Los laberintos de la libertad

Por Mónica Vargas

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura.

Un clásico laberinto borgiano, un antiguo mito griego y un sueño esperanzador son los que le dan vida a “La casa de Asterión”. Este cuento escrito en 1947 por el argentino Jorge Luis Borges, representa perfectamente una línea narrativa entre lo fantástico y lo real (en un sentido puramente alegórico) de nuestra naturaleza humana.

El narrador protagonista es la voz recuperada del minotauro que en la mitología griega fue escondido en un laberinto construido por Dédalo y más tarde asesinado por Teseo. La diégesis se construye a partir de las descripciones de nuestro personaje a partir de su visión respecto a lo que él llama “su casa”, de la cual jamás ha salido a pesar de su falta de puertas:

“Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz  de la tierra.”

Lo cual se convierte en una perfecta metáfora de la libertad: cómo el individuo es capaz de edificar barreras mentales encerrándolo en ideas, creencias o juicios, y al mismo tiempo impidiendo su propia escapatoria. Freud, en su teoría del psicoanálisis, propuso a la consciencia humana una división de tres fases: consciente, preconsciente e inconsciente (yo, super yó y ello, respectivamente), y es totalmente racional el foco de atención que una de estas fases tiene en determinados momentos de nuestra vida; en este sentido, podemos ver el cómo Asterión era dominado por un super yó tirano, algo así como un abogado interno que le impide ver el mundo desde otra perspectiva porque nunca ha visto la salida a su propio laberinto, a su casa. Y en vez de ello crea un mundo imaginario, es decir, mejora su constante degradación de prisión y esclavitud:

“Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan.”

Borges leía desde muy niño mitos griegos e incluso a los 7 años escribió en inglés un resumen de ellos, lo cual explica su interés por recuperarlos en sus propios relatos; por otro lado cuentan sus biógrafos que la casa de su infancia era demasiado grande, al grado de perderse continuamente dentro de ella: probable razón de su interés insaciable por el tiempo y los laberintos. En “La casa de Asterión”, nuestro autor utiliza el símbolo del laberinto como mecanismo de búsqueda y libertad cuando relata la ceremonia, manejado en su entendimiento como parte de la grandeza de un redentor, ignorando que solo era parte del trato de su padre Zeus: alimentarlo con seres humanos.

“Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos.”

En este mismo momento, entiende a la muerte como la liberación del sufrimiento, misma que espera de del ser supremo y que finalmente “consigue” cuando es asesinado por Teseo:

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.

-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió. 

Es fascinante inferir la muerte en el cuento sin leer con exactitud esa descripción y aludo a la magnitud del relato Borgiano, pues ya lo ha mencionado en otras obras: al morir el hombre se libera de sufrimiento. Con lo anterior me remito a cuestionar: ¿nosotros también estamos en laberintos? ¿La única liberación de nuestros deseos más profundos e inconscientes es la muerte?

Quiero suponer que en realidad las galerías que nos detalla el minotauro no son limitantes, sino posibilidades de reencontrarnos.


Imagen: http://diario16.com/el-minotauro-en-su-laberinto/

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