Otro fin

Por Miguel Téllez

Parece que ser jóvenes es un adjetivo más para colgarnos flores que se marchitan muy rápido. Esa sentencia parece muy negativa, pero no lo es. Esas flores todos las presumen con orgullo y así justifican sus acciones. Ignoro si sea correcto o no hacerlo, sólo señalo que son ornamentos no sólo propensos a marchitarse, sino que, de hecho, se marchitan. Y de eso hablaré, de la famosa ‘juventud’.

Hace años se hizo hincapié en que la juventud es el futuro del país, de la sociedad, etc. Eso es una obviedad, ¿cómo podría ser una persona en sus últimos días de vida ser el futuro de algo que se espera prospere? Regularmente se dice aquella idea en contextos a largo plazo. Y quién sabe qué tan largo es ese plazo.

Mencionado lo anterior, vemos que cuando se dice que la juventud es el futuro, no se dice nada interesante. Sin embargo, dos preguntas importantes son: ¿Por qué los jóvenes representan el futuro? Y la segunda: ¿Cómo pueden los jóvenes hacer algo por el futuro? Respondamos la primera cuestión.

Los adultos podrían marcar el futuro de las cosas. Eso es lo que sugiere nuestra primera interrogante. Ahora bien, por comodidad, digamos que ser joven termina a los 40. Insisto, sólo por poner un número y por comodidad. ¿Qué nos hace dudar de la experiencia de los adultos? Sin duda han vivido más que los jóvenes. Si dar soluciones o poner propuestas en la mesa requiere de experiencia, los adultos llevan razón. Se acusa a los jóvenes de inexperiencia y además, de poca seguridad. ¿Cuántas veces no hemos escuchado al joven que dice que aún no sabe lo que quiere? Lo ven, los adultos llevan razón. Incluso los griegos hacían esto -apelar a la edad adulta-, sin embargo ellos no fijaban una edad, sino que atendían al tamaño de los miembros genitales de los hombres -la barba o algún rasgo de este tipo-. Pero creer en cosas así es ser necios y caer en lo que el filósofo y economista Amartya Sen llama “ilusión objetiva”.

Del hecho de que en algún lugar las mujeres no puedan ser doctores porque así lo dicta su pueblo, no se sigue que eso sea lo correcto y que siempre deba ser así. Si nosotros viviéramos en ese pueblo, la mayoría diríamos que las mujeres no pueden dedicarse a la medicina. Les diríamos a los que nos interrogaran: sólo mira el pueblo, ¿ves alguna mujer doctor? Decimos un juicio a partir de nuestro lugar en el mundo. Es una ilusión. Además, creemos que así es el mundo: se trata de una ilusión objetiva. Lo mismo con la intervención de jóvenes. Del hecho que los adultos puedan hacer algo respecto al futuro, no se sigue que sólo ellos deban hacerlo, también los jóvenes pueden aportar. Sabemos de muchos casos en donde la juventud aporta nuevas ideas: arte, educación, tecnología, ciencia, etc. Así que, aquello que llamamos futuro, compete a muchos, no sólo a los adultos. Tampoco sólo a los jóvenes.

Nuestra segunda cuestión es más compleja. Líneas arriba dije que la juventud es un ornamento que se marchita. ¿Cómo algo que se marchita puede hacer algo por el futuro? Estoy convencido que el leve encuadre que he hecho de la juventud a muchos no les gustaría ni estarían de acuerdo. No hay que olvidar que mencioné que esa tesis no es negativa como parece. Lo explico.

Por comodidad afirmamos que somos los mismos de hace 3 años. Es decir, seguimos siendo la misma persona. Sin embargo, una breve reflexión nos orilla a dudar y señalar que hemos cambiado. A este tipo de cambios es a lo que me refiero con la idea de marchitarse. Cualquier tipo de cambio, sea adecuado no, implica que algo deje de ser. Por seguir con la imagen de flores, igual ellas dejan de ser: se marchitan. Así que sólo me interesa la idea del cambio.

Erigir la estatua del joven como símbolo del futuro es lo que todos hacen. Lo que no hacen es aclararnos sobre qué capacidades o requerimientos se alza esa estatua. Es fácil aplicarle un examen a quien sea, pero no lo es averiguar la manera en que esa persona puede prepararse mejor. Lo mismo con la juventud, podemos colgarle grandes títulos de protagonista, pero olvidamos mencionar las aptitudes que necesita. Decir que podemos cambiar el mundo -como jóvenes- es ser ingenuos y no entender que no se trata de decir lo que cualquiera puede decir, hay que ser más serios -y no por ello amargados- y aceptar que es un camino difícil, que nos marchitamos.

Estamos a días de que otro fin llegue, un fin de año. Todo es fiesta para algunos, para otros trabajo, para otros hambre, desilusión, manos cansadas, mentes cansadas, ojos irritados, corazones agitados. Alzar la llama de la ilusión es agradable a la vista, pero tampoco hay que caer en la ilusión objetiva: podemos estar equivocados. Como jóvenes nos toca saber que sí dependen de nosotros cosas de lo que acontece, no hay duda, y que cómo lograrlo es el reto. El filósofo alemán Thomas Pogge -director de Global Justice Program- en una entrevista, al ser interrogado respecto a cómo podemos ayudar frente a la pobreza, dice -parafraseo-: “cada quien debe mirar sus capacidades y saber cómo puede hacerlo”. Pienso que lo mismo es con nosotros como jóvenes y nuestro compromiso con el porvenir.

Saber que estamos en continuo cambio -en continua marchitación, según la imagen dicha- es cuestionarnos de la manera más interesante. Ya sé que no trata de un “¿Qué estás haciendo?”, sino de un: ¿Qué estás dispuesto a hacer?

Estar dispuestos tampoco es cuestión de ganas. Nuestro contexto influye demasiado, por eso aquel ganador al Nobel de Economía de 1998 -Amartya Sen- atendió a las capacidades en su “Idea de la Justicia”. Por tanto, no hay que colgarnos más que un título de apoyo importante -como lo son los demás- como jóvenes. Debemos dejarnos de las insinuaciones ingenuas y demostrar que tenemos argumentos sólidos, precisos y hasta tajantes -no por eso no razonables-. Otro año comenzará y debemos estar ahí.

 

 


Imagen de: http://www.pirotecniaespectacular.com.mx/

Comentarios

Comentarios