Lo único, lo plural y lo diverso

Por Brandon Ramírez

Uno de los elementos que comprende el cambio de lo moderno al posmoderno tiene que ver con la concepción que nuestra especie tiene del mundo y de su papel en éste. El mayor reconocimiento de lo diferente, lo multicultural, lo diverso y lo plural ha sido uno de los caminos que desde el siglo pasado ha ido edificándose como parte de esta transformación socio cultural.

La idea de recetas únicas aplicables para todo el mundo, de modelos generales, como los propuestos por académicos para las transiciones a la democracia en Latinoamérica o Europa del este, demostraron que no podían trasladarse obviando los contextos particulares.

En ese contexto, surgieron convenios internacionales como el conocido Convenio 169 de la OIT sobre pueblos indígenas y tribales, que buscaba desde finales del siglo XX reivindicar a los pueblos originarios de territorios colonizados, no obligándolos a incorporar su estilo de vida al del Estado al que pertenecen, sino protegiendo sus rasgos particulares, como en el caso de México, a través de sus usos y costumbres. En este caso, quizá el modelo de Bolivia, que define su Estado como plurinacional, reconociendo el origen histórico que todas las naciones que confluyen dentro de sus fronteras, sea el más icónico.

En este mismo sentido, las grandes iglesias con presencia global han visto como surgen diversificaciones de si mismas con matices para distintas comunidades, y que impiden mantener un modelo único y global (que, por definición, debería ser así, al basarse en supuestos inmutables como mandamientos y leyes permanentes dictadas hace milenios).

Aunado al individualismo, promovido por la economía de mercado y el modelo de democracia liberal que han impulsado los derechos humanos, desde la revolución francesa, pasando por la constitución estadunidense y llegando hasta nuestros días, cada vez más se acepta que las personas somos más plurales y diversas de lo que se aceptaba antes.

Lo más obvio, la apariencia física o el sexo, son barreras que ya se han rebasado (si bien sigue siendo motivo de discriminación, no es comparada en su intensidad de hoy día a la de hace 60 años), y ahora temas como la diversidad sexual y las preferencias sexuales se ponen sobre la mesa, como una pluralidad que debe asimilarse. Las marchas llevadas a cabo en distintos estados del país este fin de semana, dan muestra de la tensión natural ante cambios en las ideas tradicionales, tanto de un lado como por el otro.

Sin embargo, a veces olvidamos que nuestra historia como especie es cíclica, y tendemos a avanzar y retroceder en los caminos que tomamos. El motivo de que la Grecia clásica, sus obras e ideas sigan estando presentes hoy día, es síntoma de ello, a pesar de los siglos de olvido en que se mantuvieron durante el medioevo y los siglos anteriores.

Las ideas del matrimonio romano, y el sentido de las parejas en griegos, obviaban la homosexualidad, y no era considerado algo contra natura o errado, era una parte más de las relaciones sociales (nunca está de más recordar que hay comportamientos que podemos considerar homosexuales en diversas especies animales, por lo que tampoco es algo propio de la humanidad).

El prejuicio se fue construyendo a través de siglos, y hoy en día sigue arraigado en grupos sociales importantes, si bien cada vez se avanza más en su reivindicación.

El permitir a alguien tener un derecho igual al de los demás no debería nunca ser considerado como algo negativo, todo lo contrario. La reivindicación de los grupos que se han excluido porque no encajaban en el esquema heterogéneo de lo que se imponía como dominante, es una labor en la que nos encontramos inmersos.

Por otro lado, el permitir hacer algo no implica obligarte a hacerlo. El permitir la donación de órganos una vez muerto, al dejar tu voluntad explícita, no implica que te obliguen a hacerlo; el tener la posibilidad legal de ingerir algunas drogas como el alcohol, la marihuana o el tabaco, no te obliga a consumirlas, el que exista la posibilidad para las parejas homosexuales de adquirir derechos productos del matrimonio, tampoco obliga a los heterosexuales a cambiar su estilo de vida.

El rechazo a los cambios es comprensible, en especial cuando hablamos de una práctica arraigada profundamente en las ideas de algunos grupos sociales. Lo realmente sorprendente sería que cualquier tipo de cambio en este sentido no generara rechazo en alguna medida. Sin embargo, en los tiempos en que vivimos, la intolerancia y el rechazo a lo diferente, y por no querer comprender que existen estilos de vida diversos, históricamente ha sido superado por la lucha por la reivindicación y la ampliación de los derechos a aquellos a quienes les eran restringidos en otros tiempos.


Imagen: http://www.madeinmobile.es/2015/01/23/5

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