No era mi intención escribirte

Por Guillermo Alvarado

Este mes se cumplen dos años de que te fuiste, sé que de nada sirve que te escriba, sé que de nada sirve que te extrañe.

Te encontré en la calle, afuera de un restaurante de comida rápida, entre latas dobladas de refresco de cola y servilletas usadas, allí brillabas débilmente, al principio, te confieso, sentí ganas de seguir mi camino, pero recapacité y me agaché a recogerte, eras un corazón diminuto, arrugado y sucio, desechado.

Te tomé entre mis manos y te limpié con la camisa, después te coloqué en el bolsillo izquierdo de mi sudadera y no me detuve a contemplarte hasta que llegué a casa. Fue extraño, no todos los días te encuentras un corazón palpitante por la calle, las manos humanas no están acostumbradas al tacto de un corazón por si solo sin su cuerpo, pero hice lo que pude, aún con los aplastantes vaivenes del metro o los enfrenados del micro, logramos llegar a casa, a salvo, un hombre joven y un corazón sin cuerpo.

Nunca me interesó demasiado conocer tu pasado, de donde venías o si eras el corazón de un hombre o de una mujer, asumí que eras de alguna mujer joven, imaginaba que tu novio de la infancia te había citado en tal lugar y que pensabas que entrarían a comer y a charlar y pasar la tarde juntos como era su  rutina, pero tu novio tenía otra idea en mente y en esa idea sobrabas tú, antes de siquiera acercarse a la hora de la comida y decidir donde parar a comer, él te detuvo y soltó aquellas palabras: tenemos que hablar.  Por supuesto que de inmediato lo supiste. Después no hubo mucho que decir, cuando lo viste alejarse sentiste de pronto que tu corazón de un salto salió a seguirlo, tu cuerpo desintonizado se perdió entre tanta gente y tu corazón al no alcanzar a tu novio ni recuperar su propio cuerpo pronto perdió esperanzas y se quedó a la orilla de alguna calle, con el tiempo se fue marchitando junto a botes de basura, esperando que alguna escoba lo recogiera y lo depositara en donde quiera que los corazones sin cuerpo van a parar.

Esa historia me la imaginé desde la primera noche que pasaste conmigo, ¿recuerdas como fue aquella noche? Yo sí, llegando a casa te limpié con agua tibia esperando sacar todas las manchas y siendo cuidadoso con los raspones, te deposité en mi buró, quité el reloj y te acomodé en un cojín y una toalla, en cuanto el departamento se tranquilizó y todos en el edificio se fueron a dormir, comencé a escucharte, al principio débil, pero al pasar las primeras horas tus latidos se volvieron más y más fuertes, como si no los hubiera notado antes, los escuchaba casi a la par que los míos, no me producían tranquilidad y por un instante pensé que habría sido mala idea traerte, pero el cansancio derribó esas dudas y el sueño las barrió de mi mente.

A la mañana siguiente te vi recuperado, parecías un corazón diferente, con un mejor color y un palpitar más fuerte, me preparé para ir a la escuela/trabajo y me despedí de ti, por supuesto no respondiste, pero eso no me importó. Todo el día estuve pensando en ti, pensé en qué haría contigo, pensé si tendrías algún valor monetario o si alguien te estaba buscando, pensé en tu sabor, pensé en tu forma, en tus entradas y tus salidas y en tu color y en cómo habías progresado en solo una noche de buen descanso.

Al llegar a casa estabas allí como te había dejado, sobre mi buró, te noté un poco más grande o con más vida. Así vivimos unos meses. A veces te hablaba otras veces te llevaba conmigo a caminar o rodar en bici, te volviste mi compañía y yo tu protector.

Casi al cumplir un año juntos, alguien tocó a mi puerta: era tu cuerpo. Aproximadamente de veinticinco años, vestía bien, tenías un cuerpo digno de admirar, un cuerpo que mil veces me imaginé, pero que terminaba por olvidar y re imaginar, tu cuerpo y tu cabeza en él estaban ahora en mi sala, hablando conmigo, me hiciste la única petición que contaba en la vida, te devolví a tu cuerpo, te tomé de mi buró donde pasaste tantas noches, y te deposité en tus propias manos, en un solo movimiento sin detenerte a pensarlo tu corazón quedó dentro de ti, como siempre tuvo que ser.

Todo lo que vivimos llegó a ti en un instante, se llenaron de color tus mejillas y se escapó una sonrisa de tus labios, un instante después todo se apagó, cruzamos unas palabras, me agradeciste en abundancia el cuidado de tu corazón y saliste de mi vida por esa puerta por donde te traje aquella noche en mi sudadera. Sin más te fuiste.

Sí, fue amor lo que sentí por ti, desamor es lo que ahora siento por ti, también tengo un dolor en el pecho, aún ahora a casi dos años de que te fuiste, tengo miedo de quedarme dormido y no escuchar el palpitar de mi corazón, de despertar sobrecogido y con mis manos sentir un hueco en mi pecho, llorar al entender que mi corazón ha partido en tu búsqueda y que así como el tuyo, se habrá de perder y quedar marchito a expensas de que alguien tenga la intención de cuidar de él, esperando a que algún día lo pueda encontrar.

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