Pensando en la muerte

Por Brandon Ramírez

 

Esta semana se cumple un año más de un acontecimiento significativo en mi vida, que es el fallecimiento de uno de mis abuelos. Hasta antes de esa perdida, nunca había vivido de cerca la muerte de alguien. De niño asistí a un par de funerales de familiares lejanos, que debo reconocer, con respeto, que no fueron una experiencia personalmente tan relevantes como ésta.

Yo tenía 17 años cuando ocurrió. Recuerdo que venía de regreso de la preparatoria a mi casa cuando recibí la llamada de una prima, quien me preguntó si tardaría mucho en llegar. Sin que me lo dijera, supe que esa llamada significaba que mi abuelo había fallecido, pues llevaba semanas en un estado muy delicado de salud. Iba sentado en el transporte, viendo por la ventana y experimentando por primera vez un vacío y tristeza que se repetirían con la perdida de una de mis abuelas (su esposa) y un tío en los años siguientes.

Tengo muy presente la primera vez que pensé seriamente en la muerte. Eran vacaciones de Semana Santa, yo tenía 8 años y estaba recostado en la cama de mis padres, viendo con mi tía una película sobre la pasión de Cristo, de esas que cada Semana Santa ocupan la mayoría de los canales de televisión. De repente muchas cosas no me quedaban tan claras, y le pregunté a mi tía –quién toda su vida ha sido una católica devota- sobre el origen de la vida. Sus respuestas apelaban a la voluntad divina, y para ser sincero, mi mente no acababa de comprenderlas del todo. Siempre me quedaba la duda de dónde provino todo en un principio, y si antes de eso no hubo nada ¿cómo es la nada?

Pensé desde entonces que la nada debe ser lo que precede a nuestra existencia (como personas), donde evidentemente al no existir, no podríamos sentir, y me dio muchísima ansiedad pensar que al morir “regresaría” a esa nada que representa el dejar de pensar y de sentir. Mi tía y mi abuela, con quienes compartí mucha de mi infancia, ambas firmes creyentes del catolicismo, me buscaban tranquilizar explicándome la idea del cielo y el paraíso, explicándome que no debía preocuparme porque después de aquí viene la vida eterna (otra idea que personalmente me parece igual de inquietante que la inexistencia).

En los años siguientes ellas mismas se encargaron de convencer a mis padres (quienes son creyentes pero no tan devotos) de que hiciera el catecismo como mis primos y hermano ya habían hecho. En efecto lo cursé y terminé, llevando a cabo la Primera Comunión. Sin embargo, a pesar de crecer y ser educado en un ambiente donde la religión estaba muy presente, nunca he logrado vivir esa parte espiritual en mi vida. Mi abuela y mi tía principalmente se encargaron de llevarme cada domingo a la Iglesia con ellas, sin que ello supusiera que eso cambiara.

Alrededor de los quince años, una amiga me invitó a sus reuniones en una iglesia con otro tipo de cristianismo, donde ella asistía semanalmente; otra parte de mi familia que son parte de los Testigos de Jehová, con bastante regularidad me invitan a distintos eventos y pláticas, a las cuales asisto, sin que ninguna de esas experiencias me haga sentir ese llamado a la religión que muchas personas sí tienen. Y sin que ninguna me haga sentir más tranquilo y aclare a mi mente con respecto a la muerte.

Al final y aunque aún soy joven, puedo decir que he pensado mucho sobre el tema de la muerte. Ninguna cosmovisión asociada a la religión de las que he conocido, ha logrado hacerme pensar distinto a cuando tenía ocho años: que al morir simplemente dejamos de sentir, exactamente igual que como antes de nacer. Reconozco la posibilidad de que esté equivocado.

Todo esto pasaba por mi mente mientras se llevaban a cabo las ceremonias religiosas en torno al entierro de mi abuelo. Cada integrante de mi familia vivía su duelo a su manera. Algunos rezaban y hacían los cánticos con sincera devoción, otros lloraban y se desahogaban sobre lo que no pudieron decirle o hacer por él antes. Yo personalmente lloré buscando consuelo en la idea de que ya no sufría como lo había hecho las semanas previas a su muerte.

Desde esa experiencia me di cuenta realmente que la muerte puede llegar cuando menos lo esperas y a cualquier edad, y trate de hablar con mi mamá sobre lo que quisiera que hicieran con mi cuerpo al morir –básicamente le entregué los papeles donde expreso mi voluntad para ser donante de órganos y le pedí que incineren mi cuerpo- a lo que siempre me decía que no pensara en eso y cambiaba el tema drásticamente.

Como a mi mamá, he notado que a muchos les cuesta trabajo hablar de la muerte, incluso algunos amigos de mi edad con quienes he hablado del tema. Sin embargo, es algo que puede llegar repentinamente, y es mejor dejar en claro lo que queremos como “última voluntad”. Sinceramente pienso que la muerte debería ser un tema que se hable entre las familias, y no un tabú. No en balde anualmente se impulsa el mes de septiembre como el mes del testamento, para que algunas personas consideren hablarlo y pensarlo, ya que las estadísticas demuestran que pocos lo hacen.

Sobre lo que pasa al morir, a pesar de que la apuesta de Pascal me parece sensata, yo aún no me decanto del todo por ella. Sigo abierto a la posibilidad de que un día encuentre esa parte de la vida espiritual y me haga cambiar de opción, y respeto sinceramente a todos quienes la tienen. Pero en lo personal, como en todos los temas referentes a lo que mi mente no puede comprender, me sigo declarando agnóstico.

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