Las generaciones sociópatas

Por Ale Sánchez

 

Muertes lentas con testigos que ríen, daños autoinfligidos convertidos en tendencia, son algunas de las cosas suceden hoy en día entre personas de casi cualquier edad y contexto, aunque es cierto que ocurren más a menudo entre los adolescentes y adultos jóvenes.

Todo se vuelve un sinsentido donde por un lado “se descubren y condenan” (por fin) problemas sociales como el bullying, la discriminación y otros tipos de violencia sistematizada, y por otro las personas exploran nuevas y más elaboradas formas de destrucción y hasta de crueldad, con todo a su alcance para lograrlo.

Las aproximaciones teóricas difícilmente servirían para ilustrar la gravedad de esta patología en expansión con diversas formas y aristas, así como los puntos tan terribles que ha alcanzado. A continuación se mencionan algunos ejemplos concretos:

 

*La moda de consumir alcohol por otros orificios: ¿Quién se acuerda de esto? No hace mucho tiempo era lo “in” en los video blogs. Al principio salía en unas pocas películas estadunidenses sobre fraternidades, luego se volvió un fenómeno internacional. Vaya, hasta en las telenovelas lo hacían. Ridículo, absurdo, muy dañino. Sin embargo, muchísima gente lo encontraba “cool” y gracioso.

¿Por qué? Porque era popular. Porque era socialmente aprobado (al menos por determinado nicho, aunque de gran peso). A fin de cuentas, tomar la decisión de dañar el propio cuerpo —aun por presiones externas— queda como un acto alocado relativamente inocente “mientras no perjudique a otros” —siempre que no se tomen en cuenta los daños que la gente alcoholizada deja tras de sí en las carreteras, por ejemplo—. De cualquier manera, es una expresión del poco auto-respeto que muchas personas se profesan en estos tiempos, disfrazado de esa premisa mil veces reinterpretada y malinterpretada que dicta que hay que vivir al máximo porque sólo se vive una vez.

 

*Quema casa de amiga por eliminarla de red social: una persona más o menos sana emocionalmente tiende a mostrar dignidad, a poner distancias, a probar su propia valía con méritos, para que la otra persona se percate de que ha perdido a alguien especial, o para que un día se entere de lo bien que está aquella a quien despreció.

Un sujeto “enfermo” —aludiendo a esta falta de salud y equilibrio psicoemocional—, se olvida de los límites, de la actitud racional, del miedo al castigo, siendo capaz de perpetrar actos violentos en diversos grados a sabiendas de su potencial dañino. “Fue un impulso”, dirá; “yo no he empezado”, “nadie ha muerto”, o de plano “no pretendía matar”, “no creí que llegara tan lejos”. El punto es que mucha gente está adhiriéndose a este tipo de comportamiento en el que una pequeña ofensa es respondida con una agresión veinte o treinta veces mayor.

 

*Adolescentes ríen mientras ven hombre ahogarse: centremos la atención en el hecho de que un grupo de personas observa una tragedia en progreso. ¿No nos dicen siempre que la vida —la de todos— es lo más preciado? ¿No nos han hablado (desde que estamos aprendiendo a hablar) acerca de la compasión y la solidaridad? ¿No andamos todo el tiempo mirando las hazañas heroicas de sujetos enmascarados que nos ofrece la cartelera cada par de meses? Muy bien, dejemos esto de lado. ¿Querríamos ser salvados en tales circunstancias?

El hombre vocifera y se agita, pidiendo ayuda mientras duran sus fuerzas. Los adolescentes lo miran. ¿Importa su rango de edad? Tienen la capacidad mental y física para entender lo que sucede y buscar ayuda. Pero DECIDEN no hacerlo. Deciden —en un retorcido giro emocional y moral— que es divertido mirar el sufrimiento de otro. “Ellos no lo arrojaron al agua”, dice su abogado, lo que puede ser cierto. “No son responsables por la muerte del hombre”. Esa parte es discutible, aunque tiene más que ver con la conciencia que con un mero tecnicismo o laguna legal.

 

Por desgracia, estas son noticias sobre hechos reales, nada menos. No cabe demasiada sorpresa.

El conjunto social llamado humanidad ha contribuido a la proliferación de las legiones de sociópatas a través de múltiples canales que por su complejidad se salen de las manos y se convierten en un peligro público latente. La ausencia de los padres y familiares como buenos ejemplos; la constante presión acerca del estatus, la popularidad y la belleza; los segregacionismos que remarcan las diferencias y las transforman en elementos de supuesta superioridad o inferioridad; todos esos y muchos otros vicios y contradicciones han servido de sustrato para la germinación de innumerables males.

Si proclamamos “cuida la naturaleza” y luego miramos la tala masiva a manos de empresas sin rostro, ¿no estamos generando una confusión? Si decimos que el abuso en el consumo de determinadas sustancias es fatal y luego mostramos gente joven, sana, contenta y exitosa consumiendo dichas sustancias, ¿No estamos poniendo a elegir a la persona entre acatar lo que se le dice y creer lo que se le muestra? Si consideramos gracioso simular un accidente, un delito o un grave problema familiar para entretener a una morbosa audiencia de radio o televisión mientras las víctimas padecen angustia y otros problemas, además de vergüenza, ¿No acabamos con la confianza y la buena voluntad de la gente? Si queremos amor y respeto pero nos volvemos indiferentes al sufrimiento de otros, ¿Qué encontraremos además de crueldad y violencia?

Lo mismo sucede con un sinfín de principios malversados que desembocan en conductas incongruentes con los valores sobre los que se fundan las sociedades. Esperar cordura y sensatez en este torrente de tonterías es simplemente un callejón sin salida.


http://dle.rae.es/srv/fetch?id=UWxFTi1

http://www.muyinteresante.com.mx/preguntas-y-respuestas/16/06/3/psicopata-sociopata-no-es-lo-mismo/

https://es.wikipedia.org/wiki/Trastorno_antisocial_de_la_personalidad


Imagen: http://www.joblo.com/horror-movies/tag/killer-clown/

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