Oda al silencio escrito

 

“Al silencio”
 
Oh voz, única voz: todo el hueco del mar,
todo el hueco del mar no bastaría,
todo el hueco del cielo,
toda la cavidad de la hermosura
no bastaría para contenerte,
y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera
oh majestad, tú nunca,
tú nunca cesarías de estar en todas partes,
porque te sobra el tiempo y el ser, única voz,
porque estás y no estás, y casi eres mi Dios,
y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro.
 
Gonzalo Rojas.

 

Por Fernando Cruz Quintana (@fer_cquintana)

Cualquier escritor en activo sabe que no existe mayor y más vergonzosa condena que sufrir la imposibilidad de llenar de expresión la hoja en blanco. ¿Qué pasa —o qué deja de pasar— en la vida de un hombre dedicado a las letras, que a veces la redacción se imposibilita parcial o permanentemente? ¿Por qué no de igual manera se deja de hablar? ¿Es elección consciente el abandono del mote de autor? ¿Es producto de un mal endémico? Estas y otras cuestiones ligadas al abandono de la escritura son de tema Bartleby y compañía, novela anticonvencional del escritor español Enrique Vila-Matas.

Tomando prestado el nombre Bartleby de un relato de Herman Melville, Vila-Matas rastrea a distintos escritores de todo el orbe, quienes, como el personaje de Melville, sienten una profunda atracción por la nada, manifestada, en el caso de los literatos, en la clausura de su escritura. Perpetuamente inmovilizados en la procrastinación, estos ya-no-escritores deben el agotamiento de su redacción a distintas causas, sin que exista una unidad en los por qués y sólo se generalicen por el cese de su expresión literatura.

Bartleby y compañía es una novela atípica puesto que omite cualquier estructura formal y la más básica jerarquización de los personajes en “Protagonistas” “Secundarios”, e “Incidentales”. El libro narra sin una línea narrativa: ofrece un conjunto de notas al pie de página emancipadas que han trascendido su lugar —de hasta abajo— para constituirse como el contenido principal de la obra. En todos estos apuntes se arrojan anécdotas de por qué distintos escritores  de pronto ven extinguidas sus palabras escritas.

Cada uno de los Bartleby expuestos aparenta ser víctima incurable de indiferencia; sin embargo, como mencioné, las razones para abandonar su impulso creador libresco es distinto. Por ejemplo, Juan Rulfo justifica —en la novela de Vila-Matas— su propia desaparición editorial con la muerte de su fuente de creatividad:

¿Qué por qué no escribo? […] Pues porque se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias.

Semejante al silencio escrito de Rulfo, pero más prolongado que el de él, el de Rimbaud comenzó a los 19 años y nunca terminó; curioso que ante tan grande mudez, se piense en él como un autor y no un no-escritor. Lección aprendida: basta una o dos grandes obras para trascender en la eternidad como literato.

Ausente en la novela por haber decidido terminar con su escritura posteriormente a la publicación de Bartleby y compañía, la auto omisión de Javier Sicilia es un acto de protesta ante la impunidad y la tristeza por el asesinato de su hijo, como si este hecho hubiera bloqueado, atragantado y anulado cualquier poesía que valiera la pena ser dicha. Tomando prestado el famoso oxímoron de César Vallejo, admírese a Sicilia: ¡hermoso estruendo mudo, Javier!

El rastreo de los Bartleby no discrimina géneros literarios, lenguas, ni nacionalidades: poetas, narradores y ensayistas en inglés, francés, español u otro idioma, y de todas las partes del mundo, son evidenciados por Vila-Matas. Lo anterior confirma la fuerza de este mal literario.

Víctimas incurables de la indiferencia, infectados de la carencia de originalidad, suicidas de la expresión, los Bartleby son escritores anulados de los que nos recuerda Enrique Vila-Matas en una de las novelas más originales de la literatura contemporánea. ¿Acaso Vila-Matas temerá convertirse en un enfermo más y buscará la cura ante el inevitable silencio que habrá de cubrirlo todo hacia el final de los tiempos?

 

 

 

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