Muertos por fuera pero sentimentales por dentro

Una de las cosas que me gusta hacer cuando doy un paseo por la ciudad, es mirar los rostros de las personas; a veces me gusta sentarme, quedarme quieta, guardar silencio y mirar a mi alrededor.

Hoy en día pareciera que el acto de observar es un don, porque ya nadie tiene tiempo para subir la mirada y observar si quiera el cielo o a su alrededor. Parece que la única realidad que existe es a través de la pantalla del celular o cualquier dispositivo conectado a internet.

Está claro que es imposible frenar los avances tecnológicos y de la ciencia, que éstos últimos me parecen maravillosos pero al mismo tiempo un poco aterradores.

Sin ir muy lejos, cuando se suponía que una red de mensajería instantánea o red social te podría dar la oportunidad de conversar con personas de todo el mundo o con tus seres queridos que viven en otros países, con las video llamadas muchos parece que se ahorran el tiempo para conversar en vivo con las personas que tienen cerca, como si el internet nos solucionara la vida.

Mientras observo a las personas transitar por las calles, puedo ver que todos somos diferentes pero tenemos algo en común: los sentimientos.

Unos pasan con la cabeza hacia abajo mirando sus celulares, otros mirando hacia adelante pero con la mirada perdida y unos pocos son los que logran mirarse los unos a los otros con indiferencia.

Los que tienen la mirada perdida, parece que no tienen planes en la vida, como si quisieran que ésta los llevase a cualquier parte; parecen o más bien, la mayoría pertenecemos a este grupo de individuos que hace que parezcamos zombis por el mundo.

A veces eso es preocupante porque ni siquiera mostramos ninguna expresión en nuestro rostro, sólo estamos perdidos.

Caminamos entre la multitud con seriedad, olvidando el lugar en el que nos encontramos, desinteresados por lo que está sucediendo a nuestro alrededor, y lo peor de todo es que no estamos pensando en nada.

No sé si esto tenga que ver con la tecnología que nos afecta a unos más que otros y que pareciera que son puros mitos para nosotros.

Nos conformarnos por una conversación llena de textos, con emojis para expresar un sentimiento en vez de decir en realidad cómo nos sentimos, con audios que reproducimos miles de veces como si pudiéramos sentir que esa persona nos habla al oído; enviamos videos en tiempo real que miramos una y otra vez para sentir que pertenecemos al momento.

Nos conformamos con todo eso, porque sabemos que no podemos estar con la otra persona en ese momento.

Vamos caminando por la vida con cara de muertos, pero el único momento en el que sonreímos, el único momento en el que reímos y en el que gritamos, es a la hora de tomar una selfie o grabar un video en las redes sociales para mostrar lo bien que lo estamos pasando.

El único momento en el que tenemos para llorar es cuando estamos solos o en compañía de alguien que entiende ese sentimiento y no lo publicamos. Porque a todos nos gusta mostrar el lado bueno de la historia, ese mundo en el que no se llora.

Pasamos de sonreír al desconocido a buscar a alguien con quien hacer match en las redes sociales para encontrar pareja. Pasamos de los detalles de hacernos reír en las reuniones entre amigos con chistes improvisados, a crear grupos en las redes sociales y reír con un simple meme.

Preferimos escribir en tweet, contribuir al hashtag de alguna tendencia del momento, cambiar nuestra foto de perfil disque mostrando nuestra solidaridad con el pueblo en guerra, el país en crisis, enviando oraciones y condolencias para la familia de inocentes heridos o muertos; pero no tenemos tiempo para ayudar al que está a nuestro lado.

Somos demasiado indiferentes a lo que sucede en el momento y lugar en el que nos encontramos.

Nos parece más interesante la vida de aquellos desconocidos que conocemos a través de las redes sociales que viven en otros lugares del mundo que lo que está sucediendo en nuestro mundo.

Siempre añoramos tener lo que no tenemos y no está mal, es tener deseos, metas y aspiraciones. Pero cuando tenemos eso que deseamos, ya no lo queremos con la misma intensidad con la que lo soñábamos.

Valoramos más a aquél que se encuentra a millones de kilómetros a distancia de nosotros que a aquellos que siempre han estado a nuestro lado.

Somos unos muertos andando por las calles, mostrando cara de indiferencia, nada de lo que vemos nos parece bonito a menos de que alguien lo haya publicado en las redes sociales y le damos “me gusta”.

Y lo que yo propongo es desconectarnos por un minuto, apaga el celular o ponlo en modo silencioso, detente a mirar tu alrededor, mira a los ojos, observa esos rostros que están frente a ti, sonríe al que lo necesite.

Deja por un instante de hacer lo que estabas haciendo, sólo observa lo que está a lado tuyo y sonríe.

Y si eres tú el que necesita de alguien que te dé ánimo, que te regale una sonrisa, alguien que te mire a los ojos y preste atención a lo que estás diciendo sin mirar de reojo su celular… mírate al espejo y eso que estás viendo frente a ti, esa es la persona que estabas buscando.


Imagen: https://www.flickr.com/photos/jaredinthebox/

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