Mi ventana

Por Hugo Sánchez

 

Desde que su existencia reposaba, gracias al deseo y a la inventiva de mis padres, en el provocador –y quizá por ello también engañoso– mundo de las ideas, sabía que esa ventana sería mía. El panorama que enmarca es inigualable: por un lado, es posible observar la inmensidad de nuestro planeta coloreada de azul; por el otro, se aprecia la desordenada necesidad humana expresada en múltiples edificaciones. En esto radica su singularidad: es un escenario de la anárquica vida, una muestra estadística del mundo actual, un gesto de la transitoriedad. ¿Cómo no habría de valorarla?

Nunca antes había reparado en su especial importancia. Mi ventana, más que un medio de ventilación e iluminación, es un pizarrón de ideas. En ella dibujo, con el volátil gis de la mente, cuanto pensamiento deja abrazarse. Hace las veces de un lanzador de ideas que clarifica el espíritu durante las horas de ingenio. Su influencia no se limita a la de un reproductor de monótonas realidades; por el contrario, siempre de una manera diferente, me invita –cuando no me provoca– a salir del dogma para izar las velas y dirigirme a nuevos horizontes arquetípicos. Una vez que la vista traspasa la sutil dimensión definida por mi ventana, las emociones, alborotadas como ellas mismas, se suman a la aventura: río, maldigo, suspiro, sollozo; pero jamás dejo de imaginar. Todo depende de lo que su desgastado cristal –generosa pantalla de la existencia– proyecte en mis ojos enfermos de posmodernidad.

Lo mejor de esta ventana es su carácter orgánico: su viveza. La vida, por más rapidez que le imprima a su andar, no logra aventajarse a mi ventana, pues ésta crece junto con lo manifestado, anticipándose, incluso, en forma de premisa cuando la comprensión le acompaña. Se trata de un libro viviente, de una página con fondo animado, según se le pretenda interpretar o complementar. Por eso, cuando escribo al ritmo del silencioso dictado de mi ventana, logro superponerme a la existencia, me convierto –aunque sea de manera momentánea y subjetiva– en su dueño: modifico a capricho, cual Dios bohemio en busca de placer, todo cuanto resulte opuesto. Gracias a este pedazo de espacio y tiempo que es mi ventana, mi sentir, mi pensar, mi ser, cobra vida en sentido lato.

Tras largas horas de reflexión, concluyo que el gusto por mi ventana, distinto en grado al gusto por la pipa, por la Moleskine o por el mate, obedece a que, además, es una extraordinaria división entre lo propio y lo ajeno, entre las dos realidades que conozco: la mía y la de los demás. Constituye una muralla cuya transparencia, no obstante de marcar una tajante escisión, rompe con la desazón que genera cualquier antagonismo, pues abre paso a la idea de unidad. En consecuencia, mi ventana facilita la conciliación entre lo que pasa y lo que debería –según yo– pasar. A este respecto, desempeña la función de una válvula reguladora que templa mis ideas: cuando los aires son calurosos y la duda se impone, basta con abrir un poco mi ventana para respirar a los demás y hallar alguna solución. Cuando la frialdad se adueña del ambiente y el ingenio germina, me aseguro de cerrar perfectamente mi ventana a fin de evitar toda clase de contaminación profana. Sea cual fuere la temperatura, la intensidad del pensamiento, esta ventana siempre se encuentra presta para encontrar solución.

Quien ose de explorar este excéntrico desfile –ciertamente impelido por alguna clase de liberación– pensará, amén de que la razón decidió abandonarme, que mi ventana efectúa por sí misma todas las funciones hasta ahora descritas: craso error. Todo el que a semejanza mía, ha convivido, e incluso, entablado prolijas charlas con su ventana, sabe a lo que me refiero. Existen momentos, maneras y solemnidades que deben acatarse para experimentar el misticismo confiado a cada ventana, su pena de que por ésta únicamente se contemple la crudeza de la vida, esa cuyo desagradable olor nos remite a la cotidianidad.

