Las letras como el mayor de los temores

Por Hugo Sánchez

 

“El verbo leer, como el verbo amar y el verbo
soñar, no soporta el modo imperativo”
.
Daniel Pennac

El tiempo pasa, consume, arrasa, pule, impele, apresa, mina y la humanidad no para de sorprendernos. La paradoja –por no decir sinrazón– continúa siendo el apelativo más adecuado para denotar la portentosa y lamentable conducta humana. Tal parece que el hombre ha perdido de vista la trascendente misión que se le ha confiado y, por ello, hoy vaga sin rumbo fijo, con la nada en la mirada, cual hoja de árbol supeditada a los designios del viento.

El tácito arrepentimiento que experimenta el hombre hacia el producto de sus múltiples conquistas, es la causa primigenia del desdén que para cientos de cosas, aparentemente vitales, reina en la época de la que somos testigos. La consciencia, estupefacta, contempla desde su cómoda posición los logros alcanzados por aquellos seres excepcionales que, bajo ninguna circunstancia, la mayoría, es decir, el rebaño, puede dejar de llamar hombres en toda la extensión de la palabra, su pena de renunciar al cada vez más exiguo orgullo que supone formar parte de la especie humana. Mas este desconcierto permanente no se debe a la naturaleza o a la magnitud de lo conseguido en cuanto sí, sino que es producto de los incómodos efectos que a su paso va dejando el presuroso tránsito humano, que no son sino el incremento de la esfera de libertades, o sea, el aumento de las responsabilidades cósmicas. En la actualidad el hombre se muestra impotente para soportar el peso de la realidad que ha creado; el arrepentimiento se ha instalado en su dormida consciencia, orillándolo al quietismo, a la complicidad de su caótico entorno.

Lo que en un principio estaba destinado a mejorar, o cuando menos a facilitar, la existencia humana, en los últimos tiempos, gracias a la pereza intelectual y espiritual –cada vez más hermanada con la condición de nuestra especie–, se ha convertido en una fatalidad existencial. “Ojalá nunca hubiéramos trascendido”, reza el común denominador de los seres humanos mientras, desamparado por carecer de cualquier excusa universal, se representa con temor la responsabilidad legada por sus antecesores –esto explica por qué las creaciones tecnológicas más codiciadas son aquellas que reducen el esfuerzo de las personas haciendo lo que originalmente les corresponde a éstas –.

Así, por ejemplo, no hay fenómeno intelectual más sublime, pero a la vez más temible, para el hombre contemporáneo que el generado por las letras. La ofensa, la amenaza y la pena miran con profunda envidia –esa que solamente se produce en la profundidad de los incapaces– a las letras, pues ninguna de aquéllas infunde tanto miedo al hombre como éstas. Basta con mostrarle un texto repleto de letras para que el hombre huya corriendo al instante. Suficiente es convidar un banquete de abundantes textos para que la mayoría de las personas desdeñen su condición humana y todo lo que ella representa. Frente a un nutrido e imponente escrito, muchos quisieran haber sido perros, monos o seres humanos recién nacidos, pues sólo así podrían identificarse con la irremediable justificación de que su naturaleza no les permite leer, dialogar correctamente y, en general, pensar más allá de lo estrictamente necesario.

He visto escapar, temblar y sollozar a cientos de personas debido a un conjunto de letras. Las he visto, además, esconderse despavoridas de la “B” por la similitud que guarda con un libro abierto; forcejear contra la “C” para no ser presas de sus aparentes tenazas; persignarse ante la “F” por representar una Cruz Cristiana que, tenazmente, se resiste a los fuertes embistes del viento luciferino que deforman su figura; pasar disimuladamente a un lado de la “G” quien, al ser alusiva de la Serie de Fibonacci, les recuerda a otro de sus demonios: las matemáticas. Los he visto sostener intensos duelos de esgrima con la “I” a fin de no caer ante su filosa forma; aferrarse a lo conocido de sobra para no resbalar en la incierta dimensión que deslinda la “O”; ondear la enseña blanca de la rendición ante el sentimiento emancipador que inspira la firme bandera simbolizada por la “P”; encresparse ante la “Q” por la alusión que hace al símbolo de la feminidad, a la equidad de género cada vez más presente en nuestros días; acobardarse ante la serpenteada y venenosa forma de la “S”; y, en fin, he atestiguado como el humano ser desprecia todo aquello que se encuentre relacionado con las letras, máxime cuando éstas se unen para formar palabras, oraciones, párrafos y textos.

