Necropolítica

Por Tristan Chavero

 

Lacan nos ha enseñado que la estructura del ser humano consigo mismo se construye desde lo exterior. Desde nuestra etapa más temprana aprendemos de lo que se nos dice, es decir, no sólo del exterior, sino aquello que forma ese exterior: el lenguaje.

Imágenes cotidianas de violencia, secuestros, cuerpos sin vida, ejecutados, terrorismo y un sin fin de formas, cada vez más impensables de violencia, son sólo algunas de las imágenes a las que se enfrenta una persona común en México y en el mundo, y si bien no siempre es necesariamente de manera directa, si desde el entramado morboso que nos presentan los medios de comunicación.

Lo anterior, bajo la lógica discursiva de una paz o una guerra, el término no importa, cualquiera de ellos son relativos, pero nunca obsoletos. Sea por drones estadounidense en el Medio Oriente, grupos extremistas del Estado Islámico o los cárteles de droga en México; es la política la que determina la guerra, es un ente que cambia con en el tiempo. Irónicamente no son los políticos quienes dictan la política, son los tiempos.

El filósofo Achille Mbembe, acuñando el término “necropolítica” bajo el pensamiento postcolonial y sobre el cuestionamiento del lugar que ocupa la vida, la muerte y el cuerpo humano en la política como una forma de guerra, reestructura el concepto de soberanía para posicionarlo sobre un “derecho a matar” (Mbembe, 2006). De esta manera la muerte se convierte en una forma más de tener un poder multidimensional entre los diversos actores en esta política como forma de guerra.

Si observamos el caso mexicano, existen territorios completamente controlados por el narcotráfico, en donde, utilizando el concepto de soberanía de manera más amplia, hay un “arrebato de soberanía”, pues ya no es sólo el Estado quien ejerce el poder sobre un determinado territorio. No obstante, su expansión y sede no es precisa, de tal manera que es prácticamente imposible decir una ubicación exacta de dónde operan estos grupos.

En esta política como guerra, el Estado no sólo negocia con otros grupos,  sino que incluso, trabaja de manera indirecta para mantener un orden y una autoridad en determinados territorios. Desde la idea de necropoder, estos otros grupos mantienen un control político, económico y social por medio del uso de la muerte, decidiendo, al estilo de un Daesh, quien vive y quien muere.

No obstante, el uso de la muerte y la violencia como eje no sólo opera de esta manera, su fin último, además de su mediatización, es estar en nuestro imaginario. La utilización de la muerte crea en la sociedad una aceptación de un clima emocional fabricado, de tal manera que las personas en su cotidianidad son espectadores pasivos y activos. 

La necropolítica se hace públicamente “visible”, está presente diariamente en el entramado morboso de información en los medios de comunicación masivos, no sólo localmente, sino en el exterior, de tal manera que se insensibilice socialmente cada vez más al espectador, imponiendo una realidad idealizada. Un ejemplo es la utilización de redes sociales o de YouTube para difundir algunos de sus objetivos y actos, como es el caso de Daesh.

De esta manera, la lógica entre el imaginario y su preponderancia con los medios de comunicación es fundamental, tal como el desarrollo del “yo” se centra en lo exterior, diariamente se mantiene una relación de ese “yo” con su propia muerte, vista a través de la muerte exterior, al mismo tiempo que se distorsiona la realidad y se genera un comportamiento esquizoide en las relaciones sociales.

No obstante, lo importante de este tema no es como opera en sí, sino como contrarrestarlo, y si bien hay muchos factores al respecto, debemos enfocarnos en su antónimo: la vida.

Ante el fracaso de las políticas que combatan este orden necropolítico, son las personas, desde su resistencia psicológica y su vida cotidiana, quienes pueden contrarrestar estas prácticas. En efecto, junto a la violencia derivada de éstas, hay también su contraparte: muestras de solidaridad, actos de altruismo; quienes combaten la dictadura de la rutina de la conformidad por medio de guerras silenciosas donde se busca la paz,  quienes creen aún en la preservación de la vida como parte de la resistencia misma con una mirada grata ante la sinceridad y la exaltación del alma y la denuncia ante su degradación.

Para una política que se alimenta de la muerte, la violencia, la explotación, la gente, desde su propia organización, son quizá las únicas que pueden contrarrestar estas indiferencias. Los momentos más creativos para una sociedad no siempre ocurren en los parlamentos, sino en las calles, donde las personas ordinarias influenciaron cambios de regímenes y agendas políticas. Son las personas, que en su colectividad, exigiendo en las calles, muchas veces arriesgando la vida, mostrando el desprecio al actual sistema y a la dependencia de los Estados ahora corruptos, represores y sumisos, han mostrado el cansancio frente a una situación económica, política y cultural caduca.

La influencia no sólo es política, se convirtió en social y cultural, y debe producir algo que la actual democracia es incapaz de producir: conciencia.


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