No nos olvidemos

Por Brandon Ramírez

Ya pasadas un par de semanas de las elecciones en Estados Unidos, y asimilando cada vez más su sorpresivo resultado, para muchos de nosotros, la presencia mediática del tema se ha ido diluyendo, naturalmente, y sólo es continuada en los espacios que habitualmente abordan el tema político, ya sea sitios web, programas televisivos, radiofónicos, publicaciones escritas, etcétera.

Las elecciones nacionales en mayor medida, y las internacionales de tanto impacto como el caso de las estadunidenses, atraen la atención de mucha gente que cotidianamente no se interesa por asuntos políticos, salvo que sean escándalos de gran magnitud y, aun así, sólo durante muy poco tiempo. Un supuesto elemental de las democracias es que haya una sociedad interesada en la política que exija la rendición de cuentas y premie y castigue a los buenos y malos representantes y gobernantes, así como una sociedad civil organizada que empuje temas necesarios para mejorar la calidad de la misma. Es cierto que esos son supuestos ideales, en algunos casos irrealizables, al menos en la magnitud que se esperaría, pero por lo menos en este último punto sin duda hemos avanzado en nuestro país, aunque en el otro, no necesariamente.

Hay un descontento general en el mundo occidental con su política; muy probablemente cada país piensa que tiene la peor clase política del mundo, y nuestro país no es la excepción. Parte de ese descontento podría entenderse justificado por la insatisfacción producto de la falta de resultados ¿para qué prestarle atención a la política si al final, hagan lo que hagan los gobernantes y representantes, no les pasa nada? Ese tipo de interrogantes nos hace pensar que todos son lo mismo, que ninguna de las opciones es distinta en esencia, y estigmatiza la propia profesión del político (y todo lo que conlleve esa palabra, como los partidos políticos) como mala en sí misma. Desde esa postura, ya ni siquiera se asume que algún candidato podría ser una buena opción ¿para qué involucrarse? De ahí que se haya puesto de moda en los últimos procesos electorales de nuestro país la contraposición candidato ciudadano vs político, que han tomado algunos partidos políticos y candidatos independientes.

Los partidos no están siendo el filtro que se supondría para concentrar proyectos claramente diferenciados unos de otros, y posicionar candidatos que, en tanto profesionales y conocedores de los entramados de la política, logren un buen desempeño; en cambio vemos partidos en su mayoría sin proyectos claros, y representantes y gobernadores que en algunos casos, como los señalados recientemente en Veracruz y Sonora, materializan y retroalimentan esa opinión negativa.

Lo cierto es que no hay muchos incentivos para que esto cambie a corto plazo. La mayoría de los actos de corrupción en los altos niveles de la política local y federal pueden ser secretos a voces, tolerados o vistos como el día a día y normalizados por nosotros. Si los poderes locales están dentro de la misma lógica, y no son un contrapeso, ni las oposiciones políticas, ese papel debería ser ocupado por la sociedad en general, los grupos organizados de la sociedad civil, y los medios de comunicación.

Bien es cierto que, aunque hay algunas investigaciones bien documentadas y cada vez más expuestas de este tipo de actos, aunque muchas no tengan consecuencias legales, lo normal debería no ser la tolerancia a la corrupción, sino su denuncia e investigación, y no sólo como pantomima del tipo: castigamos a alguien del partido A, a otro del partido B, y listo, estamos parejos. A este aumento de exposición e intolerancia a la corrupción, debe sumarse presión para que existan cambios reales, ya sea por la vía electoral, como ha sido el caso en algunos estados, y acompañando y no abandonando los distintos casos una vez son denunciados y pasan de moda.

Es cierto que todos tienen preocupaciones más importantes para el día a día que estar pendiente de todos los medios de comunicación, redes sociales o para participar en organizaciones de la sociedad civil que exijan que las cosas cambien, y que habrá muchas personas que no tengan acceso a los mismos. Totalmente lógico que haya a quienes más les preocupa superar su día a día y vean esos temas como alejados e irrelevantes, pero es el tipo de actitud que no incentiva las transformaciones, hay cosas muy sencillas para comenzar a interesarse más por la política. Quizá lo más elemental es el simpe hecho de ejercer el derecho de voto, ya que la participación nunca es lo suficientemente elevada, y garantiza que la capacidad de movilizar el voto de cada partido sea lo que defina los resultados, y no necesariamente un proyecto u otro. En última instancia es cierto que el no participar es una forma de participar, como el anular el voto. Pero no deja de parecerme un poco decepcionante cada año, por ejemplo, que las elecciones que ni siquiera tienen que ver con partidos políticos, sino con cosas como el presupuesto participativo en la Ciudad de México, no tenga una participación, en algunos casos, que supere los dos dígitos de personas, y los proyectos lleguen a ganar con 20 votos, siendo estas cosas que impactan de manera directa el día a día de las personas y sus localidades, y no quitan demasiado tiempo.

Cierto que en casi todo el mundo el establishment político (así como su impacto y relación con el económico) es señalado como generador de muchos males que aquejan las sociedades actuales, como lo es que el desinterés de las personas por involucrarse en la política más allá de en las elecciones (y a veces ni entonces), no presiona ni exige que eso cambie, lo que es el escenario ideal, con el paso del tiempo y el almacenamiento del descontento, para que elecciones como las estadunidenses ocurran, donde lo determinante no sea un proyecto, sino las emociones y ese malestar.

También es cierto que las grandes movilizaciones que se dieron de manera simultánea con la llamada primavera árabe en varios países del mundo occidental (Islandia, España, Estados Unidos, etcétera), en última instancia no lograron muchas mejoras con el paso de los años, pero han servido para sacudir y llamar la atención de ese establishment y generado respuestas para atenderlas, aunque en algunos casos fueron obviadas o ignoradas. El problema es que esas sacudidas son más bien esporádicas y la excepción, más no lo normal.


Imagen: http://hau.media/wp-content/uploads/2015/08/pensar.jpg

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