Lágrimas del sin castigo (Primera parte)

Por Hugo S. Mestizo

Dispersos, recostados sobre el pavimento, al amparo de las sombras que escasamente logran dibujarse en un día soleado, así estaban los miembros de la pandilla. No tenían en qué ocuparse y tampoco se esforzaban por encontrar algo. Cruzaban miradas entre sí, aburridos, fatigados, y de vez en cuando uno atormentaba algún insecto, otro rebotaba el balón de fútbol contra la pared, alguien escupía hacia la coladera y otro más veía las ondas de calor que se levantaban del suelo deformando el panorama. Sólo un objetivo los unía: perder el tiempo fuera de sus casas; tal y como lo venían haciendo, con firme religiosidad, a partir de que dieron sus primeros pasos. Un bochorno insoportable, abrasador, molesto, emergido del mismísimo Tártaro y equivalente a la suma del deseo sexual de los cuerpos, mantenía a las calles despejadas y a la voluntad batida, atolondrada. Nadie, salvo el grupo de pequeños parias, apenas mayores a una década, quería estar más de lo necesario en las desérticas calles de la Ciudad de México.

Desde la pelea en que Julio, típico niño cabrón de la colonia, cuya supuesta edad no correspondía a su complexión pigmea aunque robusta, se desplomó, con la nariz escurriendo de sangre y los ojos inundados en lágrimas, a los pies de Fracso, quedaba claro que ahora éste era el líder de la pandilla, el encargado de darle dirección y sentido a los días de vagancia, el responsable de ahuyentar el tedio, de justificar el abandono de los hogares, el padre putativo de los faltos de carácter. Faena nada sencilla para el holgazán de Fracso, quien odiaba, tanto como a sus padres desconocidos, las obligaciones, la escuela en primer lugar, y todo cuanto le impusiera alguna carga. Por eso, no paraba de maldecir cada que debía pensar en la forma de matar el aburrimiento. De conocer el compromiso inherente a su infantil autoridad callejera, seguro la habría rechazado. Pero ya era demasiado tarde y sabía que de no hacer nada durante aquel caluroso y aburrido día, sus compinches, poco a poco, uno por uno, se alejarían en busca de una runfla más divertida.

–Ya sé por qué estamos aburridos –dijo al fin Fracso y miró a sus compañeros.

–¿Ah, si? ¿Por qué? –preguntó Vidal con marcada incredulidad.

–Por culpa del dinero –sentenció Fracso–. Si fuéramos ricos como Benito, estaríamos en casa jugando PlayStation.

–Con una Coca bien fría –dijo Claudio.

–Y sin tanto pinche calor –añadió Genaro.

Con la cabeza gacha, a la manera de quien pretende apagar los ojos y concentrarse, todos imaginaron cómo sería vivir en el lugar de Benito, lejos de aburrimiento y del calor, llenos de comodidades, frente a un PlayStation y una pantalla gigante. Conocían de cerca a Benito, así que su primera reacción fue sentir alegría y presunción ajena. Luego, al ver sus desganadas y precarias sombras reflejadas sobre la acera, los invadió el coraje clasista a que se refería Karl Marx.

–Frac tiene razón. Mi tío repite y repite que todo es culpa del billete –comentó Vidal.

–Igual mi mamá –dijo Genaro botando el balón en el suelo.

–Y los ricos como Benito también tienen la culpa –prosiguió Fracso–. Son unos envidiosos y presumidos…

–¡Maricones!

–Hay que darle una lección a Benito –concluyó Fracso con una perversa sonrisa en el rostro.

–Sí, vamos a su casa.

–Se lo merece el muy presumido.

–Maldito rico.

La pandilla se dirigió a la casa de Benito. La casa era una llamativa y fina construcción de dos pisos, enclavada en la zona semiresidencial que, a causa de alguna extraña razón, usualmente se localiza en la periferia de cualquier colonia popular. Benito, por su parte, era un chico hogareño, tranquilo, libre de malicia y dedicado a sus estudios y a los videojuegos. Hijo único a quien sólo le preocupaban las tareas escolares y asistir al dentista y cuyo pesar, a juicio de los otros niños que vivían en la colonia, había sido tener, además de un cuerpo escuálido, una familia funcional y rica; ventura con la cual lidiaba día tras día a fin de tolerar los constantes rechazos e insultos de que era objeto, evitar abusos por parte de algún niño acomplejado y resentido, o explicarse su involuntaria soledad. De ahí que, contrario a los deseos de su padre, hombre forjado en las calles, según le gustaba presumir, Benito prefiriese quedarse en casa, distante, a salvo del mundo para el que no había sido diseñado.

Los chicos llegaron a la casa y en cuanto Benito escuchó que desde afuera le llamaban a gritos, la confusión recorrió su cuerpo. Con el ceño fruncido, entre extrañado y nervioso, pausó su videojuego y echó un discreto vistazo a través de las cortinas: advirtió cómo los miembros de la pandilla se encontraban de pie frente a su puerta. “¡Por fin!”, exclamó para sus adentros. Apagó el PlayStation y salió.

–Hola. ¿Qué hacen acá? –dijo Benito.

–¿Quieres salir a jugar? –preguntó Fracso.

–¿Con ustedes?

–Obvio, güey –intervino Vidal–. ¿Con quién más? –y los chicos comenzaron a reírse.

–Espérenme, por favor. Le diré a mi mamá –dijo Benito y entró de nuevo a su casa.

Tras haberle contado lo sucedido a su madre, Benito consiguió el permiso para salir a jugar. “Te lo dije, mi vida. Los niños no iban a estar enojados contigo siempre. Era cosa de tiempo. Anda, ve con ellos y no te asolees mucho”, comentó la madre de Benito y despidió a éste con un beso en la frente.

–Listo. ¿Qué vamos a jugar? –dijo Benito cerrando la puerta a sus espaldas.

–Qué tal si nos invitas a jugar videojuegos, niño rico –reaccionó Claudio de manera violenta.

–¿Qué? No, no puedo. Mamá sólo me deja jugar 40 minutos diarios y hoy ya jugué –explicó Benito.

–No le hagas caso a este pendejo –dijo Fracso y le dio un ‘zape’ a Claudio–. Vamos al estacionamiento. Echemos la ‘reta’, ¿va?

–¡Va! Pero no quiero ser portero –comentó Benito.

–No serás portero, amigo –respondió Genaro en tono burlón–. Vamos –y abrazó a Benito.


Imagen: https://pixabay.com/es/lluvia-soy-solitario-niños-1570854/

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