Narcocultura: una realidad imperante

Por Irlanda Diego

 

Mucho se ha hablado de la guerra emprendida por el ex presidente de la República Felipe Calderón Hinojosa, a los cárteles del narcotráfico en México, las cifras más alarmantes hablan de más de 120,000 muertes, y las más moderadas de un aproximado de 60,000, entre 2006 y 2012 (CNN, 2015). Ese panorama hasta el día de hoy conmueve y desencadena una diversidad de cuestionamientos de varios sectores sociales, que con razón fundamentada, exigen justicia y el esclarecimiento de las muertes de inocentes a causa de tan sangrienta movilización armada.

Pero, algo que sin duda deberíamos preguntarnos, sería: ¿qué hay detrás del poder de los grandes narcos? ¿Qué circunstancias crean la fuerza e influencia de los cárteles existentes en nuestro país?, un par de interrogantes que nos llevan a la reflexión y nos tendrían que  remontar a aquellas colonias, espacios y comunidades que se encuentran olvidadas por el gobierno.

Al día de hoy, sería una falacia decir que no existe un sentimiento de admiración e identificación con los narcotraficantes en una parte considerable de la población. Las poblaciones ubicadas en la zona conocida como el “El Triángulo Dorado”, que abarca los estados de Sinaloa, Durango y Chihuahua, son un claro retrato de ello. Contextos en los que los niños son sacados de los primeros años de la educación básica para ir a trabajar a los plantíos de marihuana y amapola, en donde se ha hecho común ver a un niño de escasos doce años con un “cuerno de chivo” colgando de su cuerpo, en donde ver camionetas lujosas cargadas de hombres armados se ha convertido a lo largo de los años en el pan de cada día, tal y como lo narra Anabel Hernández en su libro “Los Señores del Narco”.

¿Cómo pedirle a los habitantes de estas comunidades que no vean en el narcotráfico una opción para salir adelante y solventar las necesidades de sus familias? Cómo hacerlo cuando son escasas las oportunidades de progreso y el salario mínimo, si es que lo tienen, apenas alcanza para pagar la comida de sus hijos y comprarles zapatos o un uniforme para que asistan a la escuela.

Y es entonces en ese mundo de necesidad, que los cárteles de la droga atraen con sus lujos y excesiva riqueza, a quienes ya no ven el éxito en una carrera universitaria, sino más bien en ser sicarios, en trabajar en el oscuro y efímero paso por la delincuencia organizada.

Fenómenos como el generado con las dos pasadas detenciones de Joaquín “El Chapo” Guzmán, al concentrarse un grupo significativo de personas en marchas y manifestaciones para exigir su liberación, nos hablan de una preocupante descomposición en el tejido social, en donde se ve como líder y modelo a seguir a un narcotraficante, a una figura que ha suplido en ocasiones el papel del Estado, comprando medicamentos, construyendo escuelas, pavimentando calles o hasta pagando gastos escolares, como el también sonado caso del narcotraficante Servando Gómez Martínez alias “La Tuta”, que en Arteaga Michoacán repartía billetes en las plazas públicas.

Sin embargo, el narcotráfico no es un tema nuevo, es un problema que se ha venido agudizando en el transcurrir de la historia de nuestro país, desde que capos como Amado Carrillo Fuentes hacían del trasiego de marihuana por los cielos, un negocio redondo en el que autoridades del más alto nivel estaban coludidas. Hablando de este personaje conocido como el ”Señor de los cielos”, hoy se hacen presentes series que si bien presentan la vida y detalles que nos hacen conocer mayormente el actuar de los líderes de la droga, en muchas ocasiones los terminan presentando como el héroe de la historia, aquel hombre fuerte, valiente y hasta invencible que enfrenta a las autoridades rodeado de lujos, mujeres y armas.

¿De qué nos habla el panorama presentado anteriormente? Innegablemente, de un Estado que ha faltado a sus facultades para ser garante de seguridad y de mejores condiciones de vida para sus habitantes, dejando muchas veces un vacío de poder en aquellos lugares más alejados y descuidados, vacío que oportunamente pasan a llenar los capos de la droga, generando a su vez una falta de legitimidad gubernamental, en donde “quien le cumple” a la gente no es el gobierno, sino grupos de la delincuencia organizada, detentores de un gran poder.

Elementos como los mencionados, han creado una narcocultura que impera fuertemente en gran parte de la República Mexicana, estados en los que los que los líderes de los cárteles se han convertido en figuras de poder que ejercen influencia en diferentes ámbitos de la vida social, figuras que apoyan a candidatos en elecciones, que se sientan a la mesa con los triunfadores para imponer sus reglas, o en el peor de los casos, quitan del camino a aquellos que les quieren poner un alto y gobernar de manera honesta.

Es menester que como ciudadanos hagamos un análisis a fondo de lo que ha venido sucediendo en nuestro país, ¿cómo contrarrestar una narcocultura que se ha hecho presente en diferentes esferas de nuestra realidad? Al responder esta pregunta la educación y la familia, principal institución de nuestra sociedad, son claves fundamentales. Es necesario un fortalecimiento de las bases educativas y de valores, que permitan un desarrollo integral del individuo en un entorno de mayores oportunidades que aunque se ve lejano, tiene que ser una exigencia social que vaya de la mano con el papel que desempeñamos como ciudadanos y nuestra responsabilidad pública.

La situación no es sencilla, y decir que poco nos falta para construir ese entorno, sería pecar de ingenuidad, pero el camino se construye paso a paso, y en este transitar por un México con mayor justicia social y servidores públicos que realmente representen las demandas sociales, tenemos que trabajar en la construcción de una conciencia social en la que los líderes de la droga ya no sean admirados ni ejemplo a seguir, y en la que el narcotráfico no sea la opción para vivir… O sobrevivir.


Imagen: http://www.elmonitorparral.com/notas.pl?n=44709

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