Naturaleza

Por Brandon Ramírez

Desde hace unas semanas el tema del Manglar de Tajamar ha puesto en relieve la poca importancia que a veces le damos al medio ambiente. Si hacemos memoria, no será difícil recordar otros desastres ecológicos: petróleo en el Golfo de México, muchos relacionados con la minería y el derrame de sustancias tóxicas, todas las especies en peligro de extinción, las pre contingencias ambientales que cada cierto tiempo se establecen en la Ciudad de México y un largo etcétera.

El tema no es nuevo, pero de vez en cuando vuelve a tomar relevancia por la cobertura mediática y el seguimiento en redes sociales que se les da a algunos casos, como éste. Eso ocurre con muchos temas más en los que un caso se convierte en una especie de símbolo para una cadena de hechos equivalentes que nadie denuncia, pero siguen ocurriendo, por ejemplo: los asesinatos, las desapariciones forzadas, etcétera y nos sirven para visibilizarlos y, algunas veces, dar pasos hacia la atención y prevención de los mismos.

Sobre este tema en específico, y la relación del hombre con los otros, tanto de su especie como otras, Norberto Bobbio ya escribía en su obra “Derecha e izquierda” de los años 90:

El empuje hacia una igualdad cada vez mayor entre los hombres es, como ya observó en el siglo pasado Tocqueville, irresistible. Cada superación de esta o aquella discriminación, en función de la cual los hombres han estado divididos en superiores e inferiores, en dominadores y dominados, en ricos y pobres, en amos y esclavos, representa una etapa, desde luego no necesaria, pero por lo menos posible, del proceso de incivilización. Nunca como en nuestra época se han puesto en tela de juicio las tres fuentes principales de desigualdad, la clase, la raza y el sexo. La gradual equiparación de las mujeres a los hombres, primero en la pequeña sociedad familiar, luego en la más grande sociedad civil y política, es uno de los signos más certeros del imparable camino del género humano hacia la igualdad. ¿Y qué decir de la nueva actitud hacia los animales? Debates cada vez más frecuentes y extensos, concernientes a la legitimidad de la caza, los límites de la vivisección, la protección de especies animales que se han convertido en cada vez más raras, el vegetarianismo, ¿qué representan sino escaramuzas de una posible ampliación del principio de igualdad incluso más allá de los confines del género humano, una ampliación basada en la conciencia de que los animales son iguales a nosotros los hombres por lo menos en la capacidad de sufrimiento?  (Bobbio, 1995, pp.175-176)

El daño que hemos causado como especie a nuestro medio ambiente puede ser perceptible en cierta medida a través los cambios climáticos, con veranos extremadamente calurosos (algunos periódicos el año pasado daban nota de que ese año se vivió el verano más caluroso de la historia), inviernos con temperaturas cada vez más gélidas y debería mostrarnos, cada vez con mayor obviedad, que puede afectarnos más de lo que creemos. No podemos tratar a la naturaleza como algo ajeno o exógeno a nosotros, sino como algo de lo que formamos parte o, de una forma más romántica, que es parte de nosotros mismos. Extendiendo la idea de Bobbio, puede que cada vez seamos más conscientes de que, de alguna forma, la naturaleza también sufre.

Han existido especies dominantes en el planeta anatómicamente más fuertes que nosotros, los dinosaurios, y fueron devastados por la naturaleza. Puede que el desarrollo tecnológico y científico que hemos alcanzado nos lograría ayudar a frenar los efectos negativos de la naturaleza sobre nosotros en alguna medida, pero no lo hace en su totalidad, basta con ver las epidemias de influenza, dengue, ébola, chikungunya o zika, para recordarnos que aún estamos lejos de estar a salvo de cosas tan “pequeñas” como los virus.

A mi mente viene una escena de un cómic que ejemplifica esto: Batman y Wonder Woman se encuentran en la ficticia isla amazónica de Temiscira, viendo una ola enorme frente a ellos que es enviada por Poseidón para acabarlos y, sin dudarlo, la Mujer Maravilla se lanza para “atacar” dicha ola, a lo que Batman le dice: “no importa lo poderosa que seas, no puedes detener un maremoto”. Como especie, no importa lo superior que nos sintamos, siempre que la naturaleza se manifiesta a través de terremotos, maremotos, erupciones volcánicas o mutaciones de virus, notamos lo realmente vulnerables que somos.

Puede que esté lejos de ser una realidad aquel destino trágico que algunas películas narran, como The Happening, donde la vegetación del planeta comienza a esparcir una especie de espora que evitan el sentido de auto conservación de los humanos, llevando a que algunos cometan suicidio o se asesinen entre sí como autómatas, ya que para el planeta somos una plaga que debe erradicarse para la conservación del mismo. Lo que si puede pasar, es que si seguimos actuando, como especie, como si nada pasara al desperdiciar agua, contaminar el aire, tirar basura, depender de energías no renovables, asesinar animales sólo por el placer de hacerlo, o acabar con las áreas verdes que tenemos, provoquemos cambios en el ambiente que nos resulten adversos o hasta dañinos, disminuyendo nuestra calidad de vida y acabando con la diversidad de especies animales y vegetales que nos rodea.

La tierra tiene más de 4400 millones de años según algunas estimaciones; los seres humanos con las características que hoy tenemos se evalúa que tienen cerca de 200,000 años; nuestros calendarios apenas datan 2016 años: nada para la historia del planeta y, aun así, como especie actuamos como si tuviéramos una especie de derecho de acabar con ella, sin darnos cuenta que, de hacerlo, es como si cada uno de nosotros (nuevamente, desde un punto de vista más romántico) tomara un mazo y destrozara su casa, ladrillo a ladrillo. Para mi suena irracional.

Por cierto, al escribir esto me viene a la mente un libro que nunca está de más recomendar: “El mundo finito” de Carlos Amador, que habla sobre como nada puede crecer ni sostenerse indefinidamente, en un mundo con recursos finitos.

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