de likes que afirmen nuestra identidad e ilusoriamente llenen nuestra necesidad de sentirnos aceptados. El contexto laboral parece ser un aliado del exterminio de la introversión; las ofertas de empleo están saturadas de requisitos como “alta motivación social”, “eficientes habilidades sociales”, “facilidad para trabajar en equipo” … bla, bla, bla. En un modelo económico basado en el consumo, las habilidades para vender resultan deseables para cualquier empresa, una persona carismática que pueda conducir una conversación con gracia y buen humor siempre es un buen anzuelo para vender, la capacidad de “acción” está muy bien valorada en estos tiempos.  

Sin embargo, muchas veces pasamos por alto que las personas con características opuestas son igualmente imprescindibles para que el engranaje social continúe bien lubricado y no rodemos sin control hacia la anarquía.  Sí, es verdad, las personas introvertidas podemos no ser la mejor opción para organizar las reuniones sociales o para vender cupcakes en el Parque México, pero hay cosas que hacemos mejor que cualquier extrovertido, nosotros también sabemos hacer cosas épicas e igual de importantes (siempre que no tengamos que preguntarle nada a algún desconocido en la calle). Se tiene muy bien documentado, por ejemplo, que las personas introvertidas suelen desarrollar habilidades artísticas extraordinarias, especialmente para la escritura, la pintura o la composición musical. Se tiene conocimiento también de que las personas introvertidas suelen ser altamente valoradas para puestos en los que la reflexión detenida y la organización sistemática son las actividades principales. Analistas de riesgos, científicos, editores, investigadores y analistas financieros son solo algunos de los empleos en los que la “contemplación” tiene más protagonismo antes de la “acción”. 

La parte que me parece un poco triste de este tema es que, al parecer, las ciencias del comportamiento se han cansado de entrenar pichones y se han unido a la temporada de cacería. Puedo dar testimonio de la demanda de servicios de psicología infantil que tienen la intención de “normalizar” a aquellos niños y adolescentes introvertidos, haciéndoles pensar que hay algo en ellos que no está bien y que su personalidad no debería ser así. En la mayoría de estos casos estos chicos terminan experimentando sentimientos contradictorios entre lo que deberían hacer y lo que realmente sienten necesario hacer, terminan abandonando las actividades y pasatiempos que disfrutan en soledad para finalmente “integrarse” y adaptarse a lo que se les exige. 

Como miembro del club de la introversión, no me queda más que hacer un llamado a la resistencia pacífica a todos aquellos introvertidos que puedan llegar a leer estas líneas: NO DESISTAN. El universo nos necesita tanto como a los extrovertidos para mantener el equilibrio, así como disfrutamos cuando nuestros amigos extrovertidos nos llevan a fiestas, también ellos necesitan eventuales visitas guiadas en el mundo de la introversión. Quizás la acción y la contemplación no son polos opuestos… quizás podemos lograr cosas maravillosas cuando logramos complementarnos.  


Imagen: https://unsplash.com/photos/JYdssCgZgCY

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