Lo que se aproximó del espacio

Por Noé Gabriel Portes Gil Bermeo

 

Aquel valle, desde aquella colina, relucía unos rayos azafranados, en los que Nathalie se veía atrapada por sus resplandecientes luces y por el paisaje que se le presentaba a través del camino que recorrían aquellos destellos. La gran pradera relucía una diversidad botánica sobrecogedora para quien la contempla con ojos avizores como los de un centinela. A lo lejos se pueden esclarecer por su color rojizo a los anturios, y casi a un costado de éstos a los geranios, los cuales, gracias a la brisa reconfortante que rozaba cada extremo del paisaje, y del cuerpo de Nathalie, se podía percibir su aroma frutal y refrescante; las salvias que se encontraban extendidas a otro extremo bailaban el son de los cánticos vientos rítmicos.

Todo ello representaba un paraíso incomparable, insuperable, e incluso innombrable. Nathalie se encontraba maravillada, mientras que, acostada bajo las hojas de un roble de tronco amplio en aquella pradera lisa y suave, leía su libro favorito “El Principito”.

Nathalie, después de un rato de lectura, baja el libro y vuelve a admirar aquel paisaje, todo se veía como antes, la brisa se sentía igual, pero todo era cada vez más hermoso y peculiar. Al horizonte, justo arriba de la gran esfera resplandeciente que era el sol, pudo observar un punto tan diminuto como una hormiga. Al principio creyó que era una estrella, pero aquello incrementaba considerablemente de tamaño, a tal punto que dejó de representar una hormiga y ahora representaba para Nathalie una piedra, una que incrementaba de tamaño con cada segundo que transcurría. Creyó que era un meteorito, y que se acercaba con paso veloz hacia la Tierra, pero al cabo de exactamente 5 minutos y 36 segundos, aquel punto se detuvo, dejando a Nathalie totalmente conmocionada por el gran tamaño de lo que fuese aquello que ahora se presentaba solemne, temible y monumentalmente alarmante.

Poseía el tamaño y dimensión de “El Gran Cañón”; una forma que no se le puede asemejar a ninguna figura geométrica conocida por el hombre; una atmósfera propia que destellaba admiración; y era la razón por la que ahora Nathalie se encontraba de pie maravillada. Su libro favorito ya no significaba ni representaba nada para ella, aquel paisaje se había tornado como algo común, y su propia vida no tenía significado de ser o estar. Nathalie ahora era una hormiga, una hormiga sin sentido; un ser vivo sin alma ni esperanza.

Conmovida y confundida tiró su libro, caminó, y se acercó más, dejándose seducir por los encantos, el éxtasis y la fascinación que aquello representaba.

Algo muy peculiar aparentaba ser aquel paisaje en el que Nathalie se encontraba leyendo justo antes de que aquello arribara, algo que ella pudo entender después de que lo vivió en carne y hueso. Ella no se había percatado que antes de que todo ello sucediese, había una vegetación diferente, singular. Una vegetación que se encontraba más cerca de ella que las demás; tulipanes negros, pero ahora ya no los podía observar, y aquellos eran los únicos que se asemejaban mínimamente al objeto monumental que la atraía y seducía; aquellos ella ya no los vio porque sus ojos ahora se encontraban desleídos.

Nathalie fue encerrada en un manicomio por ser considerada enajenada y peligrosa para su propia salud y la de los demás. Actualmente está ciega y nadie ha podido encontrar alguna respuesta a su ceguera ni a su locura, así mismo como no se han podido encontrar amigos, conocidos o parientes de Nathalie. Todas las noches siempre despierta por pesadillas que cuenta ella son de algún objeto ominoso, y siempre culpa a una especie de planta que ella denomina Baba Yaga por esos sueños, además de que asegura haber visto aquel objeto de sus sueños, y que ello era la viva imagen de un Dios que consume su vida por cada segundo que transcurre. Ella llama a esa deidad “496” y “Kαιρός”, y siempre la relaciona mucho con el tiempo, como si ello fuese lo que la consumiera.


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