Movimientos libres

Por Brandon Ramírez

 

No deja de ser curioso que en el momento de mayor globalidad de la historia de nuestra especie, la xenofobia, si bien nunca ha dejado de existir, haya cobrado un gran espacio en muchas discusiones, más allá del peso que tuvo en las elecciones de Estados Unidos y Europa en general los últimos años.

Antes de ser sedentarios, nuestra especie ya era asidua de viajar de un lugar a otro en busca de cubrir sus necesidades (o quizá hasta por capricho, o quien sabe cuál fue la motivación de muchas comunidades que se establecieron en lugares tan poco favorables como la actual Alaska en lugar de continuar con su camino hacia el sur del continente), y no fue hasta el establecimiento de las fronteras y el surgimiento de los Estados-Nación que aquello cobró dificultad

Para no ir muy lejos, de manera muy general ya en los tiempos modernos, los movimientos migratorios previos a 1945 se concentraron hacia América en los siglos XVI, XVII y XVIII. Previamente, estos movimientos ayudaron a la consolidación de los países europeos, con movimientos del oriente al occidente y del sur al norte. 

El colonialismo supuso una oportunidad para muchas personas que buscaban emprender una vida nueva como productores o comerciantes independientes, aunado a la fuerza esclava que era movilizada hacia estas tierras. Posteriormente, el desarrollo industrial de Norteamérica impulsó movimientos migratorios hacia esta región; y dentro de Europa, hacía Gran Bretaña como líder en estos procesos.

En el periodo entre guerras durante el siglo XX, la migración se redujo. La guerra causó un nuevo entorno donde el migrante no era bien visto. Si no recuerdo mal mi clase de Migración Internacional, Francia fue el único país que durante este periodo vio un aumento en la inmigración. En general, las oportunidades de trabajo que se presentaron en los distintos procesos del desarrollo capitalista en Europa y América fueron el motor migratorio hasta antes de 1945. En los años treinta y cuarenta con los regímenes fascistas, comenzaron también flujos de ciertos grupos étnicos y religiosos hacia América, para evitar las persecuciones en sus países.

En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el aumento en el flujo migratorio internacional fue la constante. La necesidad de reconstrucción europea impulsó movimientos de los distintos continentes, y preferentemente intraeuropeos hacia los más afectados por la guerra. Las crisis de los años setenta y ochenta del siglo XX, de igual forma permitieron el acceso a trabajadores para impulsar los motores productivos en las economías más desarrolladas, incluyendo los Estados Unidos y Japón.

Estos movimientos laborales consentidos y promovidos por los distintos Estados eran, en principio, limitados a los trabajadores, pero posteriormente hubo movimientos donde las familias buscaban volver a unirse y eran llevadas consigo desde el principio. Todo esto generó transformaciones sociales, culturales y políticas en los países receptores y emisores de migrantes, cada vez más visibles para los gobiernos.

El movimiento de un volumen importante de personas de un país a otro, establecieron flujos principalmente motivados por la búsqueda de trabajo, y una vez afianzados, han mantenido su actividad; como el caso de nuestro país a los Estados Unidos. Sin embargo, y aunque el trabajo sigue siendo una de las principales motivaciones para que una persona decida migrar de su país de origen a otro (lo que genera incomodidad en los sectores más reaccionarios y vulnerables de estos países receptores, al ver ocupados espacios que “deberían” ser para ellos), ésta no es la única. Las persecuciones y la búsqueda de asilo es un tema que sigue presente en muchas zonas del mundo y aunque regiones como la Unión Europea han tratado de ser receptoras de los mismos [http://europa.eu/legislation_summaries/justice_freedom_security/free_movement_of_persons_asylum_immigration/jl0038_es.htm] a nivel institucional, hay mucha reticencia ante la vulnerabilidad que muchos atribuyen al ingreso de “otros” a su comunidad.

También es cierto que la facilidad con que se puede viajar de un punto del planeta a otro en poco tiempo, el establecimiento cada vez mayor de una cultura global (hay establecimientos y marcas que se pueden encontrar en casi cualquier país, y en general se ha avanzado en la estandarización de patrones de consumo, salvo en regímenes más cerrados como el chino), también posibilita que las migraciones sean sólo por gusto, sin la necesidad de verse forzado; ya sea por la búsqueda de trabajo o persecución política.

Pese a las resistencias que se han vuelto un poco más palpables, dado que siempre han existido, el camino de nuestro mundo (pensando siempre desde Occidente) parece seguir siendo el de la mayor integración y globalidad. No creo que, como algunas películas sugieren, se necesite de una visita (amenazante o fraterna) de una especie extraterrestre para formar consciencia de especie más allá de los nacionalismos; como cosmopolitas o ciudadanos del mundo.

Muy seguramente falten siglos para ello, y seguirá habiendo muestras de reticencia como el Brexit o el avance de discursos xenófobos. Al final la política es eso, un conflicto permanente, pero de momento siempre se ha avanzado, al menos en Occidente, hacia la mayor apertura, liberalización e integración: las colonias ya prácticamente han desaparecido, la esclavitud fue abolida, las desigualdades, producto del sexo, cada vez son más denunciadas y se avanza en su superación, de igual forma que en las raciales y por preferencias sexuales.

Es cierto que no siempre se avanzó en esta ruta, imposible que así fuera dado la diversidad cultural que ha existido siempre, además de lo arraigado de muchas ideas, pero al final, hemos avanzado a lo largo de la historia así y  aunque existan “baches”, sería difícil no pensar que seguirá siendo así.


Imagen: https://ddcuaem.files.wordpress.com/2015/10/mov.jpg

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