Lo que todas compartimos

Por Elisa Horta

Entre los acontecimientos más destacados de las últimas semanas, nos hemos encontrado con una de las olas de acusaciones sobre abuso sexual más grandes de la historia. Nos enfrentamos a nombres grandes y poderosos, conocidos o desconocidos, impactantes, y todos igualmente culpables. Pero no tiene que ser un Harvey Weinstein, un Ed Westwick ni un Kevin Spacey para que importe.

Desgraciadamente, la mayoría no lo toma así y lo ve con ojos ajenos. Como si fuera un universo alternativo, una realidad lejos de la nuestra.

Pero yo, no.

El acoso sexual es uno de los tantos tipos de violencia que se puede sufrir desde temprana edad, y también de los más presentes en México.

El INEGI lo ha puesto en números para nosotros.

  • En 2011, 3 de cada 100 mujeres de 15 años y más declaró haber padecido algún incidente de violencia, ya sea por parte de su pareja o de cualquier otra u otras personas.
  • 32% de las mujeres han padecido violencia sexual en algún momento de su vida por parte de agresores distintos a la pareja.
  • De octubre de 2010 a octubre de 2011, una quinta parte de las mujeres de 15 y 49 años de edad enfrentaron situaciones de violencia sexual, tales como abuso, intimidación, acoso u hostigamiento sexual por parte de personas diferentes a su pareja.
  • De 1990 a 2015, los suicidios de mujeres aumentaron 4.6 veces

Así, ¿o más claro? No le tiene que pasar a una actriz famosa, a un co-actor o a una modelo de Playboy para que nos llame la atención. Los culpables no tienen que ser millonarios, productores o famosos de ningún tipo. Cualquiera puede ser el culpable, cualquiera puede ser la víctima. Éstos son los números más recientes en nuestro país, números que forman la estadística que se basa en mujeres que se sientan al lado de nosotros en el camión y van con nosotros a la escuela.

Mujeres como mis compañeras de clases.

Soy una estudiante de preparatoria, una adolescente de dieciséis años con una vida bastante normal y esto es lo que he aprendido en el último mes.

Hace no más de un par de semanas varias de mis amigas y yo decidimos salir al pasillo a disfrutar de nuestra hora libre. Como cualquier otro grupo de estudiantes, pasamos más tiempo bromeando entre nosotros que otra cosa, pero de repente la conversación tomó un rumbo mucho más serio. Y preocupante.

“¿No les da miedo irse en camión? O sea, ¿no les dan ‘llegues’ y las agarran de la nada?” Preguntó una de nosotras, como si nada.

Muchas de nosotras nos volteamos a ver con cara de confusión, ¿por qué habría de preguntar algo así? ¿Tan mala fama tienen los camiones públicos?

Pues depende, ¿no?” Contestó otra. “O sea, tiene que ver con si vas parada o sentada. Si el camión va lleno o no tanto, si va rápido o no trae prisa. ¿Sabes?” Eso fue lo que de verdad llamó mi atención, ¿cómo iban a influenciar las condiciones de mi viaje en el camión el hecho de que sea atacada sexualmente? Intenté decir algo, desmentirlo, contra-argumentar, dar mi opinión. Algo.

Es decir, esta es la clase de cosas que no solamente me molestan pero también es parte de aquellas que representan a todo a lo estoy en contra. Es la clase de cosas por las que me levanto y discuto, las que me han puesto ya algunas llamadas de atención en el salón de clase y las que molestan a mis padres. Es justo el tipo de temas que evitan tocar frente a mi porque saben que comienzo a hablar y no me callo hasta que he terminado de defender lo que creo. Es justo lo que me pone a pelearme con cualquiera que se sale con la suya al decir cosas así, porque espero que algún día ya no lo tenga que hacer.

Es precisamente la conversación que se ha estado teniendo desde que las primeras acusaciones contra hombres poderosos comenzaron a salir a la luz. Es exactamente lo que tantísimas mujeres han estado gritando desde hace años y apenas escuchamos el ruido que hace.

Pero luego, todo empeoró.

Ay, pero ya es bien normal. No puedo salir a la calle ni en pijama sin que me chiflen.”

Los taxistas bajan la velocidad cuando estoy caminando por la banqueta.”

No me gusta salir sin mi papá.”

Éramos alrededor de siete u ocho chicas, todas del mismo grupo y de la misma edad, diferentes vidas y diferentes personalidades. Y, desgraciadamente, en ese mismo nos unía una misma característica.

Una vez me metieron la mano en el bolsillo trasero del pantalón.”

Me bajé del carro de un amigo y al lado de mi habían dos hombres manoseándose la entrepierna mientras me veían.

Cuando salía de la secundaria y traía falda a cada rato sentía manos en los muslos cuando iba parada en el camión.”

Todas habíamos sido acosadas y/o atacadas.

Cuando me di cuenta, fue cuando definitivamente no me pude haber quedado callada.

Que mal, ¿no? Que en vez de estar hablando sobre calificaciones o lo que hicimos el fin de semana estemos quejándonos de lo feo que es ser mujer hoy en día.”

Todas asintieron, de repente nos quedamos calladas. Ya no teníamos ganas de hablar de nada, nos cayó un peso que no podíamos quitarnos de repente. Suspiré y nos separamos, cada quien por su lado y yo regresé al salón a escribir el borrador de lo que ahora mismo leen.

No voy a escribir las palabras que se han escrito tantas veces, no voy a repetir lo que ya hemos escuchado y sabemos de memoria.

Pero si tengo una última pregunta que hacer.

¿Cuántas estudiantes de preparatoria tendrían que escribir artículos basados en las experiencias de sus compañeras para despertarnos y abrirnos los ojos ante el nuevo virus que infecta nuestro país, y el mundo?

El acoso callejero jamás debería ser normalizado como una conversación entre estudiantes.

Ni personas algunas.


Ilustración de Maritza Piña

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