¿#NoTeMetasConMisHijos?

Por Aarón Rojas

 

El fin de semana pasado, fuimos testigos de dos marchas que perseguían metas diferentes, por caminos claramente contrarios, dándose cita, en una de las avenidas más importantes de la capital mexicana.

Por un lado, vestidos de blanco en alusión a la pureza y transparencia, se encontraban aquellos que se han aglomerado en un frente que llama a defender la familia, en la concepción católica de la palabra, con todo lo que ello conlleva, en pensamiento y obra.

El otro, con vestimentas diversas, busca la legitimación de un derecho al que se debe tener acceso por la simple razón de ser humano, la formación de una familia, el derecho a criar y educar hijos.

Ambos bandos se han confrontado crudamente en las últimas décadas, logrando entrar a los rincones más recónditos del pensar mexicano, esto ha ocasionado enfrentamientos de muy diversa índole, desde debates acalorados por élites políticas, hasta agresiones directas a promotores de ambas ideologías. Todo ello a causa de defender un punto de vista que se cree adecuado, pero olvidando que en México, falta mucho para lograr un dialogo civilizado entre ideologías diversas.

Lo que pasa aquí es que en la sociedad mexicana se nos ha educado en un ambiente de suma intolerancia, incluso aquellos que hemos logrado superar los estándares del pensamiento colectivo, estamos permeados de esta cerrazón que no permite ver lo bueno y malo en el discurso propio y contrario. Creemos que se nos debe escuchar, sin derecho a permitir que el otro pueda expresarse; mucho menos intentar conciliar con quien, desde nuestro parecer, está equivocado.

¿Quién está equivocado?

Es evidente que cuando se plantean dos o más puntos de vista abismalmente diferentes, y luego estos empiezan a ganar simpatizantes, surge la duda sobre quiénes son los que están caminando por el sendero correcto y quienes intentan desviar el pensamiento hacia la pérdida de raciocinio común.

La respuesta a la pregunta clásica es, sin duda, más sencilla de lo que se podría creer, pues toda mentalidad es correcta y debe tener espacio en la colectividad, en tanto esta no afecte irremediablemente a sus contrarios.

Y ¿qué intento decir con esto? Pues rápidamente aclaro esta duda, recordando a los lectores, que no hay una forma de pensar correcta, tal vez existan modos más idóneos de resolver problemas, pero nunca habrá una fórmula que por sí misma pueda darnos un resultado unánime.

Esto no quiere decir que no existan prácticas reprobables en el ejercicio de la expresión libre, pues como ya le he mencionado, hay quienes en el ejercicio de expresarse, aprovechan para intentar imponer su ideología, aunque para lograrlo se obstaculice o impida la libertad de los demás.

¿Son los hijos los que en verdad importan?

Perderse es fácil para quienes no tiene claro cuál es el camino que deben seguir, en la búsqueda de sus ideales. Por ello hay quienes convierten causas legítimas y justas, en situaciones reprobables o en métodos poco doctrinarios, que desvirtualizan su lucha.

Podemos ver un ejemplo claro en la supuesta “lucha por la familia” que han emprendido los sectores más intolerantes (que no conservadores) de la sociedad mexicana, apelando pues, a la buena educación de los niños, en uno de los ámbitos más sagrados e inamovibles que existen, como lo es la familia.

Ya en otro artículo, mencioné la falta de sensatez de este aspecto, el utilizar a los más pequeños para fines personales. Pero se debe destacar cómo utilizan el discurso familiar, en el cual todos nos vemos identificados, manipulándolo para hacer creer que son los otros quienes están mal.

¿No tenemos todos derecho a una familia?, ¿A ser escuchados?, ¿A que se nos tome en cuenta de acuerdo lo que somos?

Es pues, este un llamado a la toma de conciencia y uso de la tolerancia, dos pilares con los que se forma una sociedad donde la civilización pueda reflejarse en el avance educativo que se ha formado.

No se pretende obligar a nadie a cambiar su forma de percibir el mundo, sólo se pide respeto para aquellos que piensan de modo diferente; y en este caso en particular, de respetar los derechos para las persona que han decidido desenvolverse es su sexualidad.

¿Es un problema de adopción?       

Esto es más bien un problema de falta de aceptación del otro, no tiene nada que ver si adoptan o no, o si se casan o no aquellos que pertenecen a la comunidad LGBTTTI. es otro el problema que se esconde.

Lo primero que debería afrontarse es la falta de tolerancia que impide una conversación sana con respecto a la forma de integrar a la sociedad a aquellos que salen de la modalidad social que se ha predeterminado.

Las leyes con respecto a este asunto, no serían necesarias si nosotros como sociedad fuéramos capaces de abrirnos a las diferentes formas de ejercer nuestra sexualidad, pues ello no representa en absoluto un cambio sustancial en el ser humano.

Yo no he visto que a un heterosexual se le juzgue con respecto al tipo de hombres o mujeres que le gustan, si son rubias o morenas; tampoco entonces deben existir prejuicios con respecto a la homosexualidad. Todos somos seres humanos y debemos aprender a vivir en comunidad, pero ante la falta de raciocinio, se han tenido que implementar leyes que nos obliguen a una “convivencia armoniosa”.

No esperemos a que se nos obligue a convivir, aprendamos a hacerlo con una base de respeto hacia el otro.


Imagen: http://liderweb.mx/wp-content/uploads/2016/09/Marcha-por-la-Familia.jpg

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