¿Podremos vivir juntos? El gran reto del siglo XXI

Por Uriel Carrillo Altamirano

 

La gran promesa y reto del siglo XXI es vivir juntos. ¿Pero, es posible lograr que cientos de personas convivan bajo el mismo mundo de manera pacífica? Sí, lo es y el camino para lograrlo está en construcción. La respuesta se encuentra en las manos de cada individuo.

Desde hace ya bastante tiempo los gobiernos de los países se han preocupado por marcar los límites de sus naciones. No solo fronteras políticas y geográficas, sino culturales. Éstas últimas son lo más difíciles de definir pues las culturas no conocen de espacios fijos, ni de tiempos inmutables.

Las culturas, así, en plural son diversas y siempre se encuentran en constante cambio. Son ricas en elementos simbólicos, comida, música, danza y creencias. Cada una es la mezcla de los pensamientos de una sociedad determinada en un proceso interminable de construcción y reconstrucción de las tradiciones y costumbres de cada pueblo.

Hoy más que nunca se habla de heterogeneidad, pero al mismo tiempo y de manera paradójica el contexto llama al discurso a la homogeneidad. La primera surge porque a lo largo del siglo XX los movimientos sociales comenzaron a buscar el reconocimiento de las minorías. Aquellas de durante tanto tiempo vivieron fuera del derecho, sobreviviendo en la marginación por no gozar de los beneficios sociales, así como de las obligaciones.

Por otro lado, lo homogéneo se inserta en el discurso a partir de los problemas de seguridad y economía, principalmente en occidente. Desde el ataque a las torres gemelas el 11 de septiembre de 2001, la seguridad de Estados Unidos se ha reforzado, así como los mecanismos para prevenir posibles ataques. A causa de esto, otros países han seguido una línea similar entre seguridad y defensa, donde cualquier individuo puede ser un posible terrorista.

En cuanto a la economía, las crisis se han ido acentuando cada vez más. Lo que ha provocado que varios países tarden más tiempo en reponerse de éstas. Al mismo tiempo, las medidas económicas impactan más al individuo, como consecuencia de una falta de protección del Estado en materia de bienes. Además, ante una desregulación del mercado, las grandes corporaciones perpetúan su presencia; mientras que las nuevas empresas tienen que luchar en un terreno poco disparejo.

De esta manera, el proceso de globalización parece ser un proceso sin retorno y sin alternativa. Sin embargo, algunos gobiernos han optado por regresar a sus centros: al nacionalismo. Donde la protección de sus fronteras parece darles la seguridad y estabilidad que buscan.

Sin embargo, la salida de la globalización no es sólo la aplicación de un proceso inverso. De hecho, es la búsqueda de alternativas hacia un nuevo horizonte donde lo nacional y lo regional retomen un papel fundamental en el desarrollo económico.

Aunque el regreso parece sencillo, como el colocar muros y cerrar tratados internacionales, no lo es. El problema se vuelve complejo con el aumento de las migraciones en todo el globo. Esto como consecuencia de los diversos enfrentamientos entre formas de pensamiento o bien, cosmovisiones.

Desde que la revolución francesa triunfo en el siglo XVII, el reconocimiento del individuo por parte de la masa ha sido el centro de las modificaciones. Esto ha llevado a la aceptación de la diversidad, pero también a la complejización de las sociedades, pues la voz y el pensamiento de cada uno debe ser tomado en cuenta. Al menos desde la democracia como sistema de gobierno imperante.

El sujeto del siglo XXI tiene grandes retos, que parten de la equidad y van hacia la otredad. En medio se queda el recocimiento y la solidaridad, mientras que la tolerancia queda fuera de este camino. No es que deje de ser un principio importante, pero ya no es válido en las sociedades posmodernas.

Es necesario repensar los principios que gobiernan la cultura de cada país porque son los que, de manera básica, rigen las manera de pensar y el comportamiento de cada individuo. Para ello es necesario repensar los valores que permitan interactuar a la diversidad, es decir, buscar la manera en que la comunicación se vuelva bidireccional y constante. Donde el respeto, junto con la otredad, sean la guía que nos permita tratar de entender al otro.

La solución, entonces, parte de dos actores fundamentales: el Yo y el Otro. Entendiendo que comparten el mismo mundo, donde la diversidad es fuente de riqueza cultural que ha permitido la creación de un sin fin de productos culturales que han permitido el desarrollo del individuo y la sociedad.

Pero esto no será posible sin el compromiso. Aquel acto que debe ser carácter perpetuo y que en la actualidad parecer carecer de sentido y legitimidad. Éstas ideas no están aisladas, necesitan ser trabajadas en colectivo para la sociedad.


Touraine, Alan. (2000). “¿Podremos vivir juntos? Iguales y diferentes”. México: FCE 2da Edición. P.335


Imagen: https://prezi.com/jtvj4zr-q64r/diversidad-desigualdad/

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