Nuestras palabras

Por Miguel Téllez

 

Apreciamos cuando una persona es clara y concreta con lo que quiere decir. No es cosa sencilla la precisión: hay momentos donde queremos expresar un campo bastante amplio repleto de conceptos, definiciones y la relación entre esas cosas, pero no sabemos cómo hacerlo de manera fácil para quién nos escucha o nos lee. Sin embargo, lograrlo es lo menos que podemos hacer cuando hablamos o escribimos.

La claridad y la brevedad son un asunto, y no profundizaré en ello. Hay otra cosa que me interesa y que por eso este escrito, se titula de tal manera: nuestras palabras.

Supongamos que ya sabemos qué queremos decir y que entendemos que la mejor manera de expresarnos es mediante argumentos: premisas y conclusión. Hay que tener en cuenta un factor que en cualquier discusión seria es quizás el de mayor importancia: las palabras. A menudo leemos que los jóvenes -y otras personas- hacen referencia a “libertad”; “felicidad”; “educación”; “conocimiento”; “cultura”; “política”; “democracia”; “igualdad”; entre otras ideas. La mayoría de quienes hacen esto, sea una discusión o en algún otro sitio, deben entender que las palabras pesan.

Es lamentable que algún joven -o quien sea- piense que la libertad es poder hacer lo que uno quiera. Quizás es aún más triste que agreguen la frase de cereal que reza: “tu libertad termina donde empieza la del otro”. No estoy en contra de las frases de cereal, todos coreamos canciones en donde hay muchos ejemplos de esas frases, así que negarles su importancia no es lo que quiero. Empero, cuando se trata de escribir en un sitio serio o de una discusión seria, hay que recordar el peso de las palabras, que viene de la carga teórica. Un lego puede decir que la libertad de alguien termina donde empieza la de alguien más, una persona cuidadosa, en cambio, entiende que hay dos tipos de libertades: negativa y positiva. Señala -el cuidadoso- a qué libertad se refiere y continúa con su discurso. El lego no tiene ese cuidado, ni con “libertad” ni con cualquier palabra.

Quizás este asunto parezca mera pedantería. No lo es. Muchas de las discusiones que hemos tenido en la vida se pudieron haber definido en menos de 5 minutos si hubiésemos sido claros y cuidadosos al hablar. Expresar la referencia de lo que decimos es de lo más gratificante al hablar con alguien. Claro, nuestro interlocutor también debe hacer un esfuerzo para comprender lo que queremos señalar y no ser sólo meramente pasivo, como respondiendo sólo lo que se le venga a la cabeza cuando es afectado -como un receptor- por nuestras palabras.

Es muy probable que haya personas que ignoren la carga teórica de las palabras que usan, v.g., cuando alguien dice “trascendental” o “paradigma”. Respecto a esto, hay que atender al contexto de lo que alguien nos está diciendo. Es muy probable que si alguien nos cuenta algo que apenas le sucedió y se siente confundido por ese hecho y menciona algo como “trascendental” se refiera a un acontecimiento relevante y no a un término kantiano. Así que, una crítica del tipo -frente a lo que estoy señalando-: “entonces debemos explicar todo lo que decimos”, no tiene cabida. No hay que ser ingenuos.

Quizás el lector se pregunte por qué alguien escribiría respecto al cuidado de lo que decimos. Creo que todos quisiéramos ser lo suficientemente claros cuando señalamos algo. Así que, una causa de estas líneas tiene que ver con ese anhelo. Pero no hay motivos suficientes para engañar al lector: el propósito surge de una molestia. Como lectores que somos y personas emocionadas por conocer lo que grandes intelectuales han dicho, resulta sorpresivo que cualquiera pueda escribir y plasmar las frases del cereal. Que cualquiera pueda recurrir a una estadística y, dado un fenómeno, quiera encontrar causas en una correlación, es algo ingenuo. Correlato no es causalidad. Pongo un ejemplo: en una ocasión alguien en algún lugar dijo que cuando aumentaban las ventas de helado también incrementaban los homicidios. Y en efecto, estadísticamente se veían las líneas de aumentos de ambos sucesos. Sin embargo, ninguna implica la otra -salvo que el helado fuera traficado o alguna cosa que, sensatamente, no tiene sentido-.

Parece que quien escribe tiene más responsabilidad que sólo cumplir con una cuota de líneas y de textos en determinado tiempo. La gente no tiene por qué enterarse del lloriqueo a media semana -que se repite cada semana- del joven que no tiene ganas de ir a la escuela, de que el transporte se tardó en pasar y cosas de este estilo. No estoy haciendo a un lado la importancia que esos hechos tengan en una vida, seguro que esos sucesos dan suficiente para que alguien escriba algo o para justificar alguna cosa. De eso no se sigue que alguien los use como principio puente -muy al estilo nomológico deductivo- para explicarle algo al lector.

Es probable que muchos difieran con lo que expongo. Dejo al margen distintos usos retóricos y sólo señalo lo básico como el uso del argumento y la referencia de lo que decimos. A pesar de ello, nuestra responsabilidad -sea para quienes escriben o no- de plasmar lo concreto, queda. Cabe señalar, además, que lo mencionado es un estilo de proceder para lograr la ya anunciada y anhelada claridad. Seguro habrá otros estilos, y será tarea de nosotros lectores si a pesar de sus múltiples usos retóricos no sólo juegan con las palabras.

 

 


Imagen de: http://resolviendolaincognita.blogspot.com.es/2014/09/la-familia-que-no-podia-decir-hipopotamo.html 

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