Para qué ensayar

Por Mónica Vargas

El mundo está lleno de dualidades, de voces y aristas distintas para interpretar y contar las cosas: las aventuras, la ciencia, el arte, la historia, la modernidad, la economía; algo así pasa con el ensayo, uno de los géneros literarios más utilizados y al mismo tiempo uno de los más incomprendidos.

Tenemos cada vez más cerca de nosotros a los grandes escritores de la historia, esto a través de su mejor atributo: su obra literaria. Leer desde los emblemáticos ensayos de Montaigne hasta los profundos y reflexivos de Alfonso Reyes, Octavio Paz, Juan Villoro o Alberto Ruy Sánchez, nos da pauta de la brecha tan grande existente entre ellos, y pese a ello han sabido manejar desde distintos espacios y temporalidades con opiniones válidas y sustentadas. Esa es la magia del ensayo: utilizar nuestra propia cosmogonía para crear algo nuevo, para concebir una idea y nutrirla con argumentos, abonarla cada día en la mente hasta que sea lo suficientemente fuerte para plasmarla con tinta eterna sobre el papel y dejarla como una nueva posibilidad a los potenciales lectores de ellos.

Cada día son escritos cientos de ensayos en todo el mundo con el fin de analizar determinados fenómenos. Los hay en revistas especializadas, en los diarios de todo el mundo, en las ponencias coloquiales, en los concursos de oratoria, en fin. Como jóvenes, quizá el más utilizado es el ensayo académico, el cual probablemente sea por su nombre uno de los más temidos en el salón de clases, pues nos vendieron la idea de que su único fin es cuantitativo y que entre más ideas de pensadores ilustrados contenga mediante citas será mejor. La argumentación en este sentido se ha convertido en un término inverosímil en el mundo de las ideas rápidas y las letras digitales, pero como en cualquier área, es la materia prima del buen discurso.

Del otro lado del ensayo académico, como en una moneda de dos caras, se encuentra el ensayo literario, aquel dotado de la misma materia prima pero con un poco más de cuidado estético, de pensamiento figurado, figuras retóricas… aquel con un poco más de espíritu.

La vida de un ensayista literario no versa entre arriesgar mucho o poco, sino en la convicción de las nuevas creaciones; su trabajo está en el arte de llegar a lo más profundo sin haber agotado las posibilidades, de reinventar el pensamiento, de invitar al lector al recorrido de ideas, de sumergirlo en opiniones y esperar a que salga a la superficie con una nueva visión de la realidad. Pues así como hay obras de arte que dejan apenas un rasguño en la conciencia, hay otras que dejan una marca imborrable en la memoria, en la historia y en el mundo social como consecuencia.

El ensayo no solo sirve para argumentar a favor o en contra de una determinada idea, ensayar sirve para vivir y cuestionar los porqués de cada día. Como su nombre lo dice, es el ensayo de una coreografía a la que llamamos filosofía. Es el preámbulo de una novedad, el presagio de la vida. Ensayar es un ejercicio que se convierte en cotidiano, en común, en la habilidad para opinar y responder; pues bien dicho está que la elocuencia es la pintura del pensamiento y qué mejor que hacerlo a través de la palabra: la única condición humana con la que en realidad contamos.

Más que opinar, en esta ocasión quiero hacer una libre invitación en primer lugar a perderle el miedo a las palabras, a plasmar las ideas con tinta, a ejercitar la memoria y el juicio para entonces crear el ensayo; que además representa el reflejo del alma y permite una liberación interna digna de un mantra o un diario personal (quién dice que Ana Frank no ensayaba). Quiero hacer la invitación para todos aquellos que aún no han ensayado: hagan de la palabra su mejor arma, su atributo más profundo, su escape al vacío para entonces llegar a donde nunca se imaginaron; ensayen la vida.


Imagen: https://www.paraque-sirve.com/para-que-sirve-un-ensayo/

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