En una ocasión, seguro como quien conoce de sobra la lealtad de su compañía, decidí hacer caso omiso de mi ventana como fuente de inspiración: no la contemplé en absoluto en tanto escribía. Al principio, lo confieso, todo marchaba con normalidad: la mente se movía con las revoluciones de costumbre; con paso modesto pero seguro. Sin embargo, como hoy lo advierto, estos primeros momentos de indiferente calma eran tan sólo parte de la sesuda trampa orquestada, en efecto, por mi propia ventana.

Tuvieron que transcurrir menos de dos horas para que el ambiente, con todo y mi ingenio –que para entonces revoloteaba por encima de la mollera, cual santifica aureola–, comenzara a oscurecerse de una manera tan tenebrosa que a mi mente vinieron, repentinamente, aquellos primeros recuerdos de cuando el salón de clases se eclipsaba ante la –francamente odiada– necesidad de reunirse con los demás para trabajar en equipo. Sabía perfectamente que era mi turno: con una significativa porción de tabaco –suave hierba de sabor afrutado, según recuerdo– cargué la cazoleta de mi pipa. Simulando indolente soberbia, comencé a fumar y a dibujar con las bocanadas de humo distintas figuras amorfas. Sentía su mirada clavada en mi cuello. La ventana, sabedora de mi proceder, analizaba con detalle y con cierto aire triunfal, cada uno de mis fingidos movimientos, deseosa de que en cualquier momento manifestase mi rendición.

Al cabo de una hora, las circunstancias eran distintas, más engorrosas: los sesenta cadáveres de los minutos extintos me miraban suplicantes. La blancura de las páginas exigía, desesperadamente, una dosis de inspiración. La nula amargura del mate me decía que era momento de tomar una decisión: las cosas no podían continuar así. Ya me había quedado claro: no hay que menospreciar nada en esta vida, y menos a mi ventana. Pero, ¿y mi honor? No podía simplemente tirarlo a la borda. Sí, mi ventana era… mi ventana, con todo lo que ello supone y que ha sido bastamente explicado líneas atrás. Por mi parte, yo era… yo, con todo lo que en ese momento… ¿en serio implicaba algo? Y sí, como es de suponerse, frente a esta pregunta no tuve más remedio que declinar. El comparativo me hizo pedazos: mi ventana al menos era algo concreto, definible; en cambio, yo no soy más que un costal de dudas; un ente semejante a las relaciones humanas, no por amoroso, sino por inestable.

De suerte que cuando la más pequeña de las manecillas del reloj saltó al siguiente número –pues a consecuencia de la cada vez más lenta producción de ideas, la reflexión decisiva me costó otros sesenta minutos–, con mi derrota a cuestas mire de reojo, como quien se libra de la pena natural de ser observado, a mi ventana. Ahí estaba: sonriendo con soberbia y sarcasmo, a la vez que me mostraba el peor de mis reflejos, la peor de las verdades. Maldito reflejo: tornaba a mi persona en una máquina, en un autómata, y no me gusté. Esa fue la vengativa lección de mi ventana. Concluí que sin su inspiración y, por tanto, sin mi capacidad creadora, quedo a la deriva: vacío, muerto, despreocupado, insignificante.

A partir de aquel instante no deja de sorprenderme la locura que revela quien, abstraído en lo baladí, no se (pre)ocupa, siquiera levemente, por su ventana. ¿Qué clase de loco no disfruta aunque sea un poco de su locura? Sin duda, el que gusta de vivir en la penumbra, cuyo destino se halla en las profundidades y no en lo desconocido.

Quien se pregunte por qué escribir acerca de mi ventana, le sugiero echarle un vistazo al siguiente supuesto: tal vez mi ventana no sólo es una ventana; quizá por ventana me refiero a un concepto que trasciende la literalidad y la inmediatez del término. Acaso quiero aludir a la invención que hay detrás de esta realidad. Probablemente he perdido la razón. Seguramente la razón me perdió a mí.

No importa lo que suceda: esta es mi ventana.

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