Loving Vincent: Una Carta a la Salud Mental

Por Elisa Horta

Seis años de trabajo, ciento veinticinco artistas de todas partes del mundo y más de sesenta y cinco mil imágenes diferentes son el resultado de un trabajo completamente hecho de amor, la película Británico-Polaca “Loving Vincent”.

Estrenada apenas el año pasado esta obra de arte le ha dado vueltas al mundo por su hermoso concepto de animación y la desgarradora historia que ha contado sobre uno de los artistas más célebres de todos los tiempos, el impresionista Vincent Van Gogh.

Conocido por el mundo y generalmente malinterpretado por el mismo, Van Gogh es identificado en todas partes del planeta occidental por su “Noche Estrellada” que hoy en día cuelga en las paredes del MoMA en Nueva York. En otros rincones del globo harán referencia a su oreja  y puede que otros pocos hagan mención de su  museo amurallado por girasoles. Sea cual sea la razón por la que recordemos al pintor holandés, vale la pena recalcar el fuerte esfuerzo que ha hecho la película en cuestión por demostrar que más allá del arte había un hombre. Uno, que como muchos, sufría y luchaba por su día a día.

Y un hombre que su película homenaje, Loving Vincent, ha logrado de manera muy acertada pintar una imagen válida y verídica sobre la salud mental.

Las grandes industrias de películas y series han fallado constantemente en tratar el tema del suicidio y la depresión, problemas tan actuales y relevantes que siguen siendo tratados con un tabú sorprendente cuando lo que más necesitan es ser despojados de ese mismo estigma que tanto daño hace en una sociedad poco o muy mal informada sobre el tema. Vemos muertes dramáticas y amores que nunca llegaron a consumarse por enfermedades mentales erróneamente descritas, vidas que son salvadas con un beso y otras que se pierden por la falta de tacto de un guionista o director al intentar hacernos comprender que es lo que pasa cuando se está peleando por la vida.

Pero Hugh Welchman y Dorota Kobiela, encargados de la realización de este maravilloso filme, decidieron mostrarnos que el entretenimiento no es cruel y tiene un lado consciente y respetuoso ante los males más grandes de la actualidad.

Muchas personas pueden llegar a considerar a Vincent como un loco, después de todo ¿quién se cortaría una oreja para entregársela a una prostituta? ¿Quién cometería suicidio cuando estaba trabajando tan arduamente por hacer algo que amaba y le apasionaba? Solo una persona sin cordura, claro.

No obstante no es eso lo que pasa, Loving Vincent nos ha demostrado con guiones sensibles y  escenas cargadas de sentimiento que es lo que puede pasar en la vida de una persona suicida, de esas cuyos problemas mentales están tan fuera de nuestro alcance y comprensión al punto en el que pensamos que somos unos completos extraños a la lucha diaria de las personas que padecen de éstas condiciones tan delicadas como reales.

Reconoce cuán frágiles somos las personas, identifica nuestros problemas y no teme en poner de frente y exhibir los temores y las inseguridades de tantas personas. La película sabe exactamente cómo rompernos porque toca aquello que nadie más ha alcanzado por simple miedo. La escritura de los diálogos de los personajes es lo suficientemente fuerte como para sentir que se dirigen hacia nosotros mismos y los problemas que cargamos diariamente, y lo logra porque así como ve el lado oscuro de nuestra existencia también es capaz de tomar lo bueno que hay en nuestro interior y exponerlo ante los espectadores del otro lado de una pantalla.

Esta película tiene todos estos poderes que parecen mágicos cuando en realidad solo se trata de un muy buen trabajo de escritura y un acercamiento incomparable a la naturaleza humana. Toma forma y se solidifica al actuar como espejo, reflejo de todos aquellos sentados en la butaca y de uno de los artistas más icónicos de todos los tiempos.

Aquí es donde resalto que mucho del crédito ante el maravilloso logro de conexión con nosotros es ahí en dónde somos capaces de identificaros con el pintor, pues la mitad del trabajo considero que ya está hecha por demostrarnos a una de las mentes más maravillosas con todos sus colores. Desde los vívidos amarillos de sus logros y sus felicidades hasta los abrumadores negros de su duda y dolor. El haber tenido la capacidad de contrastar a Vincent Van Gogh en su interior como con nosotros mismos, de tal manera ha logrado que veamos esta película con los ojos llenos de lágrimas, expone de manera cruda y real que incluso aquellos con el talento más grande del mundo, con la habilidad de tomar imágenes sencillas y mundanas en obras de arte arrebatadoras, sufren y tienen problemas ante la realidad del mundo.

Y es también consciente de que este mismo, generalmente, no tiene ni la más mínima idea de que todo esto está sucediendo dentro de muchísimas personas. Hay personajes inconscientes e ignorantes, sin querer o de manera completamente intencional. Son aquellos que vemos constantemente y con los que nos enfrentemos la mayoría del tiempo. No son ajenos a nuestra realidad y tampoco lo son ante la película y lo que sea que haya pasado en la historia del pintor. Están ahí no como pruebas si no como meros elementos de una verdad que muchas veces resulta más pesada de lo que nos atrevemos a considerar. Y está bien, no todo está bajo nuestro control.

Loving Vincent gira alrededor de la tarea del hijo de un cartero por entregar eso mismo, una carta tan personal como todas las demás del artista para darle paz tanto a su memoria como a su padre y, en una instancia final, a él mismo. Se trata sobre una historia de vida.

Y no, necesaria ni exclusivamente, la de Van Gogh.


Imagen: http://blogs.alfayomega.es/laventanaindiscreta/loving-vincent-si-van-gogh-hubiera-hecho-cine/

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