Las canciones de la vida

Por Brandon Ramírez

En mi primera publicación en Jóvenes Construyendo, me gustaría hablar de uno de los temas que más me apasionan, como a muchas personas: la música. Y lo haré a partir de algo que me ocurrió recientemente.

Hace unos días platicaba con una amiga, quien desde hace unos meses y a causa de problemas de salud, tiene pérdidas de memoria. Me contó sobre lo frustrante que le resulta olvidar cosas que para algunos de nosotros podrían parecer obviedades, como: saber cuál llave del baño es la del agua caliente y cuál es la fría, fechas de cumpleaños, recuerdos de su niñez, recuerdos de hace unos días o semanas, cómo utilizar algunos utensilios de cocina, direcciones, cómo llegar a algún lugar al que suele ir todos los días; son cosas cotidianas en su vida. Lo que me resultó más significativo es que no puede recordar la fecha de cumpleaños de su bebé, la cual tiene anotada en una pizarra para verla todos los días sin que ello le haga recordarlo, es una de las cosas que peor le hacen sentir.

Sin embargo, algo que mencionó y me dejó pensando es que lo único que no olvida son las canciones; aquellas que le gustaban en su niñez las recuerda tan bien como las de hace un par de años o hace unos días. La melodía y la lírica de la música parecen no ser víctimas de esas pérdidas de memoria tan cotidianas para ella.

Esa conversación me recordó algo que un profesor nos preguntó en alguna clase en la Universidad: si un día viniera una forma de vida inteligente a nuestro planeta y nos preguntara qué es la música ¿qué le responderían? Tras una discusión que incluyó definiciones muy variadas que referían a los términos sonido, silencio, melodía, armonía y ritmo, llegamos a la conclusión de que sólo podríamos explicárselo poniendo una canción, decir “esto es la música” y guardar silencio.

Y es que es imposible describir muchas de nuestras experiencias sensoriales tal cual las sentimos con palabras y definiciones, por más precisas que sean. Definir la música como la agrupación de sonidos y silencios dentro de una melodía, armonía y ritmo, podría no decir realmente nada para un extraterrestre, o no diferenciarlo de otras expresiones sonoras como el hablar, ni expresar realmente lo que experimentamos cuando escuchamos una canción.

Cuando estás improvisando con algún instrumento, ajeno al proceso cognitivo previo que supone el haber adquirido la técnica para tocarlo, uno siente la música; sabes –sin realmente pensarlo– qué secuencia de notas tocar, porque es algo que simplemente dejas salir de tu cuerpo a través de cuerdas, percusiones, viento, etcétera.

Cuando escuchas una canción –sea ésta instrumental o con contenido lírico– que se corresponde con tu estado de ánimo o describe algo que estás viviendo, es muy fácil identificarse con ella y hacerla tuya. Es la idea que el escritor italiano Federico Moccia en su obra Tengo ganas de ti (2009), describe en voz de una de sus protagonistas: “Pero no hay que asombrarse: el alma siempre sabe elegir la mejor banda sonora. Y las canciones no llegan nunca por casualidad”.

Personalmente, hay canciones que he asociado a distintos momentos de mi vida y que siempre me hacen recordarlos al esucharlas. Lo mismo con personas: hay canciones que invariablemente me hacen recordar a alguien, como si a través de éstas se construyera un puente entre ambos.

Hay algunas canciones que al escucharlas me hacen sonreír instantáneamente, porque me llevan a momentos pasados en que hubo mucha felicidad, o simplemente son un grato recuerdo. Por otro lado, hay otras que parecen poner el dedo en la cicatriz de viejas heridas, y que al sonar me hacen revivir algunos malos tragos que he pasado.

Mi amiga, a quien referí previamente, me dijo que con canciones muchos de sus recuerdos se mantienen. Hay canciones que le hacen recordar lo que de otra forma olvidaría, como muchas de sus vivencias de infancia, recuerdos con su bebé, con su esposo, con su familia y con sus amigos.

Sé que debe existir una razón neurológica para que esto ocurra, pero me gusta más la idea de que la música trasciende todo aquello y por eso persiste, como si más que conexiones en nuestro cerebro, sea algo inmaterial; algo a lo que se le puede llamar “alma” a falta de un término más preciso. La música estaría vinculada a ella, ajena a los efectos de sus problemas de salud, y mantienen en ella cosas que de otra forma perdería. Las que no ha logrado asociar a alguna melodía, se mantienen expuestas al inminente olvido.

Eso me hace sentir optimista, y pensar que lo que siento y lo que recuerdo con algunas canciones permanecerá ahí, aun con el paso del tiempo y el devenir de la vida. Siempre ahí, a pesar de todo, y aunque parezca que no lo está.

 


 

REFERENCIAS:

Moccia, Federico. (2009). Tengo ganas de ti. España: Planeta.

Fotografía de Silvia Cervantes Hernández.

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