Manifiesto a la juventud mexicana

Hugo Abraham Sánchez Mestizo

 

Por más que la abstracción irrumpa los inveterados límites de nuestro ser para situarnos en la más difusa de las utopías, no podemos negar el gregarismo inherente al ser humano. Es posible renunciar a nuestras insignes facultades humanas, a nuestra identidad, a nuestro honor e, incluso, renunciar a la propia vida, pero jamás podremos deshacernos de nuestra naturaleza social. De hecho, el hombre ermitaño, al alejarse de la sociedad, no hace más que reconocer la importancia de ésta y, sin siquiera saberlo, dicha negación lo integra a otra colectividad, sí, de anacoretas, pero al fin y al cabo sociedad. El hombre es un ser tan esencialmente y tan necesariamente social que, cuando niega a su sociedad, esta negación, per se, ya es el núcleo de una nueva sociedad.

Invariablemente esto nos conmina a sopesar el ingrediente social a la hora de escudriñar el ministerio del joven, razón de ser que, al mismo tiempo de justificar su origen, traza el cauce de su acción y de su devenir, puesto que el joven comprometido encontrará la dicha y la excelencia si, y sólo si, su perfeccionamiento individual es diseminado por todo su entorno.

Y es que pensémoslo: si la trascendencia social no es la premisa impulsora de nuestro proceder existencial, nos convertiríamos en perjuros individuos, en falsos predicadores de la virtud, en peligrosos promotores del egoísmo y, en fin, en todo aquello contra lo que la humanidad ha declarado la guerra.

Sostengo que la actividad del joven debe intervenir poderosamente en la vida. El joven, en sí mismo, es un germen del cambio, ya que su pensar se traduce en ser y actuar. Un verdadero joven debe cambiar la realidad, ser el cincel con el cual se labrará el mejor futuro, la morada del mejor hombre. Labor que evada estos objetivos puede convertirse en pura distracción, en mero ocio, y, lo que es peor, puede ser cómplice de los males de la sociedad.

Nosotros, los jóvenes, no podemos sino ser congruentes con nuestra misión emancipadora e influir en la sociedad para que, de esta manera, se hable de una emancipación a escala colectiva; sólo así lograremos sentirnos orgullosos y alcanzaremos la gloria, no por el reconocimiento ni por los triunfos, sino por la mera satisfacción del deber cumplido.

Observemos emotivos, pero también con cautela, el ejemplo que a su paso por el mundo legaron los grandes hombres a quienes debemos buena parte de nuestro presente, a fin de que sus ideas y lecciones, lejos de suponer un pernicioso historicismo, un cómodo estancamiento, amalgamen el proyectil disparado a través del fusil empuñado por todo joven. Recordemos la profunda enseñanza de Mahatma Gandhi cuando dijo: “Dicen que soy héroe, yo débil, tímido, casi insignificante. Si siendo como soy hice lo que hice, imagínense lo que pueden hacer todos ustedes juntos”. Evoquemos con fuerza el inquebrantable espíritu libertario de José Martí y hagamos realidad su pensamiento en el sentido de que “el único autógrafo digno de un hombre es el que deja escrito con sus obras”; pues, como enseñó Benito Juárez, “los hijos del pueblo nunca podemos olvidar que nuestro único fin debe ser siempre su mayor prosperidad”, al grado de que, cual Ignacio Ramírez “El Nigromante”, hemos de sentenciar que “nunca hay nada excesivo cuando se trata de servir bien a nuestro país”; o bien, cual Simón Bolívar, habremos de despreciar los grados y distinciones para “aspirar a un destino más honroso: derramar [nuestra] sangre por la libertad de [nuestra] patria”. ¡Sí!, rindamos honor a quien honor merece, pero que ello no justifique nuestra pasividad.

Estarán de acuerdo conmigo, jóvenes comprometidos, que hoy, más que nunca, la sociedad clama nuestra intervención y, sin embargo, no hemos mostrado más que una sistemática indiferencia. Por eso, si se me cuestiona “¿Cuál es el papel social del joven mexicano?” Respondo: ser un eminente constructor de realidades motivado por el amor al progreso; amor que abandonará el terreno de las ideas para cobrar vida material, en la media en que trabajemos en beneficio de nuestra sociedad.

Somos parte de una época de singular riqueza: nadie estará en desacuerdo con que caminamos por encima del campo de cultivo de las virtudes y que, por lo mismo, debemos sentirnos afortunados, pues gran parte del éxito yace en nuestra voluntad. Recordemos la grandiosa y sugerente frase con la que el médico que vio morir a Benito Juárez sintetiza el destino de todo aquel hombre de bien: “¡Gloria imperecedera para quien la naturaleza hizo nacer pequeño y para quien su virtud hizo morir grande e inmortal en la Historia!”.

Así, entendiendo que todos los casos en los que la palabra no marca una diferencia, no propone un matiz, no objeta algo, el hombre calla, déjenme lanzarles un exhorto: trabajemos ardua y permanentemente para recobrar esa fuerza que caracterizó por tanto tiempo a la juventud mexicana. De nosotros depende.

Démosle la espalda al ser y aspiremos, no al deber ser, sino al mejor ser; solo así podremos ayudar a nuestros contemporáneos. Si a esta existencia venimos a cumplir o no con un destino, eso no tiene mayor importancia: si no estamos predestinados, construyamos el mejor de los destinos; si, por el contrario, estamos predestinados a una elevada misión, cumplámosla y justifiquemos nuestra existencia. El mal radica en observar y no hacer nada.

“Otra vez será así, otra vez serán así las cosas, en otro tiempo, en otro lugar. Lo que se hacía hace mucho tiempo y que ahora ya no se hace, otra vez se hará, otra vez será así, como fue en tiempos muy lejanos. Los que viven hoy, otra vez vivirán, otra vez serán”. Esta es la admirable profecía dejada como testamento en el Códice Florentino por los antiguos mexicanos: el pueblo azteca. ¿No sentimos acaso un lejano llamado que nos incita a devolverle la grandeza que caracterizó durante mucho tiempo a nuestro pueblo? Hagamos el cambio. Si no es ahora, ¿entonces cuándo? Si no somos nosotros, ¿entonces quiénes?

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