Me dueles, Guerrero

Por Teolinca Velázquez

 

Tenía muchos años sin pisar Acapulco, diez para ser exactos. Las memorias, quizá ya borrosas, que mi adolescencia me confería distaban mucho de la realidad que me encontré; proveniente de la Ciudad de México, acostumbrada a la zona turística, indudablemente tuve que sufrir un despertar toda vez que sus ojos testifiquen que el recuerdo es sólo un sueño y la experiencia quisiera uno que fuera parte de la imaginación, parte de una pesadilla que se disuelve después del abrazo amoroso, pero no, es real y nos está alcanzando.

Felipe Calderón llegó a la Presidencia en Diciembre del 2006 y al 11 de ese mismo mes se le conoce como el inicio de la guerra contra el narco, por lo que es posible que yo en ese mismo mes pero del año 2007 ya haya presenciado el desfile de camionetas con militares que ahora son pan de cada día en la bahía de Acapulco. A pesar de ello, ahora en 2017, considero intolerable que en ambos costados de la puerta de un CENDI tengan que posicionarse dos militares con sus armas en mano; los niños que acuden diariamente a ese lugar crecerán concibiendo la presencia del ejército empuñando su armamento como algo normal y, lo que es peor, como una señal de seguridad.

¿Por qué digo que es peor? Porque ante la inseguridad que azota a nuestro país, especialmente al estado de Guerrero, los ciudadanos vamos a entender la presencia del ejército como un alivio, incluso habrá quienes lo pidan o lo exijan y se maneje como una necesidad de la población ante los altos índices de violencia que estamos viviendo. Podría manejarse también como un sinónimo de apoyo por parte del Estado hacia su desesperada población, la famosa mano tendida.

Pero no necesitamos ir tan lejos para conocer las fatídicas consecuencias que pueden haber cuando por medio de la presencia del ejército  y la policía se recrudece el ejercimiento del poder: Madera, Tlatelolco, Los Halcones, Acteal, Atenco, Ayotzinapa o Nochixtlán son sólo ejemplos de pasajes históricos en los cuales la población ha sido víctima del abuso del poder y ha caído muerta con esas mismas armas que ahora se presentan como símbolo de protección a la comunidad infantil que cruza las puertas de aquel CENDI en Acapulco.

¿Qué podemos esperar si nuestra población aprende a confiar en el ejército? Esta confianza no sería tan mala si el Estado Mexicano no se concibiera a sí mismo todavía como el estado paternalista que nació con el milagro mexicano, ese padre autoritario, violento y represivo que cree saber lo que es mejor para su población incluso aún más que los mismos ciudadanos, a los cuales el padre ve como los hijos ignorantes, analfabetos y salvajes que no han querido cobijarse en la tierna mano que el dulce padre extiende.

¿Qué podemos esperar entonces? Represión. Si el hijo pródigo aprende a confiar en su  padre, lo que va a suceder es que toda vez que exista un foco que ponga en riesgo la vida del padre, éste mandará a su ejército y a su cuerpo policíaco para apagarlo con violencia como siempre ha sido, y el hijo lo verá normal porque confiará tanto en su padre que sabrá primeramente que se actúa así por su propio bien, que las muertes se justifican porque vamos a estar mejor.

Y así, el dulce viaje a Acapulco se tornó amargo pues ¿Cómo cerrar los ojos a la realidad?, ni las hermosas aguas de la mar podrían borrar lo que existe del otro lado de la vacación. ¿Cómo dar la espalda a una verdad que se expresa a gritos que serán silenciados? En Guerrero  el pasado y el futuro convergen como un fantasma por sus calles. El pasado y el futuro son uno mismo en el presente y nos asustan con un grito ensordecedor que dice: “¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será, ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol.”


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