Mujer Palmera

Por: Erick Alberto Rodríguez

Querida mujer palmera,

que navegaste por los siete mares

hasta encallar en la orilla de mi playa,

recuerdo cuando apareciste aquella mañana

mareada por el vaivén de las olas

Buscabas un lugar para encallar y sobrevivir

mi arena te arrulló como una sinfonía infinita

fui ese bastión que implorabas

el nicho donde pasar las noches

Mi agua cálida impidió que te fueras,

te asentaste de una manera sigilosa pero inclemente

como Reina que proclama su mandato en tierra de nadie

tus raíces perforaron rápidamente mi sustrato

y me cobijaste por la sombra de tus hojas

atrapaste mi atención por ser la única de tu especie

en esta costa llena de matorrales

Te convertiste en la torre más alta de todo el litoral,

donde subí a observar la inmensidad que me rodeaba

y encontrar allí lo banal de mi existencia

Desde tu cúspide el mundo se divide en dos banderas:

Mar y Tierra

Tú belleza genera una guerra entre las dos naciones:

ambas desean apropiarse de tus bondades,

por las noches el mar te seduce con su brisa

y en el día llega el xtakay a enamorarte con sus cantos

mientras tanto tú sigues allí

en el epicentro de los dos mundos…

Un día de primavera empezaste a florecer

cientos de pistilos brotaron de ti,

cual uva de mar:

tu cualidad de emperatriz nació

y sometiste mil abejas para polinizarte

día y noche me quedaba mirando el maravilloso espectáculo

¡La vida en su máximo esplendor!

Deseaba curiosear el sabor de tu vida

sentir el color de tus frutos

y no tuve que esperar mucho

Empezaron a surgir pequeños botones,

esferitas doradas y brillantes

desesperadamente las arranque

y descubrí un áspero sabor amargo

Decepcionado decidí abandonarte,

seguí recorriendo la zona costera,

perdido en el sendero

 deje que me escoltara el tiempo

Pasaron algunas primaveras y muchos inviernos

y un día regrese por aquella caleta donde te vi llegar

seguías allí magnifica, como siempre

no te habías cansado de crecer

estabas más alta y más bella

Colgaban de ti numerosos globos amarillos

preciosos a la vista de cualquier marinero,

con todas mis fuerzas trepe en ti

y después de caerme nueve veces lo conseguí

Aquel día probé el agua más dulce

y apacigüe mi hambre con tu deliciosa carne blanca,

después nada fue igual,

a cada costa que arribo busco a mi mujer palmera

Quiero tus brazos que me dan sombra

tus frutos dorados que capturan mi visión

el agua de tus labios donde muere mi sed

tus caricias que auspician mis deseos más profundos

Solo tú puedes aliviar mis males.

Crédito de foto:  Paulina Ciprés Hernández

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