Nuestro cerebro y nuestro comportamiento

Por Miguel Téllez

Es muy reciente el área de estudios conocida como “neuroética”. Hay quienes señalan que la neuroética se deriva de la bioética, otros más comentan que la primera es independiente de la segunda. No nos vamos a inmiscuir en esas cuestiones en este escrito, sino que veremos -grosso modo- de qué se trata la neuroética y por qué debería de importarnos.

Hay dos maneras de entender el estudio de la neuroética: 1) como un estudio ético acerca de las prácticas neurocientíficas y 2) como un estudio interdisciplinar que intenta llenar de contenido una teoría ética. Primero explicaré 1 y luego 2.

Es indudable que toda práctica científica requiere de experimentos. Así, la química tiene sus experimentos para comprobar sus hipótesis y además, si es el caso, para verificar algún producto que sus investigaciones arrojen. En las neurociencias ocurre similar: hay personas que se someten -por poner un ejemplo- a lecturas de neuroimagen, con el fin de encontrar zonas cerebrales ante determinados escenarios. Y también, una vez que los neurocientíficos descubren mejoras que puedan hacerse a los cerebros de las personas, entonces recurren a pedir voluntarios o quizás ofrecer una paga para probar el producto. La neuroética -entendiéndola como la describí en 1-, se pregunta entonces, si es moralmente correcto hacerle mejoras cerebrales a las personas. Supongamos que se responda que es moralmente correcto mejorar cerebralmente a las personas, entonces el neuroético se tendría que preguntar si acaso eso no aumentaría la desigualdad en el mundo. Por tanto, neuroética en el sentido 1, equivale a preguntarse a qué cosas son moralmente correctas o permitidas en la práctica neurocientífica.

La neuroética, según descrita en 2, se pregunta algo así como: ¿es posible que de ciertas bases cerebrales podamos fundar una teoría ética? Sabemos que los filósofos morales son los encargados de contarnos acerca de teorías éticas: nos dicen qué acciones son correctas, por qué es que lo son, cuál es el fin de la moralidad, etc. Lo que el neurocientífico viene a decirnos -de nuevo, según neuroética en nuestro caso 2- es que toda teoría filosófica ética es incorrecta: ya tenemos ciertos conocimientos respecto a nuestra conducta que puede ser evaluada y conocida según algunos patrones de nuestro cerebro, así podemos saber qué acciones son correctas o incorrectas. Lo anterior es una manera de proceder del neurocientífico, sin embargo, nosotros dijimos que es una materia interdisciplinar, por lo que no todos los neurocientíficos proceden de esa manera en la neuroética: aceptan la colaboración de filósofos y es asunto -de ambas o más conocimientos según sus áreas de especialidad- de los dos poder saber si puede crearse una teoría ética con bases cerebrales.

Ambas maneras de estudiar neuroética son importantes. La neuroética entendida en el sentido 1 es muy poca conocida hoy día, lo cual debería parecernos alarmante. Quizás el lector crea que no hay buenas razones para alarmarnos, sólo daré dos ejemplos para señalar por qué parece que sí debe interesarnos lo que hace la neurociencia -y luego vendrá nuestro sentimiento de alarma-. La cuestión acerca de aprender más idiomas, tener mejoras en el razonamiento matemático o hacer que nuestra memoria sea mejor -como la precisión de una computadora- hoy día es casi un hecho. Esto implica que tú que has aprendido un idioma en 1 año -o supongamos que medio año- en el mejor de los casos, tu esfuerzo no tiene sentido ya frente a un chip que te hace hablar el idioma deseado. Ya no pensemos en el caso de las personas que por cuestiones de bienes primarios no pueden aprender un idioma. Cabe señalar que ese chip no sería donado por mero altruismo: tendrá un costo. ¿Más desigualdad? Debemos estar cegados para decir que no habrá desigualdad.

Nos damos cuenta de que no somos capaces de realizar ciertas tareas porque: a) nos distraemos con facilidad o b) de plano sentimos que no estamos hechos para esas tareas. Es un hecho -también- que bajo ciertos impulsos -quizás eléctricos o al menos señalemos esos por decir algo- en determinadas zonas del cerebro podemos superar esas incapacidades. Estos experimentos se han pensado en asuntos para soldados. ¿Manipulación? Un entrenamiento militar es de por sí demandante y suele parecernos muy poco amigable -tan sólo los policías parecen recurrir siempre a la intimidación para que sigas órdenes, ahora piensen en un soldado-, ahora recurrir todavía a más mejoras cerebrales con impulsos, suena muy complejo.

¿Debemos preocuparnos por los descubrimientos de la neuroética? Parece que sí -y no un sentido de temor-, sin duda estos avances afectan a toda la gente: pueden generar más desigualdades o más crueldades. Ahora bien, del hecho de que esas consecuencias sean posibles, no se sigue que la neurociencia sea un estudio para manipular cerebros: muchos avances en esa área intentan hallar soluciones a enfermedades mentales, descubrir su origen y averiguar cómo pueden prevenirse -además de curarse, claro-.

La pregunta que queda para el lector es: ¿somos nuestro cerebro? Las implicaciones que tiene esa duda -así como otras cuestiones que genera la neuroética- determinan nuestra vida -y no es exageración: sólo piensa que si eres tu cerebro entonces con una neuroimagen pueden averiguar a qué conductas tiendes más y a cuáles no-.


Imagen https://gdblogs.shu.ac.uk/b2023393/2014/11/11further-visualisation-development

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