Particularismo

Por Miguel Téllez

 

Quiero contarles a los lectores de un problema que asaltó mis creencias en estos días. Tal problema tiene que ver con filosofía del derecho¹. Antes de comenzar, daré un breve rodeo.

Como suele ocurrir con este tipo de temas, algunos pueden sorprendernos, si primero, los entendemos, y luego porque nos pueden inquietar los asuntos abstractos o meramente teóricos. Esto es relevante; hay personas que no tienen interés por cuestiones que sean ‘raras’, ya porque parezcan muy lejanas de lo que se vive día a día –sea lo que se viva-, o sea porque no tienen aplicación –según quien lo crea- en la vida. No defenderé las cuestiones abstractas, aunque es bastante sabido que son importantes. Lo único que quiero señalar con este rodeo es que haríamos bien en descubrir qué cuestiones nos importan, a lo mejor así podríamos lograr muchas cosas. Iniciaré hablando del asunto que tiene que ver con filosofía del derecho.

Sabemos que el Derecho estipula una serie de normas (en lo que sigue, usaré indistintamente ‘regla’ y ‘norma’, a pesar de que en cuestiones teóricas hay una diferencia, esto es sólo por comodidad) que regulan la conducta en sociedad, además de otras tareas. Así las cosas, entendemos que las normas son importantes: se postulan para que casos similares se resuelvan sin necesidad de tener que sopesar todo desde el principio. Esta característica de las normas, y pretensión de teorías éticas y también del derecho, de querer ser universales, es decir, de intentar ser aplicables en tanto que cualquier situación cumpla con determinadas circunstancias, sin importar lugar o tiempo, se le conoce como universalismo.

En la ética, el universalismo fue expuesto por Immanuel Kant, de quien ya he hablado en distintos artículos aquí en Jóvenes Construyendo. La idea es sencilla: una norma moral debe ser cumplida en cualquier situación, lugar y tiempo. En el caso del derecho, como dijimos, la norma se hace universal para resolver casos similares, así el juez sólo evalúa si tal escenario cumple con las condiciones y entonces dicta la sentencia atendiendo la estricta observancia de la norma, como dirían nuestros compañeros de derecho.

El particularismo es una teoría de filosofía del derecho que señala que el universalismo es falso. ¿Por qué es que algo tan intuitivo como el universalismo, y que además está implícito en muchas prácticas jurídicas, es falso? Bueno, sabemos que las normas tienen la pretensión de ser universales, sin embargo, en asuntos jurídicos, es sabido que muchos casos se escapan de las condiciones de la norma. Por ejemplo, recordemos aquel famoso problema de un nieto que asesina a su abuelo para adelantar la herencia que éste le iba a dejar. Este caso fue real. Lo único que establecía la norma jurídica era que el testamento debía ser realizado por voluntad, con firmas de testigos que no estuvieran drogados ni amenazados, etc. Por tanto, cuando el nieto asesinó a su abuelo para asegurar la herencia, antes de que su pariente cambiara de opinión o algún suceso similar, parece que su acción no viola la norma –pues el testamento tenía las firmas, fue escrito por voluntad, etc. La pregunta que se hicieron en aquel juicio fue ¿el nieto debe heredar? Esto es un caso de que la universalidad de las normas no siempre funciona.

Ahora bien, lo que quiere decirnos el particularismo es que si acaso conocemos soluciones a los asuntos donde intervienen las normas jurídicas, será ex post facto y no ex ante. Esto es otro ataque al universalismo y también a nuestras intuiciones. Nosotros establecemos reglas con el fin de resolver alguna controversia ex ante, es decir, antes de que pase el suceso: nos anticipamos –o estamos anticipando- a la respuesta o resolución de cierto escenario. Nosotros le decimos a un grupo de niños: “No corran en las escaleras al bajar al patio o serán sancionados”. Así, sabemos que si un niño de ese grupo se echa a correr, entonces será sancionado. Sin embargo, imaginemos que un niño baja corriendo las escaleras, pero lo hizo porque debía ir inmediatamente al baño para evitar un accidente. ¿Debemos sancionar al niño? Parece que no. Así las cosas, nuestra regla no resolvió el asunto ex ante, pues parece que hay razones que son relevantes y no están contempladas en la norma. Lo que ocurrió es que conocimos la resolución al asunto ex post facto, pues –en el mejor de los casos-, parece tomamos en cuenta razones que ese caso concreto nos presenta.

Dicho lo anterior, parece que nuestras normas no sirven, pues no cumplen con su pretendida universalidad. Una intuición al respecto es que podemos decir: “Bueno, es cierto que en algunos casos sabremos respuestas ex post facto. Pero, ¿estamos de acuerdo que esos casos son pocos?” Un particularista sin duda aceptaría la crítica, pues es genuina y bastante intuitiva, sin embargo, podría decirnos algo como: “Mi postura no dicta que esos casos sean pocos o muchos, sino que pone en duda el status resolutivo de las normas jurídicas, es decir, parece que hemos entendido mal las normas por mucho tiempo. Si esto es así, entonces, tu intuición que es de corte universalista, también está errada.” Vemos, pues, que la postura del particularismo también es intuitiva: parece que de hecho debemos tomar en serio los casos que se nos presentan, y no ser considerados sólo como meras instancias de una regla. La consecuencia última de un particularismo es que no hay principios, ni jurídicos ni morales². Si este es el caso, ¿qué hemos estado haciendo en ética y derecho? ¿Cómo podemos rebatirle al particularismo o modificar su tesis de ‘no hay principios’? En esto consiste el asalto que dije en la primera línea del texto.


¹ Respecto al problema, sugiero al lector consultar: Luque, Pau, Particularismo; ensayos de filosofía del derecho y filosofía moral, Marcial Pons, Madrid, 2015.

² El principal defensor del particularismo es Jonathan Dancy y una de sus consecuencias es que no hay principios morales. El sugerir que no hay principios jurídicos lo sugiero yo.


Imagen: http://www.renegadetribune.com/spirit-free-enterprise-beckons/

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