El temor hacia las letras ha sido perfectamente entendido y aprovechado por los medios de comunicación escrita. Un somero recorrido por las principales avenidas de nuestra Ciudad, o por los inmensos corredores del “Metro”, es suficiente para advertir como la prensa, cada vez con más descaro, en todo momento procura prescindir de las letras para deleitarnos, en su lugar, con luminosas, atractivas e incluso eróticas –solo en el mejor de los casos– imágenes y fotografías que nos ahorran la desgarradora tarea de leer. ¿Cuántas veces no hemos escuchado esa penosa, aunque eficaz, recomendación de sólo escribir lo estrictamente necesario cuando de comunicar se trata, pues “la gente no lee”?

Así lo entienden los hombres de negocios: cuando de cerrar un contrato inequitativamente favorable para la institución bancaria, para la compañía telefónica o para la compañía de televisión por cable, las letras –sobre todo las microscópicas– son la mejor y más sutil estrategia para ahuyentar todo sospechosísimo y toda inconformidad. Es sabido que las personas prefieren despilfarrar su patrimonio ante una presumible estafa, que leer.

Así lo entienden quienes operan un sistema jurídico de corte romano-germánico –léase, predominantemente escrito–, pues saben que el temor hacia las letras les sirve como fiel cobijo para ocultar, en las propia legislación, todo abuso, cualquier injusticia y numerosas ocurrencias demagógicas. Qué mejor lugar que la norma jurídica escrita para camuflar y justificar toda arbitrariedad Estatal, después de todo casi nadie lee –seguramente murmuran los potentados–.

Así lo entiende la propia sociedad iletrada, esa que a pesar de saber leer y escribir, no lo hace por temor a la fatiga intelectual. No en vano, quien pretende otorgarle sentido, autoridad y solemnidad a sus tambaleantes palabras, siempre acude a la indefectible expresión estándar de “… alguna vez leí…”.

Así lo entienden los asiduos escritores como yo. Desde un punto de vista cuantitativo, sabemos que en nuestros días la escritura es uno de los peores medios de comunicación, de suerte que con cada palabra que vamos hilando a lo largo de una reflexión, los escritores cavamos nuestra propia fosa, vamos estrechando cada vez más la soga que rodea nuestro cuello. Esto nos convierte en soñadores, en señores del deber ser, papel nada despreciable para el que está dispuesto a resistir la penumbra social, los aplausos del silencio –aquí dejo mi contribución para la redefinición del concepto escritor–.

Finalmente, para respaldar el temor a las letras de que he venido hablando –y hacer que esto no quede en una simple apreciación subjetiva–, démosle un vistazo a las contundentes estadísticas en la materia. Es de explorado conocimiento que México no es precisamente un país que se caracterice por sus altos índices de lectura. Según datos de la UNESCO, México es el penúltimo lugar en consumo de lectura –o en temor hacia las letras, que es lo mismo– de entre 108 países. En promedio los mexicanos leemos menos de tres libros al año (concretamente, 2.9 libros) y dedicamos tres horas a la semana de lectura extraescolar (dato que se contrapone diametralmente al caso de Alemania, en donde semanalmente se leen alrededor de doce horas). Esto, más allá de resultar por sí mismo penoso, nos permite arribar a la conclusión con la que inicié la presente reflexión: el ser humano, pero más el que tuvo la fortuna de ostentar la nacionalidad mexicana, guarda un profundo temor hacia las letras. Es hora de erradicarlo; las letras se hicieron para servir al ingenio del hombre, no para oprimirlo ni torturarlo.

Una sociedad iletrada jamás aspirará al progreso, pues será presa fácil de la arbitrariedad. Hay un ámbito inmediato en el que podemos comenzar el cambio social: nosotros mismos. Leamos, crezcamos y progresemos. Queda la reflexión en el aire.

Ahora es necesario cerrar, pues corro el riesgo de que este “excesivo” desfile de palabras deje de ser leído.


Cfr. Encuesta Nacional de Lectura y Cámara Nacional de la Industria, Editorial Mexicana.


Imagen: http://vueloentreletras.blogspot.mx/2013/04/bibliofobia-bibliomania-y-bibliomania.html

Comentarios

Comentarios

Jóvenes Construyendo

Jóvenes Construyendo es una plataforma en línea que ofrece un espacio de expresión para jóvenes con grandes ideas con el objetivo de compartir puntos de vista y propuestas sobre juventud.