Mitos sobre la vacunación

Por Oscar Espinoza

En años recientes, principalmente en Estados Unidos, han aparecido diferentes grupos denominados anti-vacunación, estos grupos conformados principalmente por padres de familia que están activamente en contra de la vacunación en niños pequeños; afirmando que las vacunas contienen algunos agentes supuestamente tóxicos como el timerosal y son un vínculo causal con distintos Trastornos del Espectro Autista (TEA).

Uno de los orígenes de este movimiento, es un estudio publicado en el año de 1998 por la revista británica The Lancet, uno de los diarios médicos más importantes del mundo. El estudio fue realizado por el investigador Andrew Wakefield, en él se asocia relación directa entre la aplicación de la vacuna triple vírica y la aparición del TEA además de algunos otros trastornos gastrointestinales. Como consecuencia de éste, las tazas de vacunación bajaron notablemente en Estados Unidos, Gran Bretaña e Irlanda.

El principal problema en este caso, es que el estudio anteriormente mencionado ha sido refutado innumerables veces desde su publicación, ha sido replicado por distintos investigadores y en ninguno de los casos se pudieron reproducir los mismo resultados. En el año 2004 Brian Deer, reportero del Sunday Times, publicó una investigación en donde relacionaba a Andrew Wakefield con un conflicto de intereses económicos en el momento del estudio, lo cual deterioro aún más la posición de Wakelfield. Actualmente le fue retirada su licencia para ejercer medicina luego de una investigación hecha por la asociación de médicos del Reino Unido.

Es cierto que los diagnósticos de TEA han ido en incremento durante los últimos años, según el Centers for Disease Control and Prevention (CDC) en Estados Unidos, 1 de cada 68 niños ha sido identificado con TEA, este ratio se ha mantenido sin cambios desde 2013 en comparación con la década anterior, donde los números indicaban 1 de cada 110 en el año 2006. Los médicos piensan que esto puede ser consecuencia de una mejora en los métodos de diagnóstico, así como la concientización de la sociedad sobre el TEA y sus características, esto permite que los índices de detección sean mucho más elevados.

Como muchas enfermedades, se cree que el TEA es consecuencia de una combinación de factores genéticos y ambientales, pero no se conoce a ciencia cierta qué es lo que lo provoca; aparentemente muchos padres no se sienten cómodos con esta idea y necesitan atribuirle a algo la causa de los padecimientos de sus hijos, al momento de buscar en internet se encuentran con otras personas, que sin ser expertos en el tema, dan información errónea que refuerza los sesgos cognitivos ya existentes.

Respecto al riesgo que implica el uso de timerosal en la producción de vacunas contra  la difteria, el tétanos, la tos ferina, la hepatitis, o la gripe, la Organización Mundial de la Salud concluye que: “No hay pruebas de que la cantidad de timerosal utilizada en las vacunas suponga un riesgo para la salud” (OMS, 2011) luego de numerosos estudios realizados por el Comité Consultivo Mundial sobre Seguridad de las Vacunas (GACVS) durante más de 10 años.

Las vacunas han prevenido muchísimas muertes en el mundo desde su desarrollo y son, sin lugar a duda, una de las acciones de sanidad publica más importantes que existen. Gracias a ellas se han eliminado o han sido casi erradicadas muchas enfermedades que en su momento acabaron con miles de vidas, la viruela y poliomielitis son algunos ejemplos de ésto, desafortunadamente, este tipo de movimientos basados en la desinformación han provocado que algunas enfermedades prácticamente eliminadas tengan brotes en diferentes partes del mundo. Un ejemplo de esto es el Sarampión, según datos del CDC, en Estados Unidos durante el año 2015 se presentaron 189 casos y en 2016, hasta el 13 de agosto, se tienen registrados 52 en comparación con el año 2010 donde se registraron 63.

Si bien el elegir vacunar a sus hijos es decisión de cada padre, es necesario evaluar todos las partes del espectro en esta situación. Primero, la premisa inicial va en contra del conocimiento aportado por la comunidad médica y científica, pensar que las vacunas provocan autismo o son tóxicas no tiene ninguna base veraz para sostenerse, se llega a estos juicios mediante decisiones tomadas sin el conocimiento necesario o con mala información.

Otro punto muy importante, es que aunque a primera vista aparenta ser una decisión individual y únicamente correspondiente a los padres, ésta tiene efectos negativos en la salud pública. La forma de trabajar de una vacuna es muy simple, se inyecta en el organismo una parte del virus fragmentado que no tiene la capacidad de reproducirse en el organismo de manera satisfactoria, nuestros sistema inmunológico detecta el virus, acaba con él y de esta manera la próxima vez  que tenga que lidiar con él, sus anticuerpos son muy buenos para hacerlo, es una especie de entrenamiento. Nuestro cuerpo tiene una reacción inmunológica pequeña en forma de fiebre pero básicamente es todo. Cuantas menos personas se vacunan, le dan más oportunidades al virus de infectar a más gente, lo cual lo ayuda a desarrollarse y volverse más fuerte e incluso más resistente. Desafortunadamente este sistema no es perfecto, ya que existen algunas personas en las cuales las vacunas no surten efecto, se estima que alrededor del 6% la combinación de todos estos factores hace posible que existan rebrotes y las enfermedades regresen. Si bien esta es una decisión personal, ésta tiene implicaciones para muchas personas y  debería hacerse tomando en cuenta toda la información, no sólo la que confirma mi manera de pensar o la que ayuda a que la gente se sienta mejor consigo misma y sus creencias infundadas.

Las vacunas no causan autismo, ni existe una correlación directa entre ambas situaciones, no son perjudiciales para nadie bajo ninguna circunstancia sino todo lo contrario, la vacunación ha revolucionado la medicina moderna y la forma en que vivimos, sin mencionar que salva millones de vidas.


Imagen: http://www.enminutos.com.ar/archives/13380

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