Los colores del terrorismo

Por Elisa Horta

El terrorismo es un término delicado pues hoy en día es la única chispa que necesitan cientos de personas para iniciar un ardiente fuego de discusión y debate. Pregúntale a quien quieras, es muy común que cualquiera tenga más que una simple opinión o comentario sobre el tema. Además, entre las crecientes e imparables noticias internacionales que atestan nuestras vidas día con día llegamos a tener una buena dosis, constante también, del tema que preocupa a decenas de países afectados todos los días.

El terrorismo es definido como “el uso ilegal de violencia e intimidación, especialmente contra civiles, con la meta y búsqueda de logros políticos,” no precisamente religiosos, como se ha venido estereotipando desde un fatal 11 de septiembre en que la historia del mundo tanto occidental como medio oriental se vio transformada para siempre.

Es cierto que, sin duda, hoy en día la definición de terrorismo va a girar alrededor de cierta cultura que desgraciadamente se ha visto calificada y etiquetada, de manera increíblemente injusta, como la primer causa de ésta clase de movimientos.

Pero yo, y otros tantos, opinamos distinto. Porque hay que ver más allá de lo que se nos presenta.

Hemos estado escuchando desde octubre del 2001 un término que en nuestro país no es extraño, a diferencia de una sola palabra. La “Guerra Contra el Terrorismo” tuvo un curioso y muy específico objetivo hacia los países que hasta la fecha se ven como los pioneros en éstas prácticas irrazonables del uso de la fuerza. El gobierno americano se dejó llevar por los ataques específicos que había sufrido hace menos de un mes y desde entonces no ha podido dejar a la superficie  de la península Arábiga desde hace ya once años.

Pero, ¿por qué hemos de concentrarnos únicamente en una serie de grupos?

Desde hace siglos atrás las cruzadas las inquisiciones europeas o la Guerra Cristera mexicana, hasta las más recientes matanzas escolares han sido de mano caucásea. Mano Blanca.

El nazismo, las infinitas violaciones al continente África y el arrebato de tierras y culturas nativas desde el norte de América hasta las islas de Oceanía en donde los exploradores y conquistadores han llegado a colonizar una civilización que no les pertenece también es un modelo fuerte e irrefutable de terrorismo. Todos ellos, tal como lo dice la definición ya presentada, fue llevado a cabo con intereses geopolíticos que resuenan incluso en la actualidad. Desde la formación de un país como Rhodesia (creado por la mano empresaria de Cecil Rhodes a base de violencia y miedo) o los genocidios del Congo causados por el rey Leopoldo II de Bélgica (país notoriamente caucáseo), hasta la presidencia americana de un atroz Andrew Jackson. Inclusive el narcotráfico y su desarrollo y extensión desde México y en toda Latinoamérica, por definición, es otro tipo de terrorismo.

Todos estos nombres, hechos, eventos y momentos históricos pertenecen a la misma clase en la que nos hemos encargado de poner a los grupos Yihadistas más perseguidos de la actualidad.

El estereotipo del medio oriente como una cultura de violencia tiene que quedar atrás y borrarse para darnos cuenta de que no son los únicos que presentan y contribuyen a la violencia mundial, pues desde el pasado ha habido otros que iniciaron con los mismos propósitos y de la misma manera. Es cierto que no por esto vamos a negar las distintas crueldades contra el humano que hemos visto con la caída de edificios icónicos, atropellamientos en las calles de París o en las decenas de vidas pérdidas en un club inclusivo, pero el medio oriente no es, ni debe ser, sinónimo de terrorismo.

Ninguna cultura, en realidad, debería serlo.

Si uno de los problemas más absorbentes de las agendas de organizaciones mundiales y países líderes es ésta misma problemática internacional debe ser atacada desde todos lados. Nos solo desde un frente que ya posee un perfil basado en el racismo de la sociedad actual.

El terrorismo terminará con reformas sobre el uso y posesión de armas de fuego que acabará con el acribillamiento de cientos de niños inocentes en sus propias escuelas. El terrorismo acabará cuando los espacios seguros sean realmente seguros, en dónde no haya una ideología de supremacía a partir de un color de piel que en teoría ni siquiera pertenece a muchos de los lugares en los que hoy se encuentra. El terrorismo acabará cuando reconozcamos nuestros propios errores y veamos a nuestro alrededor. Sólo terminará si abrimos los ojos y nos deshacemos de nuestros prejuicios e ideas ya implantadas en nuestra mente sobre culturas, religiones y grupos que han sido propagados por información poco oportuna e incorrecta. Pero, más que nada, el terrorismo acaba cuando la discriminación acabe.

Debemos ser tolerantes, respetuosos y jamás buscar imponer nuestras ideas y creencias sobre otros. Compartir nunca hace daño, pero sólo si se hace desde la correcta perspectiva y nace de la mera intención de dar a conocer, jamás de obligar. Si se obliga, se ataca y si se ataca ya hay un inicio de un círculo de violencia que jamás terminaría solo porque no supimos aceptar a otros por su manera de ser. Mientras una serie de  convicciones nunca afecte al prójimo o a la simple existencia de otro ser humano, el mundo puede comenzar a convertirse en un mejor lugar. Hay que saber hablar y también saber escuchar, ceder cuando hay que ceder y luchar cuando nos resulta completamente imposible quedarnos callados.

Pero no hay nada, nunca lo habrá, que justifique la violencia. Desde sus inicio o los medios para llegar a un fin. No podemos luchar contra el terrorismo si no iniciamos por crear una cultura de atento respeto.


Imagen: https://www.lifegate.com/people/news/7-consequences-muslim-ban-trump

 

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