Mérito, demérito, compulsión e ignorancia

Por Miguel Téllez

 

En este escrito hablaré del mérito, demérito, compulsión, ignorancia y responsabilidad en la ética. Sin duda son muchos conceptos, aunque considero que son de fácil manejo a primera vista, después vienen las complicaciones.

En muchas ocasiones mostramos admiración e incluso expresamos nuestras reverencias hacia personas que realizan acciones que creemos merecen reconocimiento. Así las cosas, predicamos el ‘mérito’ a la persona que ejecuta determinadas acciones admirables. Es así como entenderemos ‘mérito’. Debe quedar claro esto, ya que ‘hacer méritos’ se suele usar para hacer referencia a quien hace ‘favores’ o acciones correctas según los fines que desea conseguir: y bien puede ser el caso que alguien no mire de buena manera esos méritos. En cambio, aquel que merece mérito es porque cualquier persona más o menos informada e imparcial considera que ha hecho más que sólo su deber. Aquel que arriesga su bienestar para salvar la vida de otro se gana el mérito moral de la gente. De lo expuesto, se sigue que quien sólo cumple con su deber no merece mérito. Por ejemplo, en circunstancias comunes: ceder el asiento a un anciano, mujer embarazada, persona que carga a un bebé; cualquier persona podría hacerlo, así que no merece alabanzas ni aplausos por su acto.

Ya que mencioné el ejemplo de ceder el asiento, lo que sí se puede seguir según lo expuesto, es que quien no cumple con esa simple norma moral –ayudar a quien lo necesita- merece reproche o se gana el demérito. Considero que la gran mayoría conoce este escenario que he dibujado: en mi caso, viajo cinco días a la semana en metro y me sorprende ver que algunas mujeres no ceden su asiento a quien lo requiere, lo mismo para jóvenes o adultos hombres. Quien no cumple una norma sencilla, que cualquiera podría realizar en circunstancias similares, gana demérito. Ahora bien, supongo que tienes la inquietud que dice: pero no todos pueden cumplir normas, sea por impedimentos físicos o hasta psicológicos. Es aquí donde entra la compulsión.

¿Bajo qué circunstancias una persona no puede ser acusada como culpable por realizar una acción que consideramos incorrecta? Suelen invocarse dos razones: compulsión e ignorancia. La primera quiere decir que la persona no pudo evitar realizar la acción, en cambio,  la segunda implica que la persona no conocía rasgos relevantes en la acción que cometió.¹ Por ejemplo: imaginemos que alguien le dispara a una persona y ésta muere. Por compulsión, puede ser que quien sostenía el arma tuvo la mala fortuna de que se le resbalara dicho objeto, y cuando quiso sujetar de nuevo el arma, disparó. Cabe aclarar que ‘compulsión’ se entiende en este contexto –y siguiendo el texto de Atkinson- como una circunstancia que no está en las manos de alguien poder controlarla, esto es distinto de la definición que suele dársele a ‘compulsión’ como un impulso o inclinación por algo o alguien. Ahora bien, por ignorancia, puede ser que no supiera que se trataba de un arma de fuego real. Sin duda el ejemplo puede ser criticado: ¿quién se pone a jugar con cosas como armas de fuego que pueden causar daño? Pero la idea es para dejar claro que bajo esas dos circunstancias no se culpa al agente que realiza la acción. De esto no se sigue que sea totalmente inocente la persona, ya que, entonces, muchos se excusarían de sus actos incorrectos invocando ignorancia o compulsión. Un caso interesante es el de la compulsión psicológica. Pero antes, otro ejemplo: imaginemos que alguien se ahoga por el lago que está cerca camino a casa, pero es el caso que tú no sabes nadar, estás en silla de ruedas –y no sabes nadar- o algún impedimento físico: en estos casos tampoco te ganas del demérito ni de culpa. Así que hay compulsión física, y ahora sí veamos qué hay de la compulsión psicológica.

Hay quienes creen que las personas son responsables de sus actos en tanto que no estén bajo coacción externa.² Sin embargo, a veces experimentamos estados mentales que nos pueden impedir realizar una acción: como tener miedo. O incluso hay casos más complicados: como las personas que tienen alguna enfermedad mental. Quienes padecen de algunas complicaciones psicológicas, ¿deberán estar exentas de culpa moral? En el caso de fallas jurídicas –como cometer algún delito-, esas personas no suelen ser encarceladas, sino enviadas a centros que trabajan con enfermos mentales. Sin embargo, en el ámbito ético –como realizar alguna acción correcta o incorrecta-, ¿tienen culpa o quedan ‘fuera’ parcialmente del mundo moral?

Además de que la pregunta anterior es compleja, suele desconfiarse en ocasiones de las compulsiones psicológicas porque la gente podría fingir algún trastorno. Además de que observar tales ‘trastornos’ requieren de tiempo, como darse cuenta que padeces depresión o es simplemente falta de algún suplemente alimenticio para tener más energía. Para ir finalizando, ahora pasaré a la idea de responsabilidad.

En los casos que he descrito, de alguna manera u otra los agentes son responsables de sus actos. Que tú te equivoques en el examen de matemáticas por haber omitido un signo o que al intentar ayudar a alguien lo termines afectando, te hace responsable en algún sentido. Seguramente la intuición común es que no eres responsable porque no dependía de ti algo como ser lógicamente omnisciente –para no errar en matemáticas- o como predecir el futuro -¿cómo ibas a saber que tu ayuda sería perjudicial?-. Sin embargo, algunos recurren a la idea de que al tener motivos por realizar algo, ya te compromete a asumir lo que resulte. Otros dirían que si bien debes asumir lo que resulte, de eso no se sigue debas responder por casos extraordinarios. Es un problema de vaguedad: ¿dónde poner el límite? En la vida cotidiana solemos experimentar estos asuntos cuando criticamos elogios innecesarios, o cuando no sabemos si de verdad somos responsables por algo. Las dudas podrían no ser fáciles, sin embargo, requerirá de un examen minucioso para determinar alguna respuesta.


¹ Ver., Atkinson, R.F, La conducta, introducción a la filosofía moral, {Trad. De Ma. Elena Madrid y Graciela Hierro}, Instituto de Investigaciones Filosóficas UNAM, México, 1981, p.41.

² Ibid., p.42.


Imagen: http://www.ea4td.es/aplausos/

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