Más allá de la tragedia

Por Alexis Bautista

“Hay hombres que luchan un día y son buenos,
hay otros que luchan un año y son mejores,
hay quienes luchan muchos años y son muy buenos,
pero hay los que luchan toda la vida,
esos son los imprescindibles.”
—B. Brecht.

En el pasado terremoto (del —otra vez— 19 de septiembre, pero de 2017) que aconteció en México pudimos ver dos caras de nuestra sociedad: la empática y la prosaica. La sacudida auguraba ser un parteaguas en nuestro comportamiento como sociedad, ¿realmente lo fue?

Como ya todos sabemos, luego de este fenómeno natural que provocó fuertes daños en distintos Estados, incluyendo la Ciudad de México, pudimos ver muestras de solidaridad y empatía de la sociedad hacia las personas que salieron más afectadas. Desde la Ciudad de México se puede decir que parte del caos generado en las calles, se debió a la aglomeración de personas que de distintas formas tenían la necesidad de brindar su ayuda: removiendo piedras de los escombros para buscar a personas aún con vida; ayudando a direccionar el tránsito en las calles y avenidas; preparando comida gratis para rescatistas y voluntarios; prestando sus casas para que quien quisiera pudiera utilizar los baños; abriendo las contraseñas de internet para quienes lo necesitaran y un sinfín de formas de ayuda que la gente ofrecía en esos momentos de necesidad. Ver estas muestras de solidaridad hacía a uno sentirse contento por poder contar con personas que, aunque ajenas entre sí, brindaban ayuda de corazón.

Lamentablemente también pudimos ver la antítesis de estos actos. Nos tocó enterarnos, por ejemplo, de que, penosamente, algunos de los víveres para los damnificados estaban siendo revendidos en las calles, que, cuando no la sociedad, la vileza de estancias gubernamentales en algunos Estados se adueñaban de ellos (evidentemente con fines partidistas); que algunas personas que ayudaban a quitar escombros lo hacían con la intención de ver qué objetos valiosos, propiedad de las víctimas, podían hurtar; y —por no dejar de describir y criticar el menor de los males, creo— gente que hacía alarde en redes sociales (con todo y su respectiva selfie, ¿cómo no?) de estar brindando ayuda. Alguien podría discutir que ese tipo de actos rapaces y deleznables fueron los menos y que debemos mejor fijarnos en los actos buenos. Por el contrario, yo creo que estos actos ignominiosos deben ser el centro de atención siempre, para buscar erradicarlos; pues lo que revelan es la descomposición y enfermedad que hay en gran parte de esta sociedad y, como a cualquier otra enfermedad, hay que atacarla. Pero, efectivamente, ambas situaciones deben atenderse.

He tenido la oportunidad de colaborar, de alguna u otra forma, con organizaciones que trabajan para transformar el egoísmo colectivo e individual en altruismo, y así pasar de ser una sociedad llena de defectos a una sociedad de ciudadanos permanentemente virtuosos. Los colaboradores (casi todos jóvenes, dicho sea de paso) de asociaciones civiles como el Ateneo Nacional de la Juventud, Enseña por México, La Vaca Independiente y Ollin (por mencionar solo algunas de estas asociaciones) se levantan cada día con la firme convicción de que el cambio en los paradigmas sociales —la corrupción vista como algo cultural, por ejemplo— es posible. Acciones tales como la observación ciudadana a políticas públicas en materia de juventud; el esfuerzo por mejorar la calidad en la educación en México; el acercamiento del arte a la sociedad como vehículo para mediar en el conflicto y, por último, la búsqueda en el empoderamiento de jóvenes para promover su participación activa en sociedad son algunas de las acciones que promueven la solidaridad, el altruismo y la filantropía en México. El trabajo diario de quienes colaboran en estas asociaciones demuestran dos cosas: 1) que para la transformación social no se requiere de caudillos, hace falta voluntades y 2) que este esfuerzo no se acota a una fecha o a un siniestro, porque el éxtasis colaborativo se marchita con voluntarios de ocasión —y cuando no, se deja ver la parte más vil del ciudadano.

Si bien es bueno saber que gran parte de los mexicanos es solidario ante la adversidad, no quiero pensar que las catástrofes naturales son la condición necesaria para que podamos volver a ver el rostro amable que mostramos el pasado mes de septiembre. Por otro lado, tampoco concibo la idea de ver que meses después el mismo voluntario que estuvo salvando vidas, riña o saque ventaja de otro mexicano en las calles. Del soez que se aprovechó también en medio de la tragedia (digo ‘también’ porque seguramente en otros momentos los hace y lo seguirá haciendo) no espero mucho, sino, al menos, el saludable contagio por las acciones buenas que lo alejen de su cualidad bestial.

Si realmente queremos generar un cambio como sociedad, hay que entender que debemos ir más allá de la tragedia. ¡No basta con ofrecer un momento de empatía, se requiere de un esfuerzo mayor (toda la vida) para ser imprescindible!


Imagen: https://erizos.mx/curiosidad/2017/09/26/simbolos-esperanza-mexico-puno-arriba-frida/

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