Niñez

Por  Alexis Bautista

Es abril, alrededor de la una de la tarde y hace un calor. No es un calor infernalmente insoportable como en otras ocasiones en verano, pero hace calor. Al llegar a la estación reconozco el olor a caucho quemado (tan familiar para mí durante tres años seguidos en que tuve que recorrer casi religiosamente esa línea del metro para estudiar el bachillerato) que provocan las llantas de ese trasporte con poco servicio de mantenimiento (por lo menos no el suficiente para que deje de oler a caucho quemado dentro de la estación) y que, no obstante, es tan utilizado por miles de personas diariamente.
Afortunadamente esta vez no tuve que esperar mucho tiempo para abordar el vagón. Si bien eso me pone contento, me disgusta tener que correr a él por temor a que me deje. Porque aparentemente a alguien se le ocurrió, como una idea brillante, hacer una estación muy amplia, pero con número pequeño de vagones que no alcanzan a cubrirla, o viceversa, no hay manera de saberlo. O quizá sí, ahora que lo pienso, por medio de la especulación: ¿Quién pudo haber pensado que en tan pocos años esta línea, que conecta lo que fueron los suburbios de la ciudad de México con el Estado de México, podría recibir diariamente a tantas personas y por lo tanto sería insuficiente este tamaño de los vagones? Falta imaginación en la planificación de los medios de transporte en las ciudades en crecimiento
o en la planificación para la caótica reproducción de nosotros como especie. Como sea —digo— llegó a tiempo el metro, por más que no haya señalizaciones de hasta dónde uno tendría que esperar para abordar. Tú disculparás mi malestar, pero hace calor, huele a caucho y además tengo un tremendo dolor de estómago, y pienso que, al menos en
lo referente a mis dos primeros malestares, como usuario merezco, como tú y como todos, un servicio mejor.
Bajo las circunstancias descritas arriba, parece que la cordialidad se olvida; así que luego de un breve momento de empujones y competencia desleal para ver bien coge asiento, el metro recorre un par de estaciones. Por la ventana del vagón uno puede ver la ciudad. Es un día soleado, pero la tarde no es iluminada, sino gris. Me dirijo a impartir una charla a estudiantes universitarios en lo que anteriormente fue una cárcel. ¡Sí, una universidad donde anteriormente hubo un reclusorio! ¡Todo un acierto, porque hace falta más universidades y menos penales!, lo digo honestamente. A pesar de «mis pesares», voy convencido de que «origen no es destino» y que podré transmitir dicho mensaje.Ja, ja, ja. La realidad siempre está allí para abofetearnos de ser necesario: «Pienso, luego existo es el comentario —dice Kundera en una de sus novelas— de un intelectual que  subestima el dolor de muelas». La cruda realidad sirve siempre de ancla. No pasa mucho tiempo después de estar convencido de que la optimista frase dicha arriba («origen…») hará eco en estudiantes universitarios, cuando veo entrar a un hombre en muletas y sin una
pierna; acompañado de una raquítica mujer que carga una especie de hielera para mantener fresco el producto que subió a vender dentro del vagón. Pero este par no va solo. Los acompaña una pequeñita igual de raquítica que la madre (la niña así se refiere a esta), que previamente no vi por estar detrás de una persona de pie. Con dificultad pero mucho ánimo, esta pequeña ya comienza a hacerse conocedora del oficio familiar, pues torpemente,
secunda las vocales últimas de las palabras que la madre pregona para vender. Cuando la familia logra que alguien les compre, es la pequeñita quien se encarga de entregar el dulce, recibir el dinero y entregar cambio y todo. El comprador del dulce parece enternecerse (quizá sea ese el móvil para haber comprado) y esboza una sonrisa dirigida a la niña…
Para algunos pasajeros, incluido el comprador, la imagen de esta familia, con la niña al frente como estandarte de ternura provoca el esbozo de sonrisas; para mí es una típica escena trágica de la niñez en México que en absoluto me provoca ternura, sino pesar. Me pregunto si en este caso se cumpla, otra vez, esta retórica frase «origen no es destino», ¿pues qué futuro prometedor tiene una niña cuya terneza produce sonrisas que más desvelan la aceptación de una odiosa realidad, que su rechazo? ¿Cómo incentivar a sus padres para que comiencen a tener un par de libros en casa que despierte su imaginación, curiosidad y eventual motivación para ir a una universidad, por más que esta haya sido un reclusorio y todavía lo parezca, si probablemente en lo que menos se piense sea en alimentar el espíritu, cuando hace falta alimentar el cuerpo? ¿Qué impedirá que llegado el tiempo esta niña repita el ejemplo y los patrones de tener una hija a corta edad a la que, apenas comience hablar, le enseñe a vender dulces en el metro?
Acostumbrado a «reír por no llorar» ante las problemáticas de México, frente a imágenes trágicas como esta —que no enternecedoras— mis facciones no pueden demostrar un rostro que denote gracia ni gozo ni ternura, sino aflicción. ¿Cómo podemos, de una vez por todas, dejar de sonreír ante una niñez que a más temprana edad es obligada a canjear el trabajo por el juego y el estudio? 30 de abril, día del niño, y vienen a mi mente todos esos pequeños a quienes no les puedo decir: «feliz día», por más que quiera; los hay en todos los contextos: esta niña vendiendo dulces en el metro de la ciudad; una niña de cinco años a lo más cuidando a su hermanito de dos, mientras sus padre atienden el negocio de comida en la calle (¡¿desde cuándo se volvió obligación de los niños cuidar niños?!); cinco niños en San Luis de la Paz persiguiendo un camión de la basura, para que quien recoge la misma les regale los juguetes viejos y rotos que trae consigo; niños en la calle que…
También tú piénsalos, los has visto.


Imagen: https://www.google.com.mx/searchtbm=isch&q=steve+Cutt+children&chips=q:steve+cutt+children,online_chips:void+pacific,online_chips:lost&sa=X&ved=0ahUKEwik3NXRkbaAhVq5YMKHcMFAOcQ4lYIKygD&biw=1366&bih=637&dpr=1#imgrc=nOsA_jYYDHeneM:

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