Malos perdedores

Por Brandon Ramírez

Aunque la derrota es intrínseca a toda competencia, y ésta es parte importante de nuestro mundo contemporáneo, pero muy difícil de aceptar por muchos. Ya sea en los deportes, donde se puede culpar a los árbitros, jueces, comportamientos antideportivos de los rivales antes que aceptar que otro te ha ganado, o bien, como lo vimos recientemente y a lo largo de los últimos años, en nuestras elecciones.

No deja de ser importante resaltar que en muchas democracias el propio día de la elección, el vencido suele reconocer públicamente al vencedor; no podríamos decir que es algo inherente de este tipo de régimen político el desconocimiento del resultado. En nuestro caso esto es más la excepción que la norma. Lo peor, es que muchas de esas derrotas en las urnas llevan dentro de sí victorias o reivindicaciones que son en sí mismas importantes como señales del mediano o largo plazo para los proyectos políticos particulares, y son eclipsadas u obviadas por estas denuncias. Enmarcar la propia derrota dentro de una lógica discursiva conveniente, debería ser más bien la opción en estos casos, sin descalificar el proceso electoral mismo.

Mucho se apunta a las prácticas clientelares que se viven no sólo en los tiempos electorales, la búsqueda de incentivar votos hacia un partido por distintos mecanismos, la de inhibir la participación por otros, el uso de recursos que quedan fuera de la fiscalización, el desvío de recursos de otras instancias hacia las campañas, y un largo etcétera, en el que recurren casi la totalidad de los partidos, siendo una obviedad que quienes más acceso a recursos y puestos públicos tienen tienden a hacerlo más.

Nuestro sistema electoral se ha buscado que logre regular y cortar todas estas conductas, pero aquello es una aspiración que ha quedado lejos de alcanzarse. Ahora se habla de la necesidad de desregular y buscar disminuir los recursos de los partidos como una de las tareas más apremiantes a abordar.

Mientras tanto, seguimos teniendo procesos electorales en que siempre se pone en tela de juicio a las autoridades electorales, sus mecanismos de conteos y estimación de resultados preliminares dados a conocer a horas de las elecciones, y se declaran ganadores los punteros como la norma, apelando a sus propios conteos. No se entiende esta precipitación sino es dentro de la lógica de una continuación de campañas electorales de más largo plazo como los procesos presidenciales donde estas acusaciones forman parte del discurso, o para buscar presionar (como si ello cambiara el resultado que ya está escrito en las miles de actas de cada casilla) la declaración de ganador.

Es cierto que una condición indispensable para que haya elecciones democráticas es que la cancha esté pareja entre todos los contendientes. En ese sentido el hecho de que los partidos con más estructuras y acceso a recursos, que de manera ilegal son utilizados para impulsar campañas parten con ventaja, con más razón si se tiene acceso al poder ejecutivo federal, o uno de los estados con mayor presupuesto, tiendan a inclinar la balanza a partir de esto, será siempre censurable, y debemos encontrar la forma de que esto sea cada vez más costoso en búsqueda de su inhibición.

La participación de nosotros, los ciudadanos, en los procesos electorales, de aumentar, podría ser una de las formas más inmediatas de hacerlo. En fechas recientes varios analistas han señalado que si votaran 80% de las personas, y no sólo 40%, sería mucho más costoso, menos redituable y más azaroso buscar inclinar una elección a través de estos mecanismos fuera de las instituciones. Puede que tengan razón.

El día que en una serie de elecciones competidas, con un margen estrecho, el candidato perdedor reconozca su derrota el mismo día, y no autoproclamación de victoria de nadie, sin datos oficiales, quizá estemos más cerca de ser una democracia consolidada. Para ello sería previamente necesario una confianza plena en las instituciones electorales, como aquellos primeros años del entonces Instituto Federal Electoral (IFE) con su primer Consejo Ciudadano. Quién sabe si nos toque ver ese día, o lo que vemos cada jornada electoral es una huella perenne en nuestra democracia, y habrá que vivir con ella.


Imagen: http://cdn.urgente24.com/sites/default/files/notas/2016/12/04/jaque_mate.jpg

Comentarios

Comentarios