Nuestra riqueza invisible

Por Sebastián Block Munguía

 

En diciembre del año pasado la revista Nature publicó un reporte sobre el estado actual de la vida en la tierra. El mensaje es claro: hemos desatado una ola de extinción masiva. Especies de todos los reinos de la vida están desapareciendo mucho más rápido de lo que deberían. Lo más triste es que ni siquiera conocemos bien la diversidad de la vida que estamos destruyendo: no conocemos todas sus maravillas, estrategias ingeniosas y adaptaciones. No entendemos bien de qué manera nuestro bienestar depende de la diversidad de la vida, ni todos los beneficios que podemos obtener de ella. Por ejemplo, no hemos descubierto todas las medicinas, enzimas y demás substancias útiles que podemos obtener de las millones de especies con las que compartimos este mundo. Y sin embargo, entre 10 y 690 especies se pierden cada semana. Para siempre.

El reporte de Nature muestra cuántas especies de distintos grupos de animales están en peligro y cuántos ya se extinguieron. También presenta con gráficas muy claras cómo los científicos sólo han descrito una fracción pequeña de la diversidad estimada de animales y de hongos. Lo que brilla por su ausencia en el reporte son las bacterias.

Una razón por la que no se habla mucho de la pérdida de especies de bacteria es que es difícil incluso saber qué es una especie de bacteria. Pero la verdadera razón por la que se desconoce tanto de la diversidad bacteriana es que sólo se puede estudiar a fondo a las bacterias que podemos cultivar en el laboratorio. Y hasta hace poco, la gran mayoría de las bacterias eran incultivables. Sabíamos que estaban ahí porque podíamos verlas con microscopios o detectarlas mediante análisis genéticos. Pero a la hora de cultivarlas, nada. Ni siquiera con nuestros más deliciosos medios de cultivo llenos de nutrientes querían crecer. Algo les faltaba. Algo tenían las bacterias en su ambiente natural que les hacía falta en el laboratorio, y sin lo cual no podían crecer.

Fue entonces que a Slava Epstein y a su equipo de la universidad Northeastern de Boston se les ocurrió cultivar a las bacterias directamente en su medio natural. Para ello, crearon una cámara en donde de un lado pusieron el medio de cultivo con una bacteria y del otro pusieron una muestra del suelo que es el ambiente natural de la bacteria. La única separación es una membrana que permite que se difundan todos nutrientes y sustancias químicas necesarias para el crecimiento de la bacteria, pero no que no deja que la bacteria abandone el medio de cultivo. Algunos años después, el equipo perfeccionó el sistema y lo instauró en un pequeño chip de aislamiento llamado ichip. Así, finalmente pudieron cultivar lo incultivable.

La puerta abierta por el ichip guarda un potencial extraordinario. No sólo aprenderemos mucho más sobre la biología y diversidad de las bacterias, sino también sobre los beneficios que podemos obtener de ellas. Las bacterias han estado en este mundo miles de millones de años más que cualquier otro organismo. Su diversidad química y metabólica es incomparable. Si en algún lugar hay potencial para encontrar nuevas substancias químicas útiles, herramientas biotecnológicas, medicamentos y antibióticos, es entre las bacterias.

En particular, nos urge encontrar nuevas fuentes de antibióticos. Desde que empezamos a usar antibióticos para combatir a las bacterias patógenas, hemos librado una batalla constante contra la evolución. Las bacterias se han vuelto resistentes a cada antibiótico que hemos inventado. Al principio hubo un boom durante el que nuevos antibióticos se producían frecuentemente, pero cada vez se vuelve más difícil producir nuevos. Estamos perdiendo la batalla.

Afortunadamente, el ichip ofrece un rayo de esperanza. El conocimiento de la diversidad bacteriana que hasta ahora nos era inaccesible promete ser la fuente de muchas nuevas armas en nuestra lucha contra las infecciones. De hecho, el ichip ya le permitió a Kim Lewis y su equipo encontrar un nuevo antibiótico llamado teixobactina, al que parece ser muy difícil desarrollar resistencia. Es un antibiótico resistente a la resistencia.

El ichip revolucionará nuestro conocimiento de la biodiversidad microbiana y de los beneficios que podemos obtener de ella. Ojalá esto nos ayude a apreciar más la riqueza de la vida, incluso en sus formas más pequeñas, algo urgente en nuestro tiempo de extinción.

Para saber más sobre el problema de la resistencia a los antibióticos:

Entrevista con el premio Nobel de química, Venki Ramakrishnan

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