Muerto (en vida)

Por Guillermo Alvarado

 

Y sí, llegar a una casa vacía es desalentador. Pretendes comprar muebles bonitos, pagarlos en cómodas mensualidades al vendedor de la tienda (tienda que es parte de nuestra vida), porque pagar la mensualidad es parte primordial del trabajador honesto, con sueldo base y 30% de comisiones con base en el desempeño. Pero los muebles de vanguardia minimalista y lo cubista de tu condominio rentado, tipo loft de no más de 63 metros cuadrados, no quita que llegar pasadas las 9:00pm sea menos triste, menos solitario, menos miserable.

Llegas con el traje desgastado, sudoroso de pasar una hora en el metro, conociendo nuevos aromas y sintiendo al vecino en el sentido más íntimo posible; escuchando música de manera inconsciente, tu mente divaga en cualquier cosa mientras llegas a la estación donde transbordarás, tu cuerpo está cansado. Hoy hiciste horas doble, tus pompas tienen la insensibilidad de la piedra, tus labios resecos buscan un tehuacán preparado, quizás tengas jugo de piña en casa, con algo de vodka y un poco de jamón con bolillo armas tu menú para cenar.

Entonces llegas, tiras el portafolio donde siempre, arriba del único sillón de doble plaza; avientas el saco arriba del saco que está arriba de otro saco, enciendes la televisión, cualquier canal, el mismo canal de todo el mes, no importa, solo necesitas escuchar algo. Te diriges al refri, nada, solo un poco de guisado que te trajo tu madre el fin de semana, ya es jueves, seguramente no esta en su mejor estado, no te arriesgas; tomas un poco de agua, te rugen las tripas como leones en el coliseo, exigen un sacrificio, un alimento; entonces miras con emoción una afortunada sorpresa, un pan de muerto, el recuerdo llega de súbito; tu madre también te trajo pan de muerto, no lo habías tocado porque pensabas hacer una ofrenda muy a tu humilde presupuesto, pero el hambre es canija y le das una mordida, luego otra y otra, el azúcar y la mantequilla hacen efecto y calman a los leones, no hay tiempo de sacar un vaso con leche, no hay ni siquiera leche, tomas un poco más de agua y esperas a que se asiente la plasta de masa en tu estomago.

En el dormitorio es lo mismo de siempre: ropa tirada en lugares “estratégicos”, la esquina de la ropa sucia comienza a convertirse en un cerro, una protuberancia de ropa que promete crecer al finalizar la semana. Te quitas el resto de la ropa y haces crecer el “cerrito” de ropa sucia, te pones la pijama que te mando tu hermana, la usas aunque sea ridícula, ya ni te importa que usas en casa porque no ha entrado una sola mujer a tu departamento desde hace meses o quizás años. Te recuestas en la cama, aún con moronas de pan y azúcar en la boca, las recoges con la lengua y estiras tu cuerpo mientras tomas lugar en la cama. El ruido de la televisión es un ruido estúpido, voces, tonadas de comerciales, voces de anunciantes, voces en inglés y en español, música incidental, efectos de sonido, voces femeninas, estruendos, gente convenciendo gente, gente vendiendo objetos, gente vendiendo gente que se piensa objeto, objetos innecesarios que tu deseas, te ríes de cualquier cosa. Tus manos te rascan el vientre abultado por la gastritis, pero al menos por ahora, tiernamente reconfortado por un pan de muerto. Piensas en las ofrendas de la UNAM, cuando ibas en bola con tus amigos, esos que solo ves de manera indirecta en Facebook, pero tiene años que no salen a tomarse un café de menos, aunque a ti te cause acides.

Dormitas, finalmente te quedas dormido. La saliva se te escurre y el ruido de la televisión te arrulla; duermes todos los días de la misma manera, con el velo de la pantalla retro-iluminada de LED, con la programación de películas interminables, las secuelas después de las precuelas, duermes y las voces se transforman en personajes oníricos, sueñas con mujeres, con mujeres que te gustan, pero tú a ellas no, pero el sueño es bueno contigo y decide convertirte en un galán, te la llevas a la cama en el primer acto, primero y único, la alarma te despierta siempre a la misma hora, son las 6:30am se te hizo tarde (como siempre) te levantas como en automático, la noche duró un parpadeo, entras en modo “rutina matutina”; baño, ducha, dientes, traje, portafolio, celular, llaves.

Al salir miras la mesa y allí ves un pan de muerto, no tomas mayor importancia, pero al abrir la puerta y elevar una pierna para salir, te acuerdas, cae en tu mente como un montón de platos rompiéndose en el suelo, ese pan ya lo habías comido, ese pan, lo disfrutaste anoche con un vaso de agua, ese pan calmo a los leones de tu vientre, incluso te relamiste los labios de moronas y azúcar, no había nada de comer, no había ni siquiera leche, la duda se transforma de una hormiga a un elefante, sus proporciones son inmensas, la intriga incluso te hace olvidar que vas media hora de retraso, piensas en lo que pasó ayer, ¿Solo había un pan o dos? ¿Será que el cansancio y el tedio era tal que te hizo olvidar que había dos panes? ¿Quizás el hambre hizo que vieras solo uno, lo que necesitaba tu cuerpo en ese momento y nada más?

Algo te quiere convencer de que lo que siguieres es lo cierto, no sabes si es la cordura y la razón o la prisa de irte al trabajo, estás detenido frente a la mesa, para ti es el mismo pan de ayer, el que te acabaste de cinco mordidas. Lo tomas de la mesa y sientes el mismo peso, lo ves incluso del mismo color y se te antoja igual que ayer, eso quizás porque es el mismo pan, te asusta esta situación, significa que debes ir al medico, quizás el estrés esta superándote, quizás el trabajo ya es demasiado, deberías buscar un lugar diferente, menos negrero, piensas que quizás te lo comiste solo porque tenias mucha hambre pero tu mamá siempre te trae mucha comida, por eso no inviertes en tener una alacena surtida ni cuidas el alimento del refrigerador, debe ser eso, sí, lo resuelves muy decidido, le das una mordida al pan y al probar su dulces y mantequilloso sabor, te acuerdas de todo, del malestar, de las pesadillas, el frío, el acalambramiento. Te ahogaste con tu propio vomito en tu cama, te envenenaste, algo en tu interior, o quizás en el aire, te lo confirmaba, estás muerto, muerto por ergotismo, muerto comiendo un rico pan de muerto, el mismo que te enveneno la noche anterior.

La verdad es que no eras tan feliz vivo. Sonríes, abres la puerta y el paraíso es en verdad divino, con sus colores, sus arquitecturas sublimes. El aire, el sol, el viento esperanzador, giras y ves cómo resplandeces tú también. Te sientes ligero, la preocupación se ha ido, tu nueva vida luce prometedora, das un paso fuera de tu departamento y caes, caes en un abismo oscuro, tan oscuro que no distingues nada, solo la espantosa sensación de caer te confirma que sigues cayendo, tu cuerpo se estremece y… despiertas. Otro mal sueño, estás tirado a un costado de la cama, el mundo entero cae de nuevo sobre tus hombros. El despertador marca las 6:30am, te levantas y lo primero que haces es ir a la mesa, la encuentras vacía, como tu vida, como tu apartamento, abres la puerta y solo miras el pasillo aún a oscuras; a lo lejos una sinfonía compuesta por bullicio y cláxones, gente como bichos moviéndose por toda la ciudad, y en tus labios todavía hay residuos de azúcar, una intranquilidad se anida en tu cuerpo y continuas con la rutina, la televisión indica que es viernes 25 de octubre, estamos a una semana de día de muertos.

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