Las prioridades en los tiempos que corren

Por Brandon Ramírez

Es un tópico el señalar que, si hablamos de instituciones globales, la Organización de las Naciones Unidas no es la que cuenta con más miembros, sino la FIFA. Como señalaba Alfredo Relaño en una columna de opinión de su periódico deportivo, fue significativo que, tras el atentado en París por parte de ISIS, el gran acto simbólico de reivindicación de Europa, la cuna de muchas de las instituciones globales, fue dado en un partido de este deporte, en uno de los estadios más emblemáticos, Wembley, enfrentando a Inglaterra y Francia, dos de las cabezas con mayor peso político y cunas de los modelos de democracia actuales en buena parte de los países. Así de importante es el fútbol en Europa, y en el mundo cada vez más.

Distintos jeques del mundo árabe han buscado entrar en la dinámica de una de las instituciones culturales de la globalidad, precisamente el fútbol, comprando clubes importantes e invirtiendo millones en construir equipos competitivos, peleando el protagonismo a los grandes tradicionales y cobrando notoriedad. Fueron noticia en muchos medios, no sólo deportivos, los 222 millones de euros que Nasser Al-Khaleïfi, considerado uno de las 100 personas más ricas del mundo, invirtió en un futbolista, Neymar, para culminar su proyecto deportivo en el Paris Saint Germain (PSG).

Suena una cifra ridícula teniendo en cuenta que es casi el doble de lo que se había pagado por ningún futbolista. La cifra es tan elevada porque estaba establecida así en la cláusula de recisión del futbolista, es decir, aquella que le permite a un jugador romper su contrato unilateralmente para irse a otro equipo, con el fin de ser impagable. Al final no lo fue. Hay un entramado institucional desde hace años que busca evitar inversiones tan grandes, imposibles de ser competidas frente a clubes sin ingresos tan millonarios. Qatar ha sabido darle la vuelta, de momento, a través de patrocinios. Aun puede ser investigado, pero es el riesgo que corrieron teniendo en miras usar al nuevo futbolista del PSG como emblema de su mundial, para el año 2022.

Tanto la apuesta de la organización del mundial, como la inversión tan desmesurada en los proyectos deportivos que encabezan, denotan el interés de cierta parte del mundo árabe por participar y cobrar relevancia en esta parte del proyecto globalizador de occidente. Sin duda refleja el peso que para nosotros tiene este deporte, tomando protagonismo por delante de otras partes de nuestra cultura tanto económica como socialmente.

Claro, sigue siendo señalando como un mal para nuestras sociedades, que aliena a muchas personas, como diversos programas de televisión, cierto tipo de literatura, música y en fin, partes de nuestra cultura en todas sus ramas. El disenso es parte de nuestro día a día y siempre será más criticable lo que es más popular, pero descartar su importancia a priori es descuidado, como he insistido en otras ocasiones. El que algo sea popular dice mucho de cómo somos, nuestra escala de valores como sociedad, las bases éticas y morales en las que se sostiene nuestra civilización.

Puede que haya un tema aspiracional de fondo. Detrás de los 222 millones que costó Neymar, está su sueldo de 30 millones anuales. Este deporte es visto por muchos como un camino a seguir para mejorar su situación económica. Y es que, por la importancia que tiene, y el dinero que atrae, ha cambiado la vida de muchas personas de origen humilde a multimillonarios. Potencialmente cualquiera puede, con dedicación y una parte de talento, llegar hasta ahí. No es difícil para muchos verse reflejados.

Hay una cita que he reiterado en distintas partes a lo largo de mi vida, que tengo siempre en mente cuando hablo de estos temas; es de Eduardo Galeano, en el prólogo a su libro Su majestad, el fútbol, cuando se refiere a las críticas sobre la conglomeración social que festejaba el “campeonato mundial de clubes” del Peñarol, equipo de su país:

“Yo también hubiera preferido una manifestación tan multitudinaria y estridente por la tierra que los cañeros reclamaron en vano contra la política económica que el imperialismo nos impuso. Pero la victoria de Peñarol no era culpable de las derrotas de la izquierda; ojalá la izquierda fuera también capaz de ganar 4 a 2 cuando, faltando pocos minutos para el fin, todo parece perdido.”

En París, una multitud no menos numerosa seguramente, festejaba hace unos días la presentación de Neymar con el PSG. Por cierto, París hasta hace pocos años, era una de las grandes ciudades europeas que no tenía un equipo de peso del que tienen otros países, como el Real Madrid y Barcelona en España; Bayern en Alemania; Arsenal, Liverpool y Manchester United en Inglaterra; o Inter, Milán y Juventus en Italia. Con la inversión catarí se ha ido armando este proyecto que esperan culminar en los próximos años, y los parisinos futboleros naturalmente lo han tomado con emoción.

El peso del fútbol ha dejado de ser principalmente social, y ya es también uno de los centros económicos del mundo, de ahí que China y el mundo árabe busquen formar parte de dicho pastel. Habrá que tener cuidado de no estar ante una burbuja, que con tanta facilidad se crean en nuestro modelo económico, que conlleve otra no menos recurrente crisis.

Claro que debe dar rabia que mientras estas cifras se mueven en un deporte haya gente como recientemente en Venezuela, que luchan por conseguir lo mínimo indispensable para vivir, material e inmaterialmente, como ha pasado históricamente en muchas otras partes. Lo dicho, estas cosas reflejan el peso que nuestras sociedades le dan a distintas partes de su cultura y nuestra escala de valores. La solidaridad ha pasado a segundo término, después de ser un eje rector en la segunda mitad del siglo XX, cuando el socialismo era una amenaza latente y la desigualdad debía combatirse prioritariamente.


Imagen: http://www.losandes.com.ar/article/catar-fabrica-cracks-foraneos-rumbo-al-mundial-de-futbol-2022

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