Los derechos que queremos, los derechos que necesitamos

Por Brandon Ramírez 

 

Ya hace tiempo se habló en muchos lugares, con cierta ironía e incredulidad por parte de muchos, sobre el proyecto de Constitución para la Ciudad de México. El principal foco de críticas fue el carácter aspiracional y de muy difícil operacionalización de una serie de derechos y máximas que se buscan plasmar al conocimiento, internet, alimentación adecuada, activación física, empleo digno, seguro de desempleo, movilidad, recreación, muerte digna, pensión económica, sexualidad plena, vida sin violencia, etcétera.

Puede que, en efecto, el contexto económico y político de nuestro país impida que, de permanecer estos derechos en el texto que se apruebe y promulgue, puedan llevarse a la práctica de manera inmediata. Sin embargo, toda Constitución debería tener esta cuota de aspiración, ya que es una parte importante de la Ciudad que se quiere construir, no necesariamente un reflejo de la ciudad en su estado actual.

En su momento, hace ya casi 100 años, la Constitución que se encuentra vigente en nuestros días no era más que un cúmulo de aspiraciones, cuya realización ha tardado décadas. En muchos textos académicos se hablaba de ésta como una de las más ambiciosas en cuanto a derechos sociales en el mundo.

Es cierto que un texto constitucional, incluso con la salvedad de que es uno local, no debería incorporar, quizá, derechos más allá de los fundamentales (si bien muchos de los que se plantean en el proyecto pueden entrar dentro de esta categoría). Pero también es cierto que posicionarlos en ese nivel, los posiciona en el debate público en general y legislativo en particular.

Puede que muchas de sus ideas no encuentren eco en otros estados con contextos sociopolíticos distintos al de la Ciudad de México, como fue con el caso de la interrupción legal del embarazo, el reconocimiento a la diversidad sexual, etcétera, pero que sí que sean puestos en algún momento sobre la mesa del Congreso federal o en la Corte, como recientemente ha pasado con algunos de estos temas.

El papel de la literatura y ficción, que construye utopías, no es más que una extensión del discurso del tipo de sociedad que creemos preferible, no necesariamente para nosotros, contemporáneos, sino para las futuras generaciones. Cierto es que una Constitución no es una novela u obra literaria que deba ser construida como tal, pero es ineludible en ella este carácter aspiracional. Dado que, pese a que puede ser reformado (y será así en innumerables ocasiones, casi con toda certeza en los próximos años), no deja de ser un texto fundamental donde se debe plasmar el tipo de Ciudad que queremos construir, con el tipo de derechos que queremos alcanzar.

Que es exagerada la carga de aspiración, quizá es cierto, que deberían limitarse o ser planteados en términos de derechos fundamentales, o bien en derechos más operacionales y sancionables, también. Pero de igual forma, no es desdeñable que un nuevo tipo de derechos sea considerado en los debates legislativos.

El hecho de que haya hecho tanto ruido su incorporación al proyecto de Constitución, nos habla de lo poco normalizada que está esta perspectiva. A fuerza de ser incorporados en los debates y discursos de algunos partidos, probablemente irán normalizándose e incorporándose en nuestros marcos normativos, si bien no la totalidad de éstos, o bien, en esos términos idílicos, sí con cierto sentido de justicia social y reivindicación social.

Casi con certeza la Asamblea Constituyente de la ciudad cambiará y matizará este proyecto, y si bien no ha interesado a muchos, como podemos suponer por la participación electoral para elegir a nuestros constituyentes (aunque podría cambiarse esta perspectiva por el periodo abierto para recibir propuestas ciudadanas que incorporarán al proyecto), será un tema que seguirá presente hasta la promulgación del texto aprobado.


Imagen: http://www.zaresdeluniverso.com/quienes-son-los-constituyentes-de-la-cdmx/

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