Lata

Por Guillermo Alvarado

Abraham encontró la lata por azares del destino, una noche mientras regresaba a casa, llevaba las articulaciones molidas. Era su primer día como albañil, tras casi dos meses sin trabajo; y con tendencias a recaer en el vicio del alcohol, su compadre le consiguió lugar en la obra donde él estaba.

Abraham no tenía gran experiencia en construcción, su compadre le tranquilizó, le dijo que no importaba, que aprendería con la marcha, Abraham se alejó de la caguama y se fajó los pantalones que usaba para arreglar transformadores o abrir canaletas para trazar línea, lo habitual antes de que la compañía de Luz y Fuerza lo despidiera y meses después se desmoronara como paraestatal.

Abraham se contuvo de comprar algo, el dinero es prioridad, su esposa le preparó un par de tortas de frijoles con huevo, las envolvió en papel de estraza y las metió en una bolsa de plástico. Echó unas manzanas y le dibujó la bendición antes de despedirlo en la puerta de la recámara, Abraham vive con su esposa en casa de los padres de ella.

Fue un día cansado, sabía que sería un reto, uno que tenía que cumplir, el trabajo era cada vez más difícil de conseguir y mucho más difícil de mantener, su compadre le ayudaría a conseguir algo mejor, pero mientras, debía seguir cargando bultos y cortando maderos, debía resistir. Al menos los hombres de la construcción fueron amables con él, a la hora del almuerzo le invitaron “taco” y un vaso de refresco, escuchó atentamente la plática sin participar y continuó su trabajo hasta terminado el día.

El regreso a su casa fue caótico, tomar el metro, transbordar, subir y bajar escaleras, subir a la combi, aguantar el tráfico, los empujones, el calor, la humedad que despide la ciudad y sus millones de habitantes, es literalmente una travesía. Abraham camina sin detenerse, viaja con lo necesario, una mochila que su suegro le prestó de mala gana y unos pesos en cambio rebotando en sus bolsillos. Su banda sonora es el murmullo de la gente, la música ocasional de los puestos de discos piratas, los sonidos de la urbe.

Camina lerdo, han pasado noventa minutos, el cielo negro lo cubre todo, la vida nocturna se aviva, Abraham solo tiene la idea fija de llegar a casa, aunque no sea suya, llegar a su cama, aunque tampoco sea suya, llegar a los brazos de su esposa; al menos él posee algo en aquel hogar prestado. La combi avanza lento, dando tumbos y sacudiendo las cabezas de todos sus tripulantes, los corridos taladran el tímpano de Abraham pero nada cala más fuerte que la perforadora de concreto sonando todo el día en la construcción. –Resiste unos meses y ya- se convence Abraham.

Por fin, la calle de la casa, estrecha, sucia, poco iluminada, tal como siempre ha sido desde que se mudaron allí; algunos vecinos fuman y beben afuera, esparcidos en la acera de las ventanas iluminadas en sepia danzan burdamente sombras de mujeres y niños, se escucha música en algún punto que no se logra localizar, le hace frente el ladrido de varios perros, hay risas y llanto de lactantes, la ciudad es un organismo variado.

Antes de llegar a casa, Abraham se desvía, va a una tienda, la típica tiendita que encuentras en cualquier lado, entra y lo recibe la sonrisa amarga de la tendera y el aroma a todo de los abarrotes. Abraham reservó el cambio exacto para una lata de refresco, una sola, un gustito que podría darse, gracias a que en la comida le invitaron, ahora podría disfrutar una bebida refrescante en el calor inmundo de la vida citadina. Toda la transacción es en completo silencio, lo único que hace ruido es el abrir y cerrar de la puerta del refrigerador y el chocar de las monedas depositadas en el mostrador.

Abraham destapa su refresco una calle antes de llegar a casa. Lo bebe profusamente, las burbujas tienen una orgía en su paladar y garganta, el dulce recalcitrante le invade la lengua y los dientes, el placer lo invade por unos instantes y lo acompaña aún en el eructo que da cierre a la ambrosía. Sonríe y tira la lata en una caja de cartón a manera de cesto de basura.

Anda unos pasos, de pronto la oscuridad lo invade, parece un apagón de la colonia, pero la luz sólo se ha ido de sus ojos, el susto no termina de cuajar cuando recupera la vista, la visión, la sensación lo llena, lo complementa y lo lleva a la infinita potencia, Abraham se cuestiona, cambia, crece, de pronto tiene ideas que jamás había tenido. Aprende todo en un momento y colapsa, razona en silencio mientras su cuerpo está tendido en la calle, todo conocimiento en la infinita vastedad del universo cae en el primitivo cerebro humano, vapulea su concepción del espacio-tiempo, se queda adherido a la fascinación de los placeres y las penurias concebibles por todos los seres de la existencia misma. Abraham es ahora el alfa y el omega, principio y fin, dador de vida, padre de todo, Abraham ha dejado de ser el mismo, es tiempo y olvido, vacío y pulso, un dios encarnado.

Abraham abre los ojos, no hay dolor ni miedos, sin preguntas, sin respuestas, Abraham lleva dos semanas en el pabellón de enfermos mentales sin decir una sola palabra, inmutable a toda acción, permanece despierto las 24 horas del día, nadie sabe que ha pasado, los doctores no arriesgan ningún pronóstico ni diagnóstico, su esposa lo visita cada tercer día, hablándole de la vida de la que él está ausente, nada más que una mentira, él ahora responde a todas las vidas, recibe la visita de todos, al menos en pensamiento, en una cascada de ruegos y plegarias, concede misericordia, da alivio al desamparado, diseña la vida de la humanidad y de quien vendrá a sucederla, la nueva civilización que poblara el espacio, Abraham es y será, hoy y siempre por los siglos de los siglos.

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