Mexicano, no seas malinchista

Por Teolinca Velázquez

 

En este fin de año tuve la oportunidad de visitar Puerto Vallarta, al parecer se ha vuelto una tradición de cada año el ir unos días para allá, sin embargo la mente de cada uno evoluciona mucho a lo largo de 365 días. El año pasado yo sólo podía pensar en divertirme, en amores y desamores y en mi buen amigo el mar; este año mis pensamientos fueron muy distintos a los de entonces pues, preocupada, presenciaba yo una terrible realidad social.

En medio de un clima tan volátil y angustiante como el que estamos viviendo actualmente con la llegada de Trump a la silla presidencial, las críticas recaen sobre la clase dominante que dirige la política mexicana interna y externa. “¡Vendepatrias!” les gritamos porque asumimos que las reformas y los recortes de presupuesto son con el interés de subordinamos al imperialismo. Nos sentimos defraudados de que México nunca ha podido afirmarse sino como el lamebotas de Estados Unidos.

¿Pero nosotros qué estamos haciendo? Les platicaré el panorama que pude observar en Puerto Vallarta. Imaginemos a un gringo rubio de ojos azules, blanco y de complexión un poco más grande que la del mexicano promedio; imaginémoslo parado con su traje de baño y su infalible gorra, un trago en la mano y alrededor de él un grupo de mexicanos aplaudiéndole todas las idioteces que él haga. Cualquier cosa que diga es motivo de aprobación, aunque muchas veces no saben ni qué dice porque entre su inglés, su mal español y su borrachera ni siquiera él mismo sabe lo que está diciendo.

El problema no es él; él se está divirtiendo, viajó muchas millas para llegar hasta acá a divertirse, a pasársela bien. El problema son esa bola de barberos que se pelean por hablar con él, todo el mundo quiere ser amigo del gringo ¿Por qué? ¿Acaso es tan buena onda? ¿Qué diferencia hay entre él y cualquier mexicano o latinoamericano? Porque si un latinoamericano hiciera la mitad de las tonterías que el gringo hace, le diríamos “Ay we, estás todo p*#$5jo” pero si el gringo lo dice “Maravilloso, qué gracioso eres, eres la onda.”

En la pista de baile habían un par de chicos latinos que acapararon la pista para bailar electrodance, lo hacían muy bien, pero al acaparar la pista se ganaron a desaprobación de todos los presentes, ninguno se quería parar a bailar con ellos. ¡Ah! pero cuando el extranjero acaparó la pista para bailar su imitación del electrodance -no lo hacía ni la mitad de lo bien que los otros chicos- todo el mundo quiso pararse a bailar con él. Barberos.

Y los mismos empleados del hotel, si un gringo pedía un trago, le preparaban el mejor coctel pero si un mexicano pedía un trago apenas un batido le servían. No digo que tratemos mal a los gringos, sino que tratemos igual de bien a nuestra raza y a nuestros hermanos de Latinoamérica. ¿Por qué el gringo se comporta como amo y señor de la tierra? Por aquellos alrededor de él que le dicen que todo lo que hace está bien. Que le aplauden cada palabra, cada gesto, todo lo que de él salga es magistral y no porque él se lo merezca sino por el simple y llano hecho de haber nacido en los Estados Unidos de América.

Si nosotros deseamos que la clase dominante del país deje de tomar decisiones que favorezcan a otros países mientras nos afecten, quizá tengamos que tener más consciencia de cómo estamos actuando nosotros para con nuestra gente y nuestros hermanos de latinoamérica.